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El mes de febrero de 1900 había convertido a París en un hervidero de promesas. 
 
La Exposición Universal se anunciaba en carteles recién pegados, los cafés rebosaban conversaciones sobre progreso y electricidad, y la Torre Eiffel —ya completa— dominaba el horizonte como una declaración de fe en el futuro. Para muchos era una monstruosidad de hierro; para otros, el símbolo de una nueva era.
Leonard Voss observaba aquella estructura cada mañana desde una terraza en una esquina del Campo de Marte, con la libreta en la mano y la sensación persistente de que algo no encajaba del todo.
 
Como periodista, había aprendido a detectar las grietas bajo los discursos grandilocuentes. En las últimas semanas, demasiados hombres brillantes habían comenzado a comportarse de forma extraña: ingenieros que no dormían, profesores que abandonaban sus cátedras para encerrarse a escribir tratados incomprensibles, matemáticos que hablaban de revelaciones imposibles… Todos compartían una mirada febril, orgullosa, como si hubieran sido tocados por una verdad que el resto no merecía.
 
Fue durante una visita al archivo provisional de la obra de la torre cuando Leonard encontró un viejo diario… Estaba escondido en una caja marcada como documentos médicos antiguos, sin relación aparente con la torre. El cuero estaba agrietado y el nombre, escrito con tinta ya marrón, apenas se leía: Doctor Julian Mires. En ese momento, Leonard reconoció el apellido: Mires había sido un médico de mediados del siglo XIX, cuya carrera quedó marcada por unas polémicas declaraciones vinculadas a un episodio en 1850 que (oficialmente) nunca ocurrió…
 
El diario no hablaba de París, sino que relataba, con una precisión clínica, los hechos de aquel año: una entidad surgida de lo que Mires llamaba el Zodíaco Negro, una maldición que se había liberado tras mil años de espera. Caprahn había sido la primera. El texto describía el horror de comprender demasiado tarde que aquellas entidades no eran invocadas mediante rituales clásicos: simplemente aparecerían cada cierto tiempo…
 
Leonard cerró el cuaderno cuando una voz habló detrás de él.
 
—Ese diario no debería estar aquí…
 
No había oído pasos, y la frase le sobresaltó de una manera que casi le caen las gafas al suelo. El hombre misterioso estaba apoyado contra una viga, observándolo con atención. Su aspecto era extraño sin ser grotesco: rasgos afilados, piel pálida, ojos antiguos… Vestía como alguien que había aprendido a imitar a los humanos, pero no a ser uno…
—¿Quién es usted? —preguntó Leonard, con cautela.
 
El forastero tardó un instante en responder, como si evaluara cuánto podía decir sin romper algo invisible.
 
—Azharel —dijo al fin—. Hubo un tiempo en que pertenecí a un lugar donde la obediencia era más valiosa que el juicio. No encajé bien… y eso suele tener consecuencias…
 
Leonard frunció el ceño, pero no replicó. El diario pesaba demasiado en sus manos como para permitirse dudar de aquella respuesta cargada de insinuaciones.
 
—Desde entonces —continuó Azharel, con voz baja— he aprendido a observar. Y he visto cómo el orgullo humano abre puertas que luego finge no haber tocado… puertas por las que no entran cosas precisamente benignas…
 
Leonard tragó saliva.
 
—Entonces sabrá lo que está ocurriendo —dijo—. Algo está… infectando a gente peculiar. Personas que antes no eran así.
 
Azharel asintió lentamente, con una expresión que no era sorpresa, sino reconocimiento.
 
—Sí —murmuró—. He visto ese patrón antes. Y nunca empieza de forma ruidosa… – se detuvo un momento para coger aire – Lo que acaba de leer acerca del Zodíaco Negro es cierto… Hace cincuenta años empezó el proceso… y ahora ha emergido la segunda entidad: Quarion, una manifestación distorsionada de vuestro signo de Acuario... Este ser ansía conocimiento sin límite, y tiene un ego sin freno. No posee a cualquiera, sino que busca mentes cultivadas, ambiciosas, aquellas que ya creen merecer comprenderlo todo… Se introduce en sus pensamientos, refuerza su vanidad, y desde ahí se propaga como una idea brillante que nadie quiere cuestionar. Hace un tiempo que estoy siguiendo su rastro… créeme que sé de lo que hablo…
 
Leonard pensó en los ingenieros de la torre, en los discursos cada vez más exaltados sobre cómo aquella estructura no solo sostendría acero, sino significado.
 
—¿Y la torre? —preguntó—, ¿es casualidad?
 
Azharel miró hacia el exterior, donde el entramado de hierro se recortaba contra el cielo gris de invierno.
 
—Quarion no tuvo nada que ver con su construcción, pero ha descubierto que la necesita. Con su altura, el metal, y la geometría precisa, la Torre Eiffel es una antena en potencia. Si la activa, su influencia se podrá amplificar más allá de París…
 
Esa misma noche, el Campo de Marte se llenó de luces improvisadas. Un grupo de ingenieros había convencido a los supervisores de realizar pruebas nocturnas de refuerzo de poleas. Leonard observó desde la distancia cómo decenas de hombres subían a los niveles medios y superiores de la torre, hablando con entusiasmo febril, como si compartieran un secreto glorioso. En ese momento se encontraban (oficialmente) en la fase de reforzar los ascensores, dada la gran afluencia turística que había generado el monumento.
 
Entonces, el aire cambió.
 
Desde lo alto, una vibración profunda recorrió el hierro. La torre respondió con un lamento metálico, y algo emergió entre sus vigas: una forma translúcida, enorme, compuesta de símbolos móviles y fragmentos de pensamientos robados. Quarion ya no era una presencia sutil, había crecido alimentándose de decenas de mentes brillantes, y ahora flotaba alrededor de la torre como una constelación viva, arrogante y consciente de su inminente victoria.
 
—Es muy grande… —murmuró Leonard.
 
—Si —corrigió Azharel—, pero cuanto mayor el tamaño, mayor la vanidad...
 
Subieron juntos, ignorando el vértigo y el caos, mientras sonidos metálicos acompañaban cada paso que daban en esa gran estructura de hierro. Los hombres poseídos no los veían; estaban absortos, repitiendo fórmulas, gritando revelaciones… Cuando alcanzaron el segundo nivel, Quarion giró su enorme cabeza hacia ellos y empezó a hablarles... pero su voz no sonó en el aire, sino dentro de la cabeza de Leonard y Azharel...
 
“He aquí el templo del entendimiento. Yo os haré dioses...”
 
En ese momento, Azharel dio un paso al frente… y algo cambió. Su forma comenzó a alterarse, suavizándose, adaptándose. Donde antes había dureza, surgió una poderosa presencia distinta. Cuando habló de nuevo, su voz era femenina, profunda y firme, como si hubiera aceptado un destino largamente postergado.

​—Mi exilio no fue un castigo —dijo—… sino que se convirtió en una preparación hecha por mi mentor… Balkor… alguien que no me dio la espalda y a quien debo mucho, aunque ya no esté... Yo no puedo dominar a Quarion, pero Balkor me enseñó la capacidad de contener a mi manera.
 
Extendió los brazos y trazó un círculo invisible alrededor de la torre. Entonces, el hierro respondió, y esa geometría humana, pensada para celebrar el progreso, se convirtió en una jaula conceptual. La Torre Eiffel dejó de ser una antena y pasó a ser un límite.
 
Leonard comprendió entonces el verdadero sacrificio: Azharel no estaba lanzando un hechizo, sino anclándose a ese límite, renunciando a lo que era para transformarse en guardiana. Su cambio no era solo físico, sino esencial.
 
Quarion rugió, expandiéndose hasta envolver media estructura, pero su crecimiento se volvió contra él. Cada mente que intentaba usar para escapar chocaba contra el borde impuesto por la torre, y la señal que había empezado a emitir, terminó plegándose sobre sí misma.
 
Con un estruendo que hizo temblar París, la entidad colapsó, fragmentándose dentro de una esfera de energía contenida, que quedó suspendida entre las vigas humeantes... En ese instante, los operarios “poseídos” cayeron al suelo inconscientes, libres al fin.
 
Cuando todo terminó, la torre quedó en silencio. Azharel, agotada, estaba sosteniendo la esfera con sus manos.
 
—Esto no es una victoria definitiva —dijo mientras la observaba de cerca—… es solo una pausa… Quarion quedará aquí encerrado, y mi cometido será velar para que así siga siendo… pero el Zodíaco Negro volverá dentro de unos años... y alguien deberá detener su amenaza…
 
Leonard asintió, entendiendo su verdadero papel al fin.
 
Esa misma madrugada, regresó al diario de Julian Mires. Añadió sus propias páginas, relatando lo ocurrido con Quarion, describiendo la contención, la torre, y el sacrificio de Azharel… Al final, escribió una advertencia:
 
Llegará un tiempo —quizá en 1950— en que otra entidad emergerá. Si lees esto, significa que el ciclo continúa, y debes prepararte. Lee las instrucciones aquí detalladas, y procura sobrevivir...
 
Cerró el diario y lo ocultó de nuevo… no para el presente, sino para el futuro.

​París despertó con la torre todavía un poco humeante, pero se validó la versión de que por la noche había tenido lugar un pequeño accidente de obra en los trabajos de refuerzo de los ascensores, que rápidamente se solucionó.
 
La Torre Eiffel siguió ganando popularidad durante la Exposición Universal, ignorando que, por una vez, había salvado al mundo…
 
Quizá el verdadero progreso no consista en alcanzar el cielo, sino en saber cuándo no hacerlo…
El segundo símbolo del Black Zodiak...
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Descubre la saga poco a poco...
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© 2026 Josep Maria Solé. Todos los derechos reservados.
Disturbing Stories, número 276, "Febrero 1900".
Registrado en SafeCreative con el ID:
2601264369278.
​Fecha de registro: Enero 2026.
Este relato no puede ser reproducido, distribuido ni modificado sin el permiso expreso del autor.
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Published Stories:

080226


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