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En Tarragona hay historias que no se cuentan como cuentos, sino como advertencias. No aparecen en los folletos ni en las visitas guiadas, pero sobreviven entre estudiantes, vigilantes y vecinos del casco antiguo con la persistencia de algo que nadie termina de olvidar.
 
La del Pretorio es una de esas historias. Dicen que bajo la torre existe un tramo de galerías que no figura en ningún plano, un lugar donde la piedra deja de parecer romana y el aire pesa tanto que respirar exige un esfuerzo consciente. También dicen que allí abajo no te persigue ningún monstruo por los pasillos… lo que hay es algo peor: una presencia inmóvil que espera, formula preguntas y nunca se equivoca…
 
La ciudad, mientras tanto, sigue con su vida por encima de ese rumor. Los turistas recorren las murallas, los profesores repiten fechas sobre Tarraco, los adolescentes cruzan plazas levantadas sobre siglos de historia, y casi nadie piensa en lo que puede existir mucho más abajo. Pero a veces, alguien decide bajar demasiado… alguien confunde la curiosidad con el derecho de entrar. Entonces la historia deja de ser una leyenda y se convierte en una desaparición.
 
Cuando Pol comprendió que estaba atrapado, ya llevaba un rato jugando.
 
Había entrado en el Pretorio de noche con una cámara en la mano y la seguridad ingenua de quien cree que cualquier peligro puede explicarse luego en un vídeo. Forzó una puerta secundaria, bajó por una escalera húmeda y siguió un zumbido grave que parecía surgir del propio corazón de la piedra. Sin dejar de grabar en ningún momento, la imagen mostraba luego como había llegado hasta una sala donde el suelo se transformaba en un tablero perfecto de baldosas cuadradas. Al fondo, en un nicho oscuro, lo esperaba el esqueleto de un soldado romano sentado en silencio… o eso creía, hasta que el soldado se levantó lentamente y la cámara empieza a moverse por el susto que se había llevado el muchacho.
La imagen hace un pequeño glitch, y por corte se ve una nueva escena. Ahora estaba en mitad del recorrido, con la respiración entrecortada y la cámara temblándole en la mano. Las casillas cuadradas que tenía delante se encendían con una luz azul tenue, mientras detrás de él la baldosa inicial parecía más lejana de lo que realmente estaba. El Guardián, erguido junto al nicho, lo observaba con las cuencas encendidas. Bajo el casco corroído no quedaba rostro, solo hueso y una inteligencia exacta, fría, ajena a cualquier compasión.
 
La voz no salía de su boca, sino que resonaba directamente en la cabeza de Pol…
—¿Qué emperador residió en Tarraco entre los años 26 y 25 antes de Cristo durante las guerras cántabras?
 
—Augusto. —respondió Pol, casi de inmediato.
 
La siguiente baldosa se iluminó, y le permitió avanzar un paso.
 
Hasta entonces había respondido bien varias preguntas. El Mediterráneo, el circo, el foro provincial… Durante unos minutos incluso había llegado a pensar que aquello era una especie de prueba absurda, un mecanismo ceremonial apoyado en preguntas de historia local básicas… pero el tablero tenía otra lógica. Cada respuesta correcta permitía avanzar una casilla, y cada error obligaba a retroceder. Y no era solo un movimiento físico: cada vez que fallaba, una parte dentro de él se desvanecía...
 
—¿Qué provincia romana tenía en Tarraco uno de sus principales centros administrativos? —preguntó el Guardián.
 
— Emm… — tras unos breves segundos — … la Hispania Tarraconense.
 
— Correcto.
Pol avanzó otra vez, aunque ya no sintió alivio al hacerlo. A su alrededor, el aire vibraba con un pulso grave, como si bajo las baldosas latiera una maquinaria enterrada. Las juntas del suelo dejaban escapar destellos brevísimos, y por primera vez comprendió que el tablero no era un simple suelo ritual, sino la superficie visible de un sistema mucho mayor.
 
La siguiente pregunta tardó apenas un segundo.
 
—¿Cuál era el nombre oficial de la colonia romana de Tarraco?
 
Pol abrió la boca, pero no dijo nada. Sabía que no era solo Tarraco, que había más palabras, una fórmula completa que alguna vez había leído en una excursión o escuchado en clase… pero el miedo había empezado a llenarle la cabeza de niebla.
 
—Yo… no me acuerdo.
 
La luz bajo sus pies se apagó de golpe.
 
El tablero lo empujó una casilla hacia atrás y un frío brutal le atravesó la nuca. Durante un segundo dejó de recordar por qué había bajado allí. No fue simple miedo, fue una pérdida real, pequeña pero clara, como si el mecanismo le hubiera arrancado un fragmento de memoria para cobrar el error.
 
—Error —dijo la voz en su cabeza.
 
—¡Espera, otra! —protestó Pol—. Puedo hacerlo otra vez.
 
No hubo respuesta, solo una nueva pregunta.
 
—¿Qué gran calzada romana atravesaba Tarraco y estructuraba las comunicaciones de Hispania?
 
—¡La Vía Augusta!
 
Acertó. La baldosa delantera volvió a encenderse y pudo avanzar, pero ya era distinto. El juego no consistía únicamente en saber, consistía en resistir el miedo sin dejar que el miedo lo vaciara. Y el tablero parecía diseñado justamente para quebrar esa resistencia, repitiendo en algún momento alguna pregunta anterior para probar el temple...
 
Luego llegó otra pregunta, más precisa, y Pol respondió mal. Retrocedió de nuevo y esta vez el golpe interior fue peor. Tuvo que apoyarse en una rodilla para no caer, y durante un instante la cara de su madre se le apareció borrosa, como un recuerdo desenfocado. Entonces entendió, con un terror absoluto, que el tablero no le estaba quitando fuerza, sino que le estaba quitando partes de sí mismo.
 
—No vale… —susurró.
 
—¿Cómo se llamaba la ciudad romana que hoy llamáis Tarragona? —preguntó el Guardián.
 
—¡Tarraco!
 
Correcto, menos mal que era otra de las fáciles. Avanzó otra vez, pero lo hizo medio aturdido, como si el pulso del lugar se hubiera instalado ya en su pecho. Las luces azules de las juntas parecían seguir el ritmo de su respiración.
 
Entonces llegó la misma pregunta de antes.
 
—¿Cuál era el nombre oficial de la colonia romana de Tarraco?
 
Pol supo que no iba a salir de allí.
Intentó recordar. Buscó en su memoria cualquier clase, cualquier cartel, cualquier frase oída de pasada… pero no encontró nada. La niebla del miedo y los retrocesos lo habían vaciado demasiado.
 
La baldosa bajo sus pies se apagó… y retrocedió.
 
Y cuando tocó la casilla inicial, el tablero entero vibró con una nota grave que no se oyó con los oídos, sino con los huesos.
 
Pol miró sus manos y descubrió horrorizado que su piel empezaba a transparentarse.
 
—No… no…
 
Una niebla azul comenzó a desprenderse de su cuerpo y a deslizarse hacia las ranuras del suelo. Quiso gritar, pero la voz no llegó a salir. En apenas unos segundos, su figura se deshizo por completo y la energía que había sido su cuerpo descendió entre las baldosas, como agua absorbida por piedra seca.
 
El Guardián observó en silencio, y luego regresó a su nicho para esperar de nuevo.
 
Dos semanas más tarde, el misterio llamaba de nuevo a Marc, que ya no podía fingir que lo ocurrido meses atrás bajo el Pont del Diable había terminado aquella noche.
 
Desde el día en que activó el primer pilar bajo el acueducto, Tarragona se había convertido para él en otra cosa: a veces veía símbolos azules suspendidos un segundo sobre piedras antiguas, otras veces percibía vibraciones bajo los muros romanos donde nadie más notaba nada… En definitiva, sentía la ciudad como si fuera una superficie asentada sobre otra estructura mucho más vieja, más profunda y más extraña.
 
Durante los últimos días aquella sensación se había concentrado en un único punto: el Pretorio, como si, de alguna manera, el triste incidente de Pol lo estuviera llamando hasta ahí…
 
En clase apenas escuchaba. Mientras el profesor hablaba del foro provincial y del poder romano en Tarraco, Marc sentía un latido grave detrás de los dientes, como si el subsuelo lo llamara por su nombre.
 
—Marc, —murmuró Laia desde la mesa de al lado— llevas toda la hora sin enterarte de nada.
 
Eric se inclinó un poco hacia él.
—¿Otra vez lo del acueducto?
 
Marc dudó antes de responder. No quería arrastrarlos a aquello, pero tampoco podía seguir fingiendo que no ocurría nada.
 
—Creo que hay otra parte del sistema bajo la ciudad.
 
Eric soltó una risa nerviosa.
 
—Hablas como si Tarragona fuese una máquina.
 
Marc levantó la vista hacia la ventana.
 
—Quizá lo es…
 
Aquella tarde salió del instituto y se dirigió al Pretorio sin mirar atrás... aunque seguido por Laia y Eric de cerca.
Los tres llegaron a una zona lateral poco transitada. Allí, Marc apoyó la mano sobre una junta de piedra aparentemente normal. Sintió una vibración breve, como una respuesta, y el bloque se desplazó dejando al descubierto una abertura estrecha.
—Vale —susurró Eric—… esto ya no tiene explicación normal.
 
—Todavía podéis iros... —dijo Marc, revelando que sabía que sus amigos lo estaban siguiendo.
 
Pero ninguno de los dos se movió, así que bajaron los tres por la escalera en silencio. El aire se hizo más denso a cada peldaño y la piedra del Pretorio empezó a mezclarse con superficies oscuras, demasiado lisas para pertenecer a una ruina romana. El zumbido grave se intensificó conforme descendían. Era el mismo tipo de pulso que Marc había sentido bajo el acueducto, solo que aquí parecía más antiguo, más vigilante…
 
Cuando la galería se abrió en la sala del tablero, Laia se detuvo en seco.
 
—¿Qué es esto? – espetó sorprendida.
 
El tablero ocupaba el centro del espacio como un mecanismo ritual. Al fondo, en su nicho, esperaba el mismo soldado romano, todavía inmóvil. Entonces Marc vio enseguida algo que los otros no podían comprender del todo: líneas de energía azul recorrían los huesos del esqueleto como una red de soporte, un entramado invisible que lo mantenía en pie. No era una maldición, era un sistema. Entonces, en ese momento, como si supiera que lo estaba mirando, el Guardián se levantó, y su voz les atravesó la cabeza.
 
—Intrusos detectados. Acceso al segundo nodo condicionado por evaluación.
 
Eric dio un paso atrás.
 
—No me gusta nada eso que dice de evaluación… - con la voz temblorosa.
 
Las primeras baldosas se iluminaron. En ese instante Marc comprendió de verdad cómo funcionaba el juego, ya que, como si fuera una proyección de las instrucciones, apareció claramente el sistema en su cabeza: no era un acertijo arbitrario, sino un filtro. Cada respuesta correcta permitía avanzar una casilla hacia la zona de paso. Cada error obligaba a retroceder y drenaba algo del que fallaba. Regresar al origen significaba ser descartado y convertido en energía para alimentar aquello que el Guardián custodiaba.
 
Entonces, la presión invisible de la sala los colocó sobre la baldosa inicial.
 
—Comienza la evaluación —dictó el Guardián sin esperar más tiempo, y dijo la primera pregunta, que era sencilla. — ¿Cuál era el nombre romano de Tarragona?
 
—Tarraco. —respondió Marc rápidamente.
 
La casilla delantera se encendió y avanzaron. Por la cara de Laia y Eric, Marc entendió que parecía que comprendían que se trataba de una especie de juego, y que debían acertar las preguntas. Luego, el Guardián siguió con la segunda pregunta:
 
—¿Qué emperador residió en Tarraco entre los años 26 y 25 antes de Cristo?
 
—…Augusto —dijo Laia.
 
Correcto.
 
—¿Qué gran calzada atravesaba Tarraco?
 
—La Vía Augusta —respondió Marc.
 
Correcto.
—¿Qué edificio servía para las carreras de cuadrigas?
 
—El circo romano —dijo Eric.
 
Correcto.
 
—¿Cómo se llamaba el gran complejo administrativo situado sobre el circo?
 
—Emm… creo que era el foro provincial —contestó Laia.
Correcto.
 
—¿Qué provincia tenía en Tarraco uno de sus grandes centros de poder?
 
—La Hispania Tarraconense. —dijo Marc, demostrando de nuevo que siempre le había interesado la historia de su ciudad.
 
Correcto.
Habían avanzado rápido, mucho más de lo que el pobre Pol había logrado. Se notaba que los tres habían estado atentos en clase de historia. Al fondo, el muro parecía insinuar ya una línea vertical, como si tras él aguardara una puerta, pero el Guardián no había terminado.
 
—¿Cuál era el nombre oficial de la colonia romana de Tarraco?
 
Marc lo sabía a medias, pero la fórmula completa se le escapaba. Antes de que pudiera reconstruirla, Eric habló por impulso.
 
—¿Colonia Tarraco?
 
La luz bajo sus pies se apagó.
 
El retroceso fue brutal. Eric se dobló llevándose una mano a la sien.
 
—Me ha hecho algo —jadeó—. No… no puedo pensar bien.
 
—No respondas si no estás seguro —dijo Marc, conteniendo el pánico.
 
Pero el Guardián siguió preguntando, sin pausa. Volvieron a acertar algunas, retrocedieron en otras, pero poco a poco el miedo empezó a convertir en niebla incluso los datos más básicos. Allí abajo pensar no era un acto natural, sino una lucha contra el propio tablero… y Eric comenzó a bloquearse.
 
—No me acuerdo —susurró después de otro error—. Lo sabía hace un segundo y ya no.
 
Marc, que estaba casi en la casilla final, le dice con tono calmado:
 
—Escucha solo la pregunta.
 
Pero el juego estaba hecho para romper precisamente eso: la memoria, la calma y la confianza. Así era como habían acabado en casillas diferentes tras tantos errores en sus respuestas, particularmente en las de Eric. Entonces, la voz repitió la peor de todas:
 
—¿Cuál era el nombre oficial de la colonia romana de Tarraco?
Eric abrió la boca, pero no salió nada. En ese momento, la casilla lo empujó hacia atrás, hasta que pisó la baldosa inicial, porque también se penalizaba la “no-respuesta”.
 
—Eric, no… —dijo Laia, con la voz rota.
 
Pero ya era inútil porque la piel de sus manos empezó a transparentarse. Eric miró a Marc con una expresión de terror infantil, demasiado humana para aquel lugar.
 
—Marc…
 
Una niebla azul brotó de su cuerpo y comenzó a hundirse entre las juntas del tablero. Marc quería agarrarlo, pero sus manos atravesarían algo que ya no era materia palpable, y en pocos segundos Eric desapareció por completo.

​Laia dejó escapar un sollozo en esa sala donde todo había quedado en silencio sepulcral. Marc sintió que la rabia le subía por el cuerpo como un golpe helado. Quiso abalanzarse sobre el Guardián, romperlo, destruir aquel mecanismo monstruoso… pero sabía que no serviría de nada, porque el Guardián no era un verdugo caprichoso, era una pieza de una estructura mucho mayor.
 
Entonces, sus ojos empezaron a escanearle y la voz volvió a dirigirse a él:
 
—Te queda una casilla para completar el recorrido, pero como eres el Portador del Primer Nodo, te pido que te identifiques ahora. Recita la secuencia.
 
Marc sintió otra vez la sala del acueducto de hace meses, la piedra negra, la figura azul, la visión de los tres pilares, y respondió con una certeza que no había aprendido en ninguna parte:
 
—Primer pilar activado. Canal abierto.
 
Las luces del Guardián vibraron.
 
—Justifica el acceso al segundo nodo.
 
Marc respiró hondo.
 
—No fuisteis creados para impedir el regreso, sino para retrasarlo hasta la reactivación. El primer nodo ya respondió porque yo soy la señal. Debo activar el segundo.
El silencio duró varios instantes. Luego, el muro del fondo emitió un chasquido, y entonces la línea vertical de la pared se abrió mientras Laia alternaba su mirada estupefacta entre esa pared y lo que acababa de decir su amigo.
 
Al otro lado se extendía un corredor descendente donde la piedra romana se mezclaba con superficies negras, lisas, ajenas a cualquier época conocida.
 
—Pasad… —ordenó el Guardián.
 
Marc miró a Laia, que estaba pálida, con lágrimas aún en los ojos, pero asintió. Necesitaban entender qué había matado a Eric… necesitaban llegar hasta el final de aquella historia…
 
Avanzaron por el corredor, que descendía bajo el Pretorio, el casco antiguo y la historia visible de Tarragona. A cada paso resultaba más evidente que los romanos no habían construido aquello, sino que lo habían encontrado y habían levantado sus edificios sobre una estructura previa, sellándola y adaptándose a ella sin comprenderla del todo.
 
Al final del pasillo se abrió una cámara inmensa y Marc y Laia se detuvieron al mismo tiempo: se encontraban justo debajo de la Catedral de Tarragona.

Bajo la piedra medieval y los restos romanos, se extendía una estructura gigantesca de metal oscuro y curvas imposibles. No era una simple sala subterránea ni una cripta olvidada, sino que parecía el interior de una máquina colosal enterrada durante siglos, una arquitectura imposible que dormitaba bajo la ciudad...
 
En el centro se alzaba el segundo pilar.
 
Llevaba el mismo símbolo que Marc había visto bajo el acueducto: el círculo incompleto atravesado por tres líneas curvas. Una de sus ranuras empezó a iluminarse en cuanto él se acercó.
 
—Entonces era todo real… —susurró Laia.
 
—Sí —dijo Marc— y lleva mucho tiempo esperando…
 
Apoyó la mano sobre una superficie semicircular del pilar, y la respuesta fue inmediata. Una fugaz corriente azul recorrió la estructura y se propagó por la cámara en silencio. Durante un instante, las paredes revelaron conductos, líneas y formas que se perdían en la oscuridad, como el esqueleto de algo gigantesco. Marc sintió que el sistema lo reconocía otra vez.
 
Segundo nodo activado. La frase no sonó como una voz humana, sonó como una orden antigua despertando, y resonó por toda la estructura. Entonces, una columna de luz azul ascendió desde el pilar y desapareció hacia arriba, atravesando la bóveda del techo.
 
Laia dio un paso atrás.
 
—¿Y ahora?
 
Marc no respondió enseguida. Miró alrededor, a la inmensa estructura enterrada bajo la Catedral de Tarragona, mitad ruina y mitad máquina, y comprendió la realidad de lo que estaba pasando: el Pretorio no guardaba una maldición, sino una puerta; el Guardián no custodiaba un tesoro, sino un acceso; y bajo la ciudad dormía algo mucho más antiguo que Tarraco, algo que estaba empezando a despertar porque él lo estaba activando… o, mejor dicho: algo que había poseído su cuerpo lo estaba activando…
 
Eric había muerto allí abajo, y Pol también. Quizá otros antes que ellos… pero al fin sabían dónde terminaba la leyenda.
 
Marc volvió la vista hacia el pilar encendido y sintió, más allá del miedo y de la pena, una certeza oscura y precisa: aquello no había concluido, pero sí había revelado su verdadero rostro. Toda leyenda oscura puede convertirse en una luz nueva si alguien se atreve a comprenderla…
 
Arriba, Tarragona seguiría respirando con normalidad, iluminada por farolas y llena de voces. En cambio, bajo la Catedral, una estructura imposible acababa de latir por segunda vez en siglos…
 
Marc ya no podía fingir que la ciudad que conocía era solo una ciudad, así que él y Laia debían continuar para poder descubrir la verdad final tras esa pesadilla…

Reúne las piezas de este puzzle y descubre esta inquietante trilogía...
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¿Te atreves a desafiar al Guardián?
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Ponte en la piel de Marc, Laia o Eric y adéntrate en las profundidades del Pretorio para demostrar tus conocimientos sobre la Tarraco Romana.

Apto para 1-3 jugadores, y disponible en Castellano + English + Català

¡Supera al Guardián y escapa!
​
© 2026 Josep Maria Solé. Todos los derechos reservados.
Disturbing Stories, número 209, "El Guardián del Pretorio".
Registrado en SafeCreative con el ID:
2605095594427
​Fecha de registro: mayo 2026.
Este relato no puede ser reproducido, distribuido ni modificado sin el permiso expreso del autor.
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A partir de 13 años 
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