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La nave descendía lentamente sobre el planeta muerto, como un insecto diminuto en un océano de polvo. Desde la órbita habían visto poco más que un desierto interminable: montañas filosas como cuchillas, llanuras resquebrajadas y un cielo pálido, casi blanco, que no parecía pertenecer a ningún mundo habitable. Sin embargo, en mitad de aquel vacío, los sensores habían captado un pulso, un eco que se repetía una y otra vez en la misma frecuencia, como si alguien hubiera dejado un mensaje atrapado en el tiempo. Era débil, irregular, y a pesar de que no encajaba con ningún protocolo moderno, tenía todas las marcas de una señal técnica… y eso bastaba para justificar la expedición.
El aterrizaje de la lanzadera levantó una nube de polvo gris que tardó en disiparse. El aire era tan fino que apenas se movía con el viento, y el suelo, endurecido como piedra, resonaba hueco bajo las botas. Caminaron siguiendo la dirección del eco hasta llegar a un valle estrecho, donde la roca estaba partida en ángulos imposibles, como si un golpe descomunal la hubiera fracturado hacía siglos. Allí encontraron la fuente de la anomalía: una estructura colosal, oxidada y encajada en la ladera, con restos de torres retorcidas, placas arrancadas y pasarelas rotas que colgaban sobre el vacío. Aún podía leerse, en letras casi borradas, lo que alguna vez fue su nombre: …STACIÓN PERI…ASTRO.
 
Mar se detuvo frente a aquellas ruinas silenciosas.
 
—¿Qué demonios hace esto aquí? —susurró.
 
Dávila se adelantó unos pasos. Sentía un peso extraño en el estómago, como si esa visión despertara en él un recuerdo difuso que todavía no lograba poner en palabras.
 
—Es ella —dijo con voz apagada—. La Estación Periastro…
 
Ux levantó la vista hacia las torres quebradas.
 
—No tenía idea de que algo de esto hubiera sobrevivido.
 
Ninguno le preguntó a Dávila por qué estaba tan seguro. El silencio del valle era absoluto, y hasta su respiración parecía chocar contra las paredes de roca.
 
Avanzaron entre vigas retorcidas y fragmentos ennegrecidos de metal hasta hallar una compuerta abierta en lo que quedaba de un muro. El interior era un laberinto de pasillos oscuros, oxidados, cubiertos de restos de cables y placas descolgadas. El eco de sus pasos se mezclaba con el crujido metálico de la estructura, como si en cualquier momento pudiera derrumbarse sobre ellos.
Caminaron durante minutos sin encontrar nada más que despojos de una catástrofe olvidada. Y entonces, sin transición, el corredor dañado desembocó en algo imposible.
 
Allí, en el corazón de la ruina, había un vestíbulo limpio y luminoso, intacto, como si no hubiera pasado un solo día desde su construcción. El contraste era tan brutal que los tres se detuvieron en seco. El suelo estaba cubierto por alfombras rojas, impecables y mullidas. Las lámparas brillaban en lo alto con luz cálida. El aire olía a jazmín, fresco y nítido, y en algún rincón sonaba una melodía ligera de salón, tan real que parecía provenir de una orquesta invisible. No había polvo, ni marcas de abandono, ni señales de haber estado cerrado durante un siglo y medio. Era como si alguien los hubiera estado esperando.
 
—Esto no… —Mar tragó saliva—. Esto no puede estar aquí.
 
Caminaron despacio hacia el mostrador. Sobre él descansaba un terminal antiguo, apagado. Cuando se acercaron, la pantalla cobró vida con un destello, y las letras comenzaron a aparecer lentamente, como si una mano invisible las estuviera escribiendo en ese mismo instante:
 
Bienvenidos, Mar, Dávila, Ux.
 
El aire se volvió más denso, como si la sala hubiera contenido la respiración. Nadie dijo nada. El terminal se apagó y volvió la calma, como si no hubiera ocurrido.
 
Tras mirarse tensamente, decidieron seguir explorando el hotel con cautela. Tras una puerta se abría un salón de banquete dispuesto con detalle: una mesa larga con copas llenas, platos de porcelana, velas encendidas. Durante un instante, Dávila vio a decenas de comensales en traje de gala, todos congelados en medio de un brindis, con sonrisas inmóviles en los labios. Pero al parpadear, la sala estaba vacía. En otra habitación, una ventana mostraba un cielo extraño, cubierto de auroras verdes y violetas sobre un mar oscuro. Bastó mirar de nuevo para que el paisaje se deshiciera y volviera a aparecer el valle gris del exterior.
 
Un espejo devolvió su reflejo con varios segundos de retraso. Mar levantó la mano y su imagen la alzó después, como si viniera desde un tiempo que avanzaba más despacio. La sensación era insoportable: no estaban viendo ilusiones, sino fragmentos rotos de la realidad.
 
En la galería principal hallaron hologramas inmóviles: científicos celebrando, máquinas extrañas, un planeta azul con marcas de energía en la superficie. Una voz mecánica repetía: “Proyecto Gravedad K9, fase inicial…”
Dávila se quedó pálido. Comprendió por fin lo que tanto lo inquietaba. Aquello era lo que le habían contado de niño, en la escuela. Recordó las luces apagadas del aula, las imágenes proyectadas en la pared, la voz de su profesora narrando la tragedia ocurrida en 2650. La Estación Periastro orbitaba sobre Keres-9. Querían crear un pozo gravitatorio controlado para obtener energía y abrir rutas seguras más allá de la luz. Durante semanas, los datos parecían estables… pero un error ínfimo en la sincronización de los relojes hizo que el experimento se descontrolara. El planeta entero colapsó mientras se convertía en un agujero negro. La estación intentó huir, arrastrando consigo al Hotel Estelar, un complejo turístico de lujo construido para los visitantes. La mitad del hotel se hundió en la singularidad, la otra fue arrastrada con la nave. Después, nada… silencio…
 
Se creía que todo había desaparecido.
 
—Es esto —dijo con voz rota—. Lo que estamos viendo es lo que quedó de aquella catástrofe. El hotel está partido en dos: una mitad atrapada para siempre en el agujero negro, y otra incrustada aquí, en los restos de la estación.
 
Mar recorrió la sala con la mirada, y la piel erizada.
 
—Entonces lo que recorremos no es un edificio… es un pasillo… un corredor que conecta con el agujero…
 
El ascensor los esperaba con las puertas abiertas, silencioso, como si supiera que debían entrar. El panel tenía un único botón marcado con dos palabras que helaron la sangre de los tres: Horizonte de Sucesos. Se miraron de nuevo, y tras asentir con la cabeza, lo pulsaron.
 
El ascensor descendió con un zumbido bajo y se detuvo en un nivel distinto. El aire era más pesado, vibraba con un tono grave que se sentía en los huesos. El hotel comenzaba a deshacerse. Las paredes se curvaban como si fueran de goma, los relojes giraban en direcciones opuestas, las lámparas aparecían varias veces en el mismo techo. Una puerta daba a dos habitaciones idénticas, pero con diferencias mínimas, como si fueran dos momentos distintos superpuestos. Todo era un mosaico de fragmentos de tiempo que no encajaban.
 
El último tramo era un túnel recto, sin ventanas, con paredes blancas que parecían palpitar como si respiraran. Al fondo se abría un resplandor oscuro, una ausencia que no se podía mirar sin sentir que el cuerpo se inclinaba hacia ella. No hacía falta decirlo: habían llegado al borde del agujero negro, atraídos como mosquitos a la luz...
 
Cuando dieron los últimos pasos, la realidad se rompió. El pasillo se multiplicó en pasillos, el suelo se convirtió en roca, luego en alfombra, luego en agua inmóvil. Vieron una y otra vez el colapso de Keres-9, la estación saltando y partiéndose en el vacío, los turistas congelados en un brindis eterno. Sus propios cuerpos se desdoblaron en copias que se movían adelantadas o retrasadas... y el tiempo dejó de tener sentido…
 
Mar gritó, pero su voz resonó antes de que abriera la boca. Dávila extendió la mano y la vio desplazarse a trompicones, como una serie de fotografías mal alineadas. Ux, en silencio, sintió cómo un mecanismo secreto despertaba en su interior. Sus sensores ocultos comenzaron a registrar con precisión cada instante de aquel caos. Un transmisor interno comprimió los datos y los lanzó hacia afuera, atravesando la distorsión. Era su verdadera misión, un encargo que nadie más conocía.
Durante unos segundos, terabytes de información escaparon de lo imposible y llegaron hasta un repetidor en órbita, a miles de kilómetros del planeta. Desde allí, con retardo y fragmentación, la señal fue reenviada a su destino. El grupo que había enviado a Ux consiguió recibir esa señal... y nadie más lo supo. El túnel se cerró sobre ellos y el hotel se plegó sobre su propia anomalía.
 
En la superficie, los restos oxidados de la Estación Periastro permanecieron silenciosos bajo el cielo pálido. Y, en su interior, el hotel seguía esperando, con alfombras limpias, luces encendidas y un pasillo que siempre terminaba en el borde de lo imposible.
 
La señal, sin embargo, ya había salido del planeta. Y alguien, en algún lugar de ese mismo año 2803, acababa de escucharla…
Este PRÓLOGO se estuvo publicando en el Newsletter semanal en las redes sociales de Disturbing Stories.
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© 2026 Josep Maria Solé. Todos los derechos reservados.
Disturbing Stories, número 195, "Hotel Estelar".
Registrado en SafeCreative con el ID:
2601264369438
​Fecha de registro: enero 2026
Este relato no puede ser reproducido, distribuido ni modificado sin el permiso expreso del autor.
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A partir de 13 años 
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Published Stories:

080226


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