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"PONT DEL DIABLE"
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TEASER
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El sol se derretía con lentitud sobre Tarragona, cuando Marc dirigió su grabadora hacia los arcos centrales del “Pont del Diable”. “Sonido ambiente, 18:43, acueducto romano”, murmuró antes de deslizar el pequeño aparato en su mochila.
En ese momento se encontraba solo. Sus compañeros de primero de ESO ya habían vuelto al autobús tras la visita guiada, pero él se había escabullido con la excusa de ir a miccionar. No era raro en él. Su madre solía decir que tenía un radar para lo extraño, y aquel lugar olía a historia dormida.
El puente había sido construido por los romanos en el siglo I a. C., cuando la ciudad aún se llamaba Tarraco, capital de la Hispania Citerior. El acueducto había transportado agua desde el río Francolí hasta la ciudad, cruzando campos, siglos y guerras. Todavía se alzaba con una precisión imposible, como si el tiempo lo hubiese ignorado por completo.
Pero no era la ingeniería lo que retenía a Marc… había algo más. Bajo una piedra de los arcos izquierdos, casi oculta entre la erosión, distinguió una inscripción tallada que no aparecía en los folletos. Letras latinas, sí, pero no las comunes. No era un nombre ni una fecha… había algo irregular, incompleto, como si alguien la hubiese dejado a medio escribir. Tomó un par de fotos, acercó la mano y percibió una vibración. Muy leve, como el zumbido grave que queda en el pecho tras una voz profunda, pero allí estaba. Persistente… como si el acueducto respirara, y ese punto fuera su boca.
En ese momento se encontraba solo. Sus compañeros de primero de ESO ya habían vuelto al autobús tras la visita guiada, pero él se había escabullido con la excusa de ir a miccionar. No era raro en él. Su madre solía decir que tenía un radar para lo extraño, y aquel lugar olía a historia dormida.
El puente había sido construido por los romanos en el siglo I a. C., cuando la ciudad aún se llamaba Tarraco, capital de la Hispania Citerior. El acueducto había transportado agua desde el río Francolí hasta la ciudad, cruzando campos, siglos y guerras. Todavía se alzaba con una precisión imposible, como si el tiempo lo hubiese ignorado por completo.
Pero no era la ingeniería lo que retenía a Marc… había algo más. Bajo una piedra de los arcos izquierdos, casi oculta entre la erosión, distinguió una inscripción tallada que no aparecía en los folletos. Letras latinas, sí, pero no las comunes. No era un nombre ni una fecha… había algo irregular, incompleto, como si alguien la hubiese dejado a medio escribir. Tomó un par de fotos, acercó la mano y percibió una vibración. Muy leve, como el zumbido grave que queda en el pecho tras una voz profunda, pero allí estaba. Persistente… como si el acueducto respirara, y ese punto fuera su boca.
Le costaba creer que nadie lo hubiera notado antes.
Esa noche cenó sin apetito. Su madre le preguntó dos veces si se sentía bien, a lo que él asintió y subió a su cuarto. Encendió el ordenador, conectó la grabadora y amplificó el sonido registrado bajo la piedra. Había algo… y no era estática… era rítmico… lento… orgánico. Lo filtró y volvió a escuchar: bom... bom... bom...
El sonido no venía de un aparato ni del viento, sino que estaba siendo emitido por algo que aún seguía con vida.
Entonces lo recordó. Durante un trabajo de historia, había revisado archivos digitalizados del monasterio de Santes Creus. Un monje del siglo XII mencionaba en una carta una “piedra negra, caliente y perversa” que había sido enterrada porque alteraba el comportamiento de los vecinos. Afirmaba que había caído del cielo, “una estrella rota que sangraba luz”, y que la escondieron donde la tierra se quiebra, bajo un cruce de arcos de piedra.
Marc abrió el navegador, buscó esa frase exacta… y descubrió que la carta hablaba concretamente del Pont del Diable.
El aire en su habitación se volvió denso. Se levantó y miró por la ventana para observar que la luna aún no había salido… solo un cielo profundo y en absoluto silencio. Sentía el corazón golpear con una intensidad que no era miedo, sino una certeza: algo lo estaba llamando.
A la mañana siguiente fingió estar enfermo. Bastaron una voz apagada y una mano tibia en la frente. Su madre no sospechó y se fue a trabajar. En cuanto estuvo solo, metió en la mochila una linterna, la grabadora, un bloc de notas, una botella de agua, y la carta impresa. Entonces, salió de casa sin hacer ruido.
El cielo estaba cubierto de nubes bajas y densas, como si algo las empujara desde abajo. Tomó el camino hacia el acueducto y se desvió por un sendero apenas visible, cubierto de ramas secas. Llegó a una parte del puente no restaurada, medio oculta por la maleza. El aire era espeso, húmedo. No se oían coches ni pájaros, solo el crujir de las ramas bajo sus pasos.
Tras casi una hora de búsqueda por la zona donde descubrió esas vibraciones, encontró una losa oscura encajada en el suelo, claramente distinta a las demás. No parecía esculpida con una forma regular, y tenía grabado un extraño símbolo: un círculo incompleto atravesado por tres líneas curvas, como nervaduras. Con las manos, retiró la tierra y las ramas hasta dejarla al descubierto. Vibraba… más intensamente que antes.
Empujó con ganas esa piedra. Al principio no cedió, pero volvió a intentarlo, forzando con ambos hombros y todo el cuerpo en tensión. Entonces la piedra se hundió con un crujido seco, y una corriente de aire añejo le golpeó la cara. Olía a humedad, pero también a metal, a electricidad… como si hubiera estado encerrado por siglos.
Iluminó el hueco, y descubrió una escalera que descendía hacia la oscuridad.
No supo por qué, pero bajó… necesitaba averiguar ese misterio. Cada peldaño lo alejaba más del mundo conocido, el aire se volvía más denso con cada paso, y las paredes, de una piedra negra sin vetas ni textura, parecían no ser de roca. El pasillo giraba en espiral, y con cada vuelta, las vibraciones se hacían más intensas… era como caminar dentro del pecho de algo dormido…
Al llegar al final, la linterna reveló una sala circular, no muy grande —unos diez metros de diámetro—, con un pequeño estanque poco profundo en el centro. Sobre él, flotaba una piedra… oscura, irregular... con una luz interior que latía. Su superficie se movía, como si respirara.
Sacó la grabadora y susurró: “Objeto localizado. Vibra. Emite calor. No hay fuente visible de energía… ¿puede que haya encontrado… la Piedra del Diablo?” Dio un paso y entonces la linterna titubeó. En ese momento, el agua del estanque comenzó a burbujear y Marc entró unos segundos en una especie de trance, con los ojos en blanco, y no pudo resistirse a ver como extendía su propio brazo… hasta que toca la piedra con un dedo…
Un destello azul lo envolvió. Entonces cayó de espaldas, y la linterna explotó. El zumbido que llenó la sala no era sonido: era pensamiento, lenguaje puro. En ese momento, muy arriba, en la superficie, el acueducto emitió un tono grave y constante, como el lamento de un órgano ancestral.
Y entonces lo vio…
Una figura flotaba frente a él. No caminaba… no tenía boca. Era alta, delgada, azul… transparente como un cristal que vibra. No hablaba, pero Marc comprendía lo que pensaba…
Unas imágenes estallaron en su mente: Una nave envuelta en llamas atravesando el cielo nocturno; una explosión sobre las colinas cercanas a Tarraco; seres como el que tenía delante, corriendo… luchando… muriendo; monjes excavando, aterrados; fragmentos oscuros lanzados en varias direcciones; una figura solitaria desapareciendo entre una multitud, emitiendo una última orden mental…
La figura extendió una mano luminosa hacia él. Entonces Marc lo comprendió… sintió con claridad la idea, sin necesidad de palabras:
“Tres pilares. Uno despierto. Dos duermen.”
Y luego:
“El camino está abierto… pero debe decidirse...”
Y como un rumor gaseoso, de la misma forma que había aparecido, la inquietante figura se desvaneció.
Marc se quedó solo en la sala, con el zumbido aun vibrando en sus huesos. Algo dentro de él se había activado… no sabía cómo, pero comprendía lo que debía hacer.
Caminó hacia el pedestal donde flotaba la piedra. Junto a ella, como si siempre hubiese estado allí, emergía una estructura metálica semicircular, incrustada en la roca. Tenía tres huecos: uno brillaba y los otros dos estaban vacíos.
Acercó su mano, sabiendo exactamente donde tenía que ponerla, y la extiende encima de una superficie lectora. El dispositivo se activa escaneándole la palma… era como si la estructura evaluara quién era.
En ese momento, recordó el símbolo... las tres líneas curvas y el círculo incompleto… y comprendió: él era el que debía activar el primer dispositivo… ¿Cómo?
Como si fuera un robot, se quitó el colgante que llevaba desde niño: una pieza de hierro oxidado que encontró en un campo. Su madre decía que le daba suerte… y lo colocó en uno de los huecos vacíos.
Esa noche cenó sin apetito. Su madre le preguntó dos veces si se sentía bien, a lo que él asintió y subió a su cuarto. Encendió el ordenador, conectó la grabadora y amplificó el sonido registrado bajo la piedra. Había algo… y no era estática… era rítmico… lento… orgánico. Lo filtró y volvió a escuchar: bom... bom... bom...
El sonido no venía de un aparato ni del viento, sino que estaba siendo emitido por algo que aún seguía con vida.
Entonces lo recordó. Durante un trabajo de historia, había revisado archivos digitalizados del monasterio de Santes Creus. Un monje del siglo XII mencionaba en una carta una “piedra negra, caliente y perversa” que había sido enterrada porque alteraba el comportamiento de los vecinos. Afirmaba que había caído del cielo, “una estrella rota que sangraba luz”, y que la escondieron donde la tierra se quiebra, bajo un cruce de arcos de piedra.
Marc abrió el navegador, buscó esa frase exacta… y descubrió que la carta hablaba concretamente del Pont del Diable.
El aire en su habitación se volvió denso. Se levantó y miró por la ventana para observar que la luna aún no había salido… solo un cielo profundo y en absoluto silencio. Sentía el corazón golpear con una intensidad que no era miedo, sino una certeza: algo lo estaba llamando.
A la mañana siguiente fingió estar enfermo. Bastaron una voz apagada y una mano tibia en la frente. Su madre no sospechó y se fue a trabajar. En cuanto estuvo solo, metió en la mochila una linterna, la grabadora, un bloc de notas, una botella de agua, y la carta impresa. Entonces, salió de casa sin hacer ruido.
El cielo estaba cubierto de nubes bajas y densas, como si algo las empujara desde abajo. Tomó el camino hacia el acueducto y se desvió por un sendero apenas visible, cubierto de ramas secas. Llegó a una parte del puente no restaurada, medio oculta por la maleza. El aire era espeso, húmedo. No se oían coches ni pájaros, solo el crujir de las ramas bajo sus pasos.
Tras casi una hora de búsqueda por la zona donde descubrió esas vibraciones, encontró una losa oscura encajada en el suelo, claramente distinta a las demás. No parecía esculpida con una forma regular, y tenía grabado un extraño símbolo: un círculo incompleto atravesado por tres líneas curvas, como nervaduras. Con las manos, retiró la tierra y las ramas hasta dejarla al descubierto. Vibraba… más intensamente que antes.
Empujó con ganas esa piedra. Al principio no cedió, pero volvió a intentarlo, forzando con ambos hombros y todo el cuerpo en tensión. Entonces la piedra se hundió con un crujido seco, y una corriente de aire añejo le golpeó la cara. Olía a humedad, pero también a metal, a electricidad… como si hubiera estado encerrado por siglos.
Iluminó el hueco, y descubrió una escalera que descendía hacia la oscuridad.
No supo por qué, pero bajó… necesitaba averiguar ese misterio. Cada peldaño lo alejaba más del mundo conocido, el aire se volvía más denso con cada paso, y las paredes, de una piedra negra sin vetas ni textura, parecían no ser de roca. El pasillo giraba en espiral, y con cada vuelta, las vibraciones se hacían más intensas… era como caminar dentro del pecho de algo dormido…
Al llegar al final, la linterna reveló una sala circular, no muy grande —unos diez metros de diámetro—, con un pequeño estanque poco profundo en el centro. Sobre él, flotaba una piedra… oscura, irregular... con una luz interior que latía. Su superficie se movía, como si respirara.
Sacó la grabadora y susurró: “Objeto localizado. Vibra. Emite calor. No hay fuente visible de energía… ¿puede que haya encontrado… la Piedra del Diablo?” Dio un paso y entonces la linterna titubeó. En ese momento, el agua del estanque comenzó a burbujear y Marc entró unos segundos en una especie de trance, con los ojos en blanco, y no pudo resistirse a ver como extendía su propio brazo… hasta que toca la piedra con un dedo…
Un destello azul lo envolvió. Entonces cayó de espaldas, y la linterna explotó. El zumbido que llenó la sala no era sonido: era pensamiento, lenguaje puro. En ese momento, muy arriba, en la superficie, el acueducto emitió un tono grave y constante, como el lamento de un órgano ancestral.
Y entonces lo vio…
Una figura flotaba frente a él. No caminaba… no tenía boca. Era alta, delgada, azul… transparente como un cristal que vibra. No hablaba, pero Marc comprendía lo que pensaba…
Unas imágenes estallaron en su mente: Una nave envuelta en llamas atravesando el cielo nocturno; una explosión sobre las colinas cercanas a Tarraco; seres como el que tenía delante, corriendo… luchando… muriendo; monjes excavando, aterrados; fragmentos oscuros lanzados en varias direcciones; una figura solitaria desapareciendo entre una multitud, emitiendo una última orden mental…
La figura extendió una mano luminosa hacia él. Entonces Marc lo comprendió… sintió con claridad la idea, sin necesidad de palabras:
“Tres pilares. Uno despierto. Dos duermen.”
Y luego:
“El camino está abierto… pero debe decidirse...”
Y como un rumor gaseoso, de la misma forma que había aparecido, la inquietante figura se desvaneció.
Marc se quedó solo en la sala, con el zumbido aun vibrando en sus huesos. Algo dentro de él se había activado… no sabía cómo, pero comprendía lo que debía hacer.
Caminó hacia el pedestal donde flotaba la piedra. Junto a ella, como si siempre hubiese estado allí, emergía una estructura metálica semicircular, incrustada en la roca. Tenía tres huecos: uno brillaba y los otros dos estaban vacíos.
Acercó su mano, sabiendo exactamente donde tenía que ponerla, y la extiende encima de una superficie lectora. El dispositivo se activa escaneándole la palma… era como si la estructura evaluara quién era.
En ese momento, recordó el símbolo... las tres líneas curvas y el círculo incompleto… y comprendió: él era el que debía activar el primer dispositivo… ¿Cómo?
Como si fuera un robot, se quitó el colgante que llevaba desde niño: una pieza de hierro oxidado que encontró en un campo. Su madre decía que le daba suerte… y lo colocó en uno de los huecos vacíos.
La estructura, sorprendentemente, lo aceptó.
Un clic seco, como un suspiro contenido tras siglos, y el colgante se hundió unos milímetros en el hueco. Entonces un pulso invisible recorrió la sala. No era luz ni sonido… era... dirección. Un flujo que lo atravesó, como si la habitación supiera que él estaba allí… que ahora formaba parte de algo…
El centro del estanque comenzó a agitarse, pero no con burbujas, sino con ondas concéntricas, como si algo golpeara el agua desde abajo. La piedra flotante empezó a girar lentamente, y un resplandor azul brotó desde su interior.
Entonces, el suelo cambió…
La piedra bajo sus pies comenzó a retraerse formando un círculo perfecto. No había tierra ni roca… solo emergía una cámara metálica, lisa, negra como obsidiana pulida. Llevaba símbolos que brillaban débilmente con un idioma no humano. En el centro, un mecanismo comenzó a activarse con un zumbido grave, como si despertara algo mayor.
Marc dio un paso atrás. Una parte de él quería correr… pero algo —antiguo, desconocido, íntimo— le decía que debía quedarse…
Del centro emergió una estructura vertical, tan alta como él, con tres ranuras en espiral. Solo una se iluminó… azul… palpitante. Así fue como descubrió que el símbolo junto a ella coincidía con el del acueducto: el círculo incompleto y las tres líneas curvas.
Uno de tres…
Una línea de energía surgió del pilar encendido y atravesó el techo de la cámara, disparándose hacia el cielo como un haz fino que solo ojos muy atentos podrían ver. Arriba, en la superficie, algo en el Pont del Diable tembló… las piedras milenarias vibraron en silencio…
Marc sintió un vértigo extraño, pero no físico... era como si su mente estuviera siendo escaneada… como si algo dentro de él estuviera siendo duplicado…
Un susurro mudo le atravesó la conciencia: “Coordenadas enviadas. Preparando enlace.”
La cámara comenzó a apagarse, y segundos después todo volvió a su estado original. La piedra suspendida descendió hasta tocar el estanque, y nueva agua volvió a brotar desde las paredes, como si nunca se hubiese casi-evaporado. El colgante de Marc seguía allí, incrustado… ya no le pertenecía…
Lentamente, deja de estar en trance, y sube las escaleras con las piernas temblorosas. Al salir al exterior, el mundo allá arriba lo recibió con un silencio espeso. El cielo estaba despejado, pero algo parecía haber sido arrancado del aire. Los árboles no se movían, aunque había viento, y la gravedad se sentía más densa.
El acueducto seguía en pie, pero ahora, sobre su arco más alto, flotaba un símbolo de luz azul, casi invisible. Marc lo veía, aunque sabía que nadie más lo haría. Era el indicativo de que el primer pilar estaba activo.
Sacó la grabadora, y reprodujo el archivo. Al principio, solo ruido blanco, pero luego, tonos rítmicos, parecidos a un canto de ballenas distorsionado. Al final, su voz… alterada. Más grave, más lenta, más… doble…
La grabación siguió unos segundos más.
Primero, su voz, casi irreconocible, filtrada por la estática:
- Un humano ha activado el primero. El canal está limpio.
Luego, una larga pausa. Como si algo respirara al otro lado.
Entonces, otra voz. No era la suya… y tampoco era humana… Pero habló claro, como si supiera que él escuchaba:
- Confirmado. Señal recibida. Proceso de retorno comenzado.
Un chasquido seco, y de repente solo silencio…
Un clic seco, como un suspiro contenido tras siglos, y el colgante se hundió unos milímetros en el hueco. Entonces un pulso invisible recorrió la sala. No era luz ni sonido… era... dirección. Un flujo que lo atravesó, como si la habitación supiera que él estaba allí… que ahora formaba parte de algo…
El centro del estanque comenzó a agitarse, pero no con burbujas, sino con ondas concéntricas, como si algo golpeara el agua desde abajo. La piedra flotante empezó a girar lentamente, y un resplandor azul brotó desde su interior.
Entonces, el suelo cambió…
La piedra bajo sus pies comenzó a retraerse formando un círculo perfecto. No había tierra ni roca… solo emergía una cámara metálica, lisa, negra como obsidiana pulida. Llevaba símbolos que brillaban débilmente con un idioma no humano. En el centro, un mecanismo comenzó a activarse con un zumbido grave, como si despertara algo mayor.
Marc dio un paso atrás. Una parte de él quería correr… pero algo —antiguo, desconocido, íntimo— le decía que debía quedarse…
Del centro emergió una estructura vertical, tan alta como él, con tres ranuras en espiral. Solo una se iluminó… azul… palpitante. Así fue como descubrió que el símbolo junto a ella coincidía con el del acueducto: el círculo incompleto y las tres líneas curvas.
Uno de tres…
Una línea de energía surgió del pilar encendido y atravesó el techo de la cámara, disparándose hacia el cielo como un haz fino que solo ojos muy atentos podrían ver. Arriba, en la superficie, algo en el Pont del Diable tembló… las piedras milenarias vibraron en silencio…
Marc sintió un vértigo extraño, pero no físico... era como si su mente estuviera siendo escaneada… como si algo dentro de él estuviera siendo duplicado…
Un susurro mudo le atravesó la conciencia: “Coordenadas enviadas. Preparando enlace.”
La cámara comenzó a apagarse, y segundos después todo volvió a su estado original. La piedra suspendida descendió hasta tocar el estanque, y nueva agua volvió a brotar desde las paredes, como si nunca se hubiese casi-evaporado. El colgante de Marc seguía allí, incrustado… ya no le pertenecía…
Lentamente, deja de estar en trance, y sube las escaleras con las piernas temblorosas. Al salir al exterior, el mundo allá arriba lo recibió con un silencio espeso. El cielo estaba despejado, pero algo parecía haber sido arrancado del aire. Los árboles no se movían, aunque había viento, y la gravedad se sentía más densa.
El acueducto seguía en pie, pero ahora, sobre su arco más alto, flotaba un símbolo de luz azul, casi invisible. Marc lo veía, aunque sabía que nadie más lo haría. Era el indicativo de que el primer pilar estaba activo.
Sacó la grabadora, y reprodujo el archivo. Al principio, solo ruido blanco, pero luego, tonos rítmicos, parecidos a un canto de ballenas distorsionado. Al final, su voz… alterada. Más grave, más lenta, más… doble…
La grabación siguió unos segundos más.
Primero, su voz, casi irreconocible, filtrada por la estática:
- Un humano ha activado el primero. El canal está limpio.
Luego, una larga pausa. Como si algo respirara al otro lado.
Entonces, otra voz. No era la suya… y tampoco era humana… Pero habló claro, como si supiera que él escuchaba:
- Confirmado. Señal recibida. Proceso de retorno comenzado.
Un chasquido seco, y de repente solo silencio…
Guardó la grabadora sin pensar. Sabía, en lo más profundo, que el mundo ya no era el mismo. La piedra no solo se había activado: había enviado algo… una señal, una llamada, o quizás... una advertencia.
Esa noche, desde la ventana de su habitación, contempló las estrellas. Algunas parpadeaban, otras no… pero entre todas, una se movía… lenta… como si hubiera respondido…
En algún rincón de Tarragona, dos fragmentos más aguardaban.
Y bajo la Catedral, oculto desde hace siglos, algo había comenzado a latir…
Esa noche, desde la ventana de su habitación, contempló las estrellas. Algunas parpadeaban, otras no… pero entre todas, una se movía… lenta… como si hubiera respondido…
En algún rincón de Tarragona, dos fragmentos más aguardaban.
Y bajo la Catedral, oculto desde hace siglos, algo había comenzado a latir…
© 2025 Josep Maria Solé. Todos los derechos reservados.
Disturbing Stories, número 238, "Acueducto Maldito".
Registrado en SafeCreative con el ID: 2509163090883
Fecha de registro: septiembre 2025.
Este relato no puede ser reproducido, distribuido ni modificado sin el permiso expreso del autor.
Disturbing Stories, número 238, "Acueducto Maldito".
Registrado en SafeCreative con el ID: 2509163090883
Fecha de registro: septiembre 2025.
Este relato no puede ser reproducido, distribuido ni modificado sin el permiso expreso del autor.





