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 En el año 2099, nuestro gato vivía en un piso tranquilo de las afueras, en un edificio que todavía conservaba balcones con barandillas de metal y macetas que nadie regaba a mano.
 
Cada mañana comenzaba con una luz artificial cuidadosamente programada para imitar el amanecer, una claridad suave que se filtraba por las paredes inteligentes sin necesidad de sol verdadero. El comedero automático liberaba su ración exacta con un clic preciso y obediente, y el gato acudía sin prisa, como si el mundo entero dependiera de su puntualidad elegante. Sus patas conocían la temperatura de cada baldosa, el eco de cada rincón, la distancia exacta entre el sofá y la ventana... Allí dentro todo era estable, previsible y ordenado.
Después del desayuno, caminaba hasta el balcón y se acomodaba en el rectángulo de luz que cruzaba el suelo. Desde esa altura observaba la ciudad extendida como un tablero silencioso. Drones repartidores surcaban el aire con trayectorias perfectas y repetidas, vehículos autónomos se deslizaban por avenidas limpias, y pantallas flotantes proyectaban anuncios mudos sobre las fachadas. Sus compañeros humanos hablaban con asistentes invisibles y movían las manos frente a interfaces luminosas que solo ellos entendían. El gato los miraba a veces con una paciencia antigua, convencido de que su mundo doméstico era suficiente y completo.
 
El zumbido comenzó como una grieta diminuta en esa normalidad. No fue un sonido reconocible ni un golpe claro contra el vidrio, fue más bien una vibración grave que parecía nacer del aire mismo, demasiado baja para ser música y demasiado constante para ser casual. El gato levantó la cabeza con lentitud y dejó que sus orejas giraran hacia ningún lugar en concreto. Sus bigotes temblaron con una sacudida apenas visible, como si un viento invisible los tocara desde dentro. Miró el techo, luego el suelo, luego el horizonte, pero no encontró causa ni objeto.
 
Sus humanos no notaron nada extraño en la casa. Continuaron su conversación con voces distraídas y risas leves. El gato se acercó al cuenco de agua y observó la superficie con atención inmóvil. Allí, en el centro exacto del reflejo, pequeñas ondas circulares se expandían sin que nadie las tocara. El cristal del balcón vibró con un susurro tenue, casi tímido, y un vaso sobre la mesa respondió con un tintineo fugaz. Incluso el olor del aire cambió apenas, adoptando un matiz metálico que no pertenecía a la cocina ni a la calle.
Durante la tarde, la ciudad siguió su ritmo aparente, pero algo se notaba distinto. El gato esperó la llegada de los pájaros, como cada día, dispuesto a seguir con la mirada sus trayectorias erráticas, y amenazarles alguna vez con sus “ekekek”. Ninguno apareció sobre los cables ni en los tejados cercanos, y los drones seguían cruzando el cielo como siempre. Entonces, la vibración regresó con mayor firmeza, y el suelo transmitió un latido lento que no correspondía a ningún motor conocido. El gato dejó de tumbarse al sol y permaneció de pie, con la cola moviéndose en golpes cortos e inquietos.
 
Cuando cayó la noche, las luces del piso se atenuaron automáticamente, y el salón quedó sumido en una penumbra confortable. El gato saltó a la repisa de la ventana y se acomodó frente al cielo, dispuesto a vigilar como siempre el desfile lejano de estrellas débiles. Al principio nada parecía distinto, pero pronto advirtió que algunos puntos luminosos desaparecían sin parpadear. No era una nube, ni una tormenta, ni humo que ascendiera desde la ciudad. Las estrellas se apagaban siguiendo un patrón demasiado regular, como si algo enorme se interpusiera entre ellas y la Tierra.
La sombra no tenía bordes definidos, pero su presencia era innegable. Avanzaba con lentitud majestuosa, cubriendo el firmamento con una oscuridad más profunda que la noche habitual. El zumbido grave se convirtió en un fondo constante, vibrando en los huesos del edificio y en el pecho del gato. Las farolas de la calle titilaron con una cadencia irregular, y una antena de una azotea cercana comenzó a temblar como una aguja nerviosa. El gato maulló una vez, corto y tenso, pero su voz se perdió entre los murmullos humanos.
 
Sus compañeros se acercaron a la ventana con curiosidad. Uno comentó la posibilidad de un fallo en la red de satélites, mientras el otro consultaba datos proyectados en el aire, aunque ninguna pantalla mostraba el tamaño real de lo que se acercaba. El gato, en cambio, no necesitaba cifras ni explicaciones. Su cuerpo entero estaba atravesado por la certeza física de que algo inmenso ocupaba el cielo, algo que no pertenecía al orden habitual del mundo. Retrocedió un paso y sintió que el deseo de esconderse era más fuerte que cualquier otra cosa en ese momento.
 
El primer destello cayó sobre la ciudad con una pureza imposible. Una línea de luz blanca descendió en silencio absoluto y borró el sonido durante un segundo eterno. Luego llegó el golpe, una sacudida que hizo crujir las paredes y vibrar los muebles. Otro rayo iluminó el horizonte, y otro más, abriendo heridas luminosas entre los edificios lejanos y llenando el aire de ozono y polvo caliente. Las alarmas urbanas intentaron activarse, pero su canto quedó interrumpido por chirridos y cortes bruscos.
 
Mientras sus humanos corrían hacia la ventana, atraídos por el aterrador espectáculo, el gato ya se movía en dirección contraria. No miró atrás cuando el cielo se abrió con una luz desmesurada, ni cuando la sombra gigantesca pareció fragmentarse en el espacio. Desde lo alto descendían piezas ardientes, como escamas de un animal imposible. El zumbido se rompió en un estruendo profundo que atravesó la ciudad entera, y esa era la señal de que algo enorme venía directo hacia su zona.
El gato encontró una rejilla de ventilación detrás de un panel olvidado y la empujó con desesperación silenciosa. Se deslizó dentro del conducto justo cuando el impacto llegó con furia total. El edificio se dobló con un gemido largo, y el mundo exterior se convirtió en una tormenta de golpes, polvo y cristales rotos. Dentro del túnel estrecho, el gato se aferró con uñas tensas mientras todo vibraba como una garganta sacudida por rugidos gigantes.
 
Luego, tras un último estruendo devastador, cayó un silencio pesado y extraño.
 
Cuando finalmente salió del conducto, la casa ya no existía como antes. El pasillo estaba abierto al cielo, y las paredes mostraban entrañas de cables colgantes. La ciudad se extendía en ruinas irregulares, iluminadas por fuegos lejanos y columnas de humo. El gato avanzó con cautela entre escombros y polvo, respirando aire cargado de un olor metálico más intenso que nunca. No era humo común ni simple ceniza; había en él una acidez punzante que irritaba los ojos y raspaba la garganta.
A lo lejos, donde el fragmento había impactado, se elevaba una columna de luz sucia y persistente. Desde ese punto emanaba una niebla baja con reflejos iridiscentes, como si el suelo sudara colores enfermizos. Las plantas cercanas se doblaban sobre sí mismas, perdiendo vigor en cuestión de minutos. Un poste de luz chisporroteaba con un tono verdoso que no pertenecía a la electricidad habitual…
 
El gato avanzó un poco más y sintió que el aire pesaba en su pecho, obligándolo a parpadear con dolor leve.Cada vez que se acercaba a la zona más brillante, el ardor aumentaba. Sus bigotes vibraban con intensidad, y la piel bajo el pelaje parecía advertirle del peligro invisible. Retrocedió instintivamente, buscando un aire menos cargado. Comprendió, sin necesidad de palabras, que aquella herida en la ciudad estaba viva y creciendo. La contaminación se extendía lentamente desde el cráter, avanzando como un charco silencioso que reclamaba nuevas superficies.
 
Entonces corrió.
 
Saltó sobre coches volcados y atravesó calles partidas por grietas profundas. Se deslizó por huecos estrechos donde la niebla no penetraba con la misma fuerza, y cada vez que el olor metálico se intensificaba, cambiaba de dirección sin dudar. La ciudad, antes ordenada y familiar, se había convertido en un laberinto hostil. A su espalda, el resplandor enfermizo iluminaba el cielo como una segunda aurora equivocada.
 
Tras una carrera larga y extenuante, alcanzó una zona de las afueras donde el aire comenzó a limpiarse. El ardor en los ojos disminuyó, y el zumbido desapareció por completo. Se detuvo en un terreno abierto, cubierto de polvo, pero libre de brillo iridiscente. Miró hacia atrás y distinguió el límite como una frontera invisible, y, más allá, vio como la niebla seguía extendiéndose alrededor del impacto, lenta y sigilosamente...
 
Se sentó sobre una piedra fría y comenzó a lamer el polvo de su pelaje con paciencia meticulosa. El cielo, ahora parcialmente despejado, dejaba ver algunas estrellas temblorosas. La ciudad que había sido su territorio doméstico ardía a lo lejos bajo un resplandor extraño y contenido. Finalmente, el gato respiró hondo y comprobó que el aire allí no dolía.
 
Durante un largo rato no ocurrió nada, solo el crujido distante de estructuras colapsando y el murmullo irregular del fuego entre los restos de la ciudad. El gato terminó de limpiarse una pata, levantó la cabeza y miró el horizonte. Entonces lo vio.
 
La gigantesca sombra que había ocultado las estrellas comenzó a desplazarse lentamente, como una isla flotando sobre la noche. No descendía, no regresaba, no parecía interesada en lo que había dejado atrás, sino que simplemente continuaba su avance silencioso, atravesando el cielo con una calma imposible. A su paso, nuevas líneas de luz caían en la distancia, muy lejos de allí, en lugares que el gato nunca había olido ni recorrido. Breves destellos blancos, seguidos por retrasos largos antes de que llegara el eco sordo del impacto.
 
La nave —si aquello era una nave— no se detenía. Había arrasado una ciudad y seguía adelante.
 
El gato observó cómo la sombra gigantesca se alejaba, tragándose otras estrellas en su camino. No podía saber de dónde había venido ni por qué había elegido ese lugar del mundo para abrir su primera herida. Tampoco podía adivinar hacia dónde se dirigía ahora, ni cuántas ciudades más quedaban bajo esa ruta silenciosa en el cielo… quizá ninguna… quizá todas…
 
El viento nocturno cruzó el terreno abierto y agitó suavemente su pelaje. El gato entrecerró los ojos, atento a cualquier nueva vibración, pero el aire permanecía tranquilo allí donde se encontraba.
Muy lejos, otro destello iluminó el horizonte. El gato lo miró durante un momento más para luego bajar la cabeza y seguir limpiándose el polvo del lomo, con la calma obstinada de quien ha sobrevivido a algo que no entiende.
 
En el año 2099, ese gato entendió el peligro antes que nadie, y aquella estructura continuó su mortal viaje sobre un mundo que aún miraba sin escuchar…
2:45
* Aunque la historia es la misma, el corto ofrece una narración condensada respecto la versión escrita.
Un proyecto de
VIANDA VISUAL

 Edición & Postproducción
Vianda Visual

Shots
Imagineart

Voces
Elevenlabs

Música
Suno

Idea original
Josep Maria Solé


 
©Todos los derechos reservados.
©Disturbing Stories, Disturbing Tapes.
2026
Este pequeño corto está hecho como homenaje al gato del autor (2011-2022).

Para ello, se reconstruyó un modelo en IA a partir de imágenes y vídeos.
Puede que Gatete ya no esté aquí para verlo, pero el personaje seguirá habitando en el mundo de Disturbing Stories...
© 2026 Josep Maria Solé. Todos los derechos reservados.
Disturbing Stories, número 211, "Michi".
Registrado en SafeCreative con el ID: 2605095594489
​Fecha de registro: Mayo 2026
Este relato no puede ser reproducido, distribuido ni modificado sin el permiso expreso del autor
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A partir de 13 años 
FAQ

Published Stories:

081026


© ALL RIGHTS RESERVED

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