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El primer mensaje llegó antes del amanecer, cuando Berlín aún parecía incapaz de despertar del sueño nocturno. La cinta perforada salió de la máquina con un temblor irregular, y Erika Fleischer levantó la vista desde su escritorio cubierto de informes, mapas navales y transcripciones interceptadas. Trabajaba como analista de comunicaciones para una oficina discreta de la Europa de posguerra, estudiando transmisiones, propaganda y patrones lingüísticos que otros descartaban como ruido.
 
La señal procedía del Aurora, un crucero transatlántico que navegaba por el Atlántico norte con diplomáticos, científicos y familias desplazadas. La transmisión duraba veintisiete segundos, pero no contenía coordenadas claras ni una petición comprensible de auxilio. Solo había estática, golpes metálicos y una voz masculina que repetía con una calma imposible:
 
“El mar ha abierto dos bocas debajo de nosotros…”
Erika escuchó la grabación varias veces, cada vez con mayor inquietud. En el fondo distinguió otras voces, mezcladas con el crujido del casco y el rugido del agua. Hablaban en distintos idiomas, pero todas parecían describir la misma pesadilla: ciudades arrasadas, océanos negros, cielos incendiados y una humanidad caminando hacia su desaparición…
El Aurora desapareció aquella misma noche. La versión oficial habló primero de accidente marítimo, después de explosión interna y finalmente de maniobra encubierta. Tres botes fueron encontrados a la deriva dos días después, aunque los supervivientes no recordaban cómo habían escapado. Extrañamente, todos conservaban marcas circulares en las manos, como si hubieran agarrado barrotes húmedos durante horas.
 
Sus declaraciones llegaron a la oficina de Erika bajo sellos confidenciales. Ningún relato coincidía por completo, aunque todos repetían los mismos elementos: una sombra bajo el barco, dos bocas abiertas en la oscuridad y un corredor de piedra donde las personas esperaban detrás de rejas negras.
 
—Esto puede ser histeria colectiva —dijo el coronel Armand, dejando un expediente sobre su mesa.
 
—La histeria colectiva necesita una idea compartida, —respondió Erika— y estas personas no se conocían antes del hundimiento.
 
—Entonces dígame qué es, señorita Fleischer…
 
Erika no respondió. Su trabajo consistía en descubrir patrones, no en poner nombre a monstruos. Sin embargo, los supervivientes no parecían recordar el desastre… parecían recordar algo que todavía no había ocurrido…
 
Esa noche soñó con el mar. No era un océano normal, sino una extensión negra bajo un cielo rojizo. Erika caminaba sobre la cubierta inclinada del Aurora, mientras algo golpeaba desde abajo con una paciencia monstruosa. Entonces el barco se abrió como una mandíbula, y del agua emergió una masa gigantesca, semejante a dos peces unidos de manera grotesca. Cada mitad tenía una boca enorme, llena de dientes largos y húmedos. La criatura no devoraba porque tuviera hambre, devoraba porque quería imponer una idea…
 
Al despertar, Erika tenía una frase clavada en la mente: “El final es inevitable…”
 
Durante las semanas siguientes, aquella misma idea empezó a aparecer en lugares cada vez más lejanos: una maestra escribió una frase sobre niños caminando hacia el fuego y luego no recordó haber tocado la tiza; un pescador se negó a volver al mar porque aseguraba haber visto redes llenas de dientes humanos; un operador de radio afirmó haber recibido la señal del Aurora antes de que el barco emitiera su llamada final...
Los gobiernos hablaron de trauma, sugestión popular o propaganda enemiga, pero Erika reconoció algo más profundo: no era miedo espontáneo… era más bien una infección...
​
Cierto día apareció un sobre misterioso sobre su escritorio, sin remitente y sin sello postal reconocible. Dentro había un libro de tapas negras, pesado, antiguo y manchado por una humedad que olía a sal. Erika lo abrió esperando una amenaza o una explicación política, pero en cambio, encontró páginas escritas por manos distintas, con tintas diferentes y fechas separadas por décadas.
 
Las primeras notas hablaban de 1850 y de Caprahn, una entidad vinculada a Capricornio, cuya aparición había narrado un joven doctor llamado Julian Mires. Más adelante encontró los hechos ocurridos en 1900, donde un tal Leonard Voss describía a Quarion, una presencia asociada a Acuario que había corrompido algunas mentes brillantes de París. Las páginas no ofrecían respuestas claras, pero contenían detalles que coincidían con archivos clasificados.
 
Pasaba cada página con un cuidado casi reverente, hasta que llegó al final del incidente de 1900. Cuando pasó esa página se encontró con que ya no había más texto, advertencia ni firma, solo un título escrito con tinta roja, con una grafía diferente a las anteriores: “Marzo de 1950. Phaesys.”
 
Erika permaneció inmóvil, con los dedos apoyados en el borde de la hoja. Entonces comprendió el patrón: cada cincuenta años despertaba una entidad distinta. Cada una atacaba según el signo que encarnaba y según las grietas de su época. Caprahn había surgido desde la dureza del invierno de Viena, siendo portador de frío y enfermedades. Quarion había contaminado las mentes preclaras y sembrado la semilla del ego infinito en ellas. Ahora Phaesys había aparecido en el mar, pero sabía que su verdadero territorio estaba en las profundidades de la mente.
 
El libro no decía quién lo había enviado, ni ofrecía una forma de destruir a la criatura. Solo parecía esperar que alguien escribiera en aquellas páginas vacías lo que estaba a punto de suceder. En ese momento, Erika sintió una responsabilidad fría y concreta: si nadie dejaba constancia de este tal Phaesys, la versión oficial lo enterraría todo, y el monstruo seguiría sembrando su idea hasta convertirla en realidad…
 
Entonces decidió terminar con él cuando leyó el informe de un hospital militar: uno de los supervivientes del Aurora, un muchacho de dieciséis años, había dejado de comer porque afirmaba que crecer no tenía sentido en un mundo que ya había terminado. No hablaba como alguien traumatizado por lo vivido, hablaba como alguien que obedecía una orden impuesta dentro de su cabeza…
 
—Si sobrevive —dijo Erika al coronel Armand—, no necesitará hundir más barcos, porque conseguirá que nosotros hagamos el resto…
 
El coronel sostuvo su mirada durante varios segundos.
 
—Está pidiéndome que crea en una criatura imposible.
 
—Le pido que mire los muertos que ya está dejando tras de sí...
 
A partir de esa conversación, varios gobiernos aliados aceptaron enviar barcos al último punto conocido del Aurora. Oficialmente era una operación para recuperar restos del naufragio y proteger material sensible, pero extraoficialmente, los buques iban armados porque algunos mandos ya habían visto demasiadas fotografías censuradas, demasiados cuerpos marcados y demasiados operadores repitiendo la frase de las dos bocas.
 
Mientras la operación se preparaba, los sueños de Erika se volvían cada vez más profundos. A veces caminaba por un mundo oscuro, sin suelo firme, donde las voces flotaban como luces débiles en una niebla inmensa. Al principio creyó que eran ecos de las víctimas, pero poco a poco comprendió que algunas voces estaban vivas.
 
Una noche oyó un violín lejano, tocando una melodía temblorosa desde alguna ciudad del sur. Otra noche vio a un estudiante griego dibujando mapas de túneles submarinos. Más tarde sintió la presencia de una telefonista que oía llamadas antes de que sonaran. Erika no los encontró de golpe, sino como quien distingue luciérnagas en un bosque negro: eran mentes humanas, separadas por enormes distancias, marcadas por la misma infección y capaces de resistirla.
 
En medio de aquel sueño oscuro, Erika logró hablarles.
 
—No sois voces muertas… —dijo, esforzándose por mantener su identidad—. Estáis vivos, y él también os está buscando.
 
—¿Qué quiere de nosotros? —preguntó una voz acompañada por una vibración de violín.
 
—Quiere que aceptemos el final que está imponiendo en las mentes de todos… —respondió Erika.
 
Durante los días siguientes, las presencias aumentaron hasta formar un grupo de quince individuos. No formaban una hermandad ni una organización, eran personas corrientes, asustadas, unidas por una herida común. Erika comprendió que no debían fundirse en una sola mente, porque eso sería entregarle a Phaesys exactamente lo que deseaba. Debían mantenerse separados y, aun así, resistir juntos.
 
Pocos días después, la operación naval comenzó bajo un cielo gris de tormenta y Erika embarcó en un buque de apoyo gracias a la autorización del coronel Armand. El diario de tapas negras viajaba con ella, protegido bajo el abrigo. Alrededor del punto de búsqueda había destructores, patrulleras y embarcaciones de recuperación. Todas estaban allí bajo órdenes discretas: si algo emergía del mar y amenazaba a la flota, debían abrir fuego sin esperar nuevas confirmaciones.
 
A las tres y diecisiete de la madrugada, el océano descendió.
 
No se levantó una ola, sino que todo lo contrario: el mar se hundió en un círculo inmenso, como si alguien hubiera retirado el fondo del mundo. Las luces de los barcos apuntaron hacia la oscuridad central, y durante unos segundos todos escucharon una respiración gigantesca bajo el agua. Acto seguido, emergió Phaesys.
 
Primero aparecieron unas aletas rotas, cubiertas de membranas pálidas. Luego surgió el lomo doble, una masa de escamas deformes que parecía cosida con odio. Finalmente, las dos bocas se abrieron a ambos lados del cuerpo, tan grandes que podrían haber tragado una cubierta entera. Cada mandíbula estaba llena de dientes húmedos, y en el fondo de ambas gargantas se oían voces humanas.
El primer disparo salió de un destructor francés, y después contestaron los demás barcos, hasta que la noche se llenó de fogonazos y proyectiles que golpeaban la carne imposible de Phaesys. La criatura retrocedió apenas unos metros, pero su sangre negra brotó sobre el agua. Allí donde caía, la superficie del mar hervía durante unos minutos.
 
Entonces Phaesys respondió: abrió sus dos bocas hacia la flota y dejó salir una barrera invisible que atravesó a todos los marineros que había en esa zona. Ese campo energético resultó ser una idea que atravesó metal, carne y pensamiento: “El final es inevitable…”
 
Los marineros empezaron a bajar las armas: algunos cayeron de rodillas, otros miraron el horizonte como si ya vieran sus ciudades ardiendo… Erika sintió la orden entrando en su cabeza, buscando sus miedos más hondos, y comprendió que los cañones no bastarían. Phaesys podía ser herido por el acero, pero solo moriría si su mentira era rechazada desde dentro. Hasta ese momento no se había dado cuenta de ello.
 
Una de las bocas aspiró el aire, arrancando hombres de la cubierta más cercana. Sus cuerpos desaparecieron entre los dientes, pero sus gritos continuaron sonando desde un lugar más profundo. Erika cerró los ojos antes de que el miedo la paralizara.
 
—Ahora —susurró—. ¡Todos ahora!
 
Las otras catorce mentes respondieron desde la oscuridad compartida. No llegaron como soldados, sino como personas que sostenían aquello que Phaesys no podía comprender: el violinista trajo la melodía que su padre le había enseñado antes de morir, el estudiante griego recordó el olor de la musaka que preparaba su abuela, Erika recordó a su hermano construyendo una radio entre ruinas, convencido de que siempre habría una frecuencia libre para quien supiera escuchar… Entonces, en ese momento de máxima confusión para la entidad, la mente de Erika entró hacia el interior de Phaesys.
 
Atravesó una garganta húmeda, un túnel de carne fría y una oscuridad llena de voces. Después apareció en una caverna interminable, una estampa demoníaca donde las almas devoradas esperaban tras barrotes negros. No estaban muertas del todo, sino que Phaesys las retenía en unas catacumbas del Submundo para alimentarse del miedo, recuerdos y rendición de sus almas.
 
En ese momento, una mujer encerrada levantó la cabeza.
 
—Nos hizo olvidar quiénes éramos… —dijo con voz quebrada.
 
—Entonces empezad por vuestros nombres —respondió Erika—. ¡Decidlos antes de que vuelva a quitároslos!
El silencio duró un instante enorme, pero después la mujer pronunció su nombre. Alguien respondió desde otra celda, y luego otro prisionero hizo lo mismo, hasta que las galerías comenzaron a llenarse de voces. Los nombres no sonaban heroicos ni perfectos, sonaban humanos, temblorosos y desesperados. Precisamente por eso eran más fuertes que la orden del monstruo.
 
Phaesys intentó aplastarlos con su única verdad: “El final es inevitable…”
 
Pero las quince mentes respondieron con quince voluntades distintas. No construyeron una muralla luminosa ni una voz sagrada, sino que resistieron como individuos, aferrados a razones pequeñas y profundas para que el futuro no perteneciera al monstruo. Las almas atrapadas escucharon esa resistencia y dejaron de ser cosecha pasiva: recordaron sus vidas, sus rostros, sus promesas y sus muertos.
 
Entonces las catacumbas se resquebrajaron hasta romperse.
 
En la superficie, Phaesys se arqueó sobre el océano, más alto que cualquier mástil. Las dos mitades de su cuerpo comenzaron a tirar en direcciones opuestas, como si los peces unidos que lo formaban quisieran arrancarse uno del otro. Una boca vomitó agua negra, sombras y gritos. La otra se cerró sobre sí misma con tanta fuerza que sus dientes estallaron como columnas de hueso. Desde la grieta central salió una luz oscura que convirtió la lluvia en vapor y partió la noche en dos.
 
Aprovechando el momento, los cañones dispararon una última andanada, y los proyectiles entraron por la herida abierta justo cuando las voces de los prisioneros atravesaban el cuerpo de la criatura desde dentro. Phaesys lanzó un aullido formado por miles de voces, y después su cuerpo se desgarró por completo. Una mitad cayó hacia el océano con una ola negra, y la otra se elevó convulsivamente, abrió su boca por última vez y explotó en una lluvia de escamas, sangre oscura y dientes gigantescos.
 
Durante varios minutos, el mar ardió con un resplandor submarino hasta que todo quedó en silencio.
 
Al amanecer, los restos de Phaesys se hundían lentamente bajo una mancha inmensa de sangre negra. Los informes oficiales hablaron de explosiones submarinas, gases acumulados y accidentes navales durante una operación de recuperación. Evidentemente, ninguno mencionó al monstruo, ni las catacumbas, ni las almas que habían gritado sus nombres desde la oscuridad.
Erika regresó a Berlín con el diario de tapas negras y una cicatriz invisible en la mente. En la página titulada “Marzo de 1950. Phaesys”, escribió todo lo ocurrido con una letra firme, y al final añadió una sola frase: “Phaesys. Destruido.”
Esa noche, mientras cerraba el libro, oyó una nota de violín en algún lugar imposible. No venía de la calle ni de una radio cercana, sino que venía de una mente lejana que, de algún modo, había aprendido a encontrar la suya. Luego llegó otra presencia, y después otra más, hasta que Erika sintió alrededor de sí una constelación tenue de catorce conciencias despiertas. No podían hablar siempre con claridad, pero el vínculo existía.
 
El monstruo había querido convertir la mente humana en una jaula, pero en cambio, había abierto las puertas de una capacidad desconocida para quince individuos que, sin saberlo, fueron los primeros psíquicos…
 
Erika miró por la ventana, hacia una ciudad rota que seguía respirando. Comprendió que el futuro nunca estaría libre de monstruos, porque algunos surgirían del mar y otros nacerían dentro de los hombres, pero también comprendió algo más profundo: ningún destino terrible se vuelve inevitable mientras alguien conserve la fuerza de imaginar otra salida…
El tercer símbolo del Black Zodiak...
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Descubre la saga poco a poco...
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© 2026 Josep Maria Solé. Todos los derechos reservados.
Disturbing Stories, número 277, "Marzo 1950".
Registrado en SafeCreative con el ID:
2605095594397.
​Fecha de registro: Mayo 2026.
Este relato no puede ser reproducido, distribuido ni modificado sin el permiso expreso del autor.
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