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La ciudad de Viena se encontraba sumida en un invierno despiadado.
 
Las calles crujían bajo el peso del hielo, los faroles titilaban entre ráfagas de viento gélido, y los carruajes avanzaban con dificultad sobre la nieve endurecida.
 
El hospital central olía a desinfectante y humedad estancada, una mezcla que no alcanzaba a ocultar el hedor sutil pero constante de la muerte.
 
Había una enfermedad de curso rápido y síntomas aterradores que se propagaba sin patrón lógico. Empezaba con fiebre, progresaba con inflamación dolorosa en ganglios, y culminaba con fallos múltiples de órganos en apenas unas horas…
​
El doctor Julian Mires, de treinta-y-pocos años, pero con marcada experiencia en cuestiones epidémicas, examinaba el cuerpo inerte de una joven.
Las extremidades estaban amoratadas y rígidas, el abdomen distendido y los ojos vidriosos con un velo blanquecino. No había signos de viruela ni tifus, y, sin embargo, la rapidez de la descomposición era anómala.
 
—¿Tiempo desde los primeros síntomas? —preguntó sin apartar la vista del cadáver.
—Unas once horas, doctor. Fiebre alta, delirios, y luego fallo multi-orgánico.
Julian hizo una anotación rápida en su cuaderno de tapas negras. Desde hacía semanas, casos similares se repetían. No había patrones demográficos, ni vínculos geográficos evidentes.
 
El desconcierto médico era absoluto…
 
Sin embargo, lo que realmente inquietaba a Julian era otra cosa: algunos pacientes morían murmurando frases extrañas, a veces en lenguas desconocidas, otras veces repitiendo nombres sin sentido. No lo mencionaba en los informes oficiales, pero en su cuaderno personal registraba cada frase, cada palabra. Algunos hablaban de "algo que despierta bajo la nieve"…
Esa noche, al salir del hospital, una figura lo esperaba en la penumbra de un callejón. Era alta, cubierta por una capa negra de cuero envejecido, y sus ojos brillaban sin reflejar la luz.
 
Cuando Julian lo enfocó con su linterna de carburo, el extraño no se movió.
 
—No eres un sacerdote—dijo con voz grave el desconocido.
—¿Qué eres? —contestó Julian, retrocediendo un paso.
—Un buscador. Me llamo Balkor, y he venido tras la pista de un antiguo grimorio… pero en este lugar, he encontrado algo mucho peor…
 
Balkor no era humano… y aunque Julian no sabía lo que era, no sintió miedo. Ese ser era extraño, pero no amenazante.
 
De hecho, parecía agobiado.
 
—Los enfermos... ¿no son cosa tuya? —preguntó Julian, con actitud detectivesca.
—No, ya te he dicho lo que estoy buscando… pero esta plaga... no tiene un origen claro. Temo que sea una amenaza para todos…
 
Julian, con su mente de científico, quería rechazar todo aquello, pero había visto demasiado en las últimas semanas. Asintió, y contra todo instinto racional, decidió ayudar a Balkor. Éste sabía que el joven doctor acabaría interesándose… su olfato nunca le fallaba…
En los días siguientes, trabajaron juntos. Julian proporcionaba mapas de infecciones, datos de pacientes, registros de hospitales de otros países. Balkor le hablaba de cosas antiguas: sellos, antiguas prisiones, bestias oscuras, diablos... Aunque nunca hablaba demasiado. Era un guerrero condenado, un prisionero liberado que lo que más temía era no cumplir con su misión.
El rastro los llevó a Marsella, donde encontraron una casa abandonada, convertida en templo improvisado de un culto oscuro clandestino. Había inscripciones en latín y griego antiguo, y un fragmento del grimorio oculto bajo una piedra.
 
El fragmento temblaba levemente al tocarlo, aunque Balkor no podía sostenerlo durante mucho tiempo, porqué su piel se agrietaba como barro seco.
 
—Esto... esto no debería estar aquí—dijo Balkor.
—¿Qué significa?
—El grimorio está incompleto. Parece que alguien intentó usarlo. Abrieron algo… pero no sabían qué hacían…
En Florencia hallaron otro fragmento, en manos de un coleccionista muerto en circunstancias misteriosas. Y en Praga, una aldea entera había sido puesta en cuarentena. Julian examinó los cuerpos: peste bubónica, pero con una aceleración imposible… como si la enfermedad hubiera evolucionado en minutos lo que tomaría semanas...
 
Finalmente, en una iglesia derruida de Cracovia, entre restos de rituales fallidos, Balkor encontró a un moribundo que lo llamó por su nombre. Tenía los ojos quemados y hablaba con voz doble.
 
—Él ha nacido, Balkor. No lo llamaron, emergió para juzgarnos a todos. El invierno camina, y se llama ¡Caprahn!
 
Balkor retrocedió. Ese nombre no era parte del mundo humano. En ese momento le vino a la cabeza la oscura leyenda de Vahl, el caído, un demonio condenado mil años atrás. Vahl habló del "Zodiaco Negro": doce entidades que surgirían cada medio siglo, nacidas del dolor acumulado del mundo, y con la misión de juzgarnos a todos.
 
Nadie había tomado en serio aquellas palabras… hasta ahora…
 
Esa noche, Balkor contactó con su comandante para anunciarle la reciente noticia.
—No es acerca del grimorio… La leyenda del Zodiaco Negro de Vahl… es cierta… la primera entidad, llamada Caprahn, ha emergido… sus pestes y enfermedades están ya asolando a los humanos… es cuestión de tiempo que nos alcance a nosotros…
Hubo silencio al otro lado. Luego, una voz grave respondió:
 
—Entonces… el ciclo inevitable ha comenzado…
 
Balkor y Julian volvieron a Viena. Ya no buscaban fragmentos, buscaban rastros de Caprahn.
Las infecciones habían mutado, y los síntomas ya no eran solo bubones o fiebre… ahora había heladas repentinas en habitaciones cerradas, escarchas que dibujaban formas extrañas, personas que morían en su cama congeladas...
 
Caprahn no era un ser corpóreo… no del todo. Era un principio, una voluntad, y, sin embargo, Balkor sabía que podía manifestarse… solo necesitaba suficiente sufrimiento…
 
Un brote en Londres aceleró el desenlace. La ciudad se paralizó, y en las zonas más pobres, los hospitales colapsaron. Julian viajó con Balkor, ya convertidos en aliados. No eran amigos, pero compartían un propósito.
 
En una fábrica abandonada de los suburbios, lo encontraron. No como un monstruo gigante, sino como una figura delgada, casi humana, de piel agrietada como escarcha seca. Tenía cabeza de cabra, pero ojos de niño. No hablaba… pero su presencia helaba el alma… Balkor se quedó impactado ante ese ser.
 
—No lo sellaron… tampoco fue invocado. Él nació… de nosotros…
 
Julian notó que el aire se hacía denso. El metal se oxidaba rápidamente, y las paredes lloraban escarcha.
 
—No podemos luchar contra eso—dijo Mires.
 
—No como antes—replicó Balkor.
 
Y entonces, idearon algo imposible. No un plan de guerra, sino de comprensión. Caprahn no era un enemigo que pudiera ser destruido con armas o rituales. No era un cuerpo… era una idea… una consecuencia…
 
Balkor fue quien lo comprendió primero: la peste no era un castigo, ni siquiera un ente vengador. Era un eco… un residuo… un reflejo de lo peor que los humanos dejaban atrás: el abandono, el rencor no dicho, los vínculos quebrados sin duelo…
 
Caprahn no se alimentaba de carne, sino de lo que se pudría en la conciencia. Era la negación de todo vínculo, el fin de toda compasión…
 
 
—No se puede matar lo que nunca estuvo vivo —dijo Balkor—. Pero quizás… se puede hacer algo…
 
Julian lo miró, atónito.
 
—¿Entonces se puede destruir?
 
Balkor negó lentamente.
 
—Lo que nace de una maldición no muere… solo se contiene. Pero no en piedra, ni en sellos… debe encerrarse… en algo que entienda su idioma… en algo hecho también de oscuridad...
 
—¿Tú?
 
Balkor sonrió, por primera vez sin rabia.
 
—Fui creado para romper ejércitos, devorar ciudades, borrar nombres. Pero esta vez… puedo ser jaula. Mi camino ha sido largo, y estoy en paz con ello… si lo abrazo… si lo dejo entrar… puedo arrastrarlo conmigo… y sellarlo con mi muerte…
 
Julian no respondió. No había palabras para detenerlo.
 
Así comenzó el acto final. No fue un ritual, ni una ceremonia… solo un encuentro...
 
Caprahn llegó como humo que no tenía sombra. Inundaba el aire, la carne, la memoria. No poseía rostro, porque ya era muchos: gritos olvidados, nombres nunca pronunciados, agonía infinita…
 
Pero Balkor no tembló.
 
Avanzó, ya no con furia, sino con decisión. Cada paso que daba quebraba la tierra. Su piel, antaño fuego, era ahora ceniza viva conforme se acercaba al ente. Su antiguo medallón colgaba de su cuello: hecho de un hueso de su primer enemigo, marcado con glifos de contención infernal, no para destruir, sino para atrapar… El amuleto final que siempre llevó consigo…
 
—Caprahn —dijo—. Yo también fui engendrado por el abismo… pero no somos iguales… tú naciste del olvido… yo he elegido recordar… y no permitiré que continúes soltando tus pestes en este mundo… las nuevas generaciones no deben pagar por los errores de sus antecesores…
 
Y lo abrazó.​
El mundo se contrajo. Caprahn intentó invadirlo, disolverlo, pero Balkor no se resistió. Se abrió y se dejó consumir. Su carne se volvió prisión… y su alma, cerradura. Las runas en su piel brillaron por última vez y luego se apagaron, como si las estrellas de la noche dejaran de brillar en el cielo.
 
Cuando el silencio regresó, solo quedaba el medallón en el suelo, ahora agrietado y frío.
 
Julian lo recogió, y sintió el pulso sordo de algo encerrado dentro. Cavó con sus propias manos y lo enterró bajo un árbol seco, en un claro sin nombre.
 
Sobre la improvisada tumba, colocó una piedra lisa, y anotó una inscripción tallada en madera: “Balkor. El que abrazó el frío”.
.
.
.
 
Regresó a Viena.
 
En los días siguientes, el brote cesó. Las autoridades hablaban de que, al haber padecido tantos la enfermedad, el pueblo en adelante quedaría menos expuesto a sus estragos… (años más tarde esto se conocería como “inmunidad colectiva”).
 
Julian sabía que nadie le creería, pero necesitaba dejar constancia de todo ello, porque estaba convencido de que alguien lo necesitaría algún día… Así que abrió un nuevo cuaderno negro, y empezó a escribir en la primera página:

“Viena, Enero de 1850.
 Caprahn fue el primero: el Invierno.
No fue invocado: fue engendrado.
Vendrán más, uno diferente cada 50 años.
Serán doce entidades nacidas de lo que negamos:
Hambre. Furia. Traición. Sed. Olvido…
… y otros aún sin rostro.
Este libro es testigo y, quien lo lea, deberá continuarlo.
Porque el Zodiaco Negro no termina
con mi encuentro con Caprahn…
…sólo acaba de empezar...”
El primer símbolo del Black Zodiak...
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Descubre la saga poco a poco...
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© 2025 Josep Maria Solé. Todos los derechos reservados.
Disturbing Stories, número 275, "Enero 1850".
Registrado en SafeCreative con el ID:
2509163090692.
​Fecha de registro: Septiembre 2025.
Este relato no puede ser reproducido, distribuido ni modificado sin el permiso expreso del autor.
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A partir de 13 años 
FAQ

Published Stories:

091225


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