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Charles McSuzan había recorrido un largo camino desde que comenzó como policía en Londres, allá por 1998. En ese entonces, tenía treinta y tres años, el rostro aún joven pero endurecido por las noches en vela, y los ojos cansados por mirar demasiadas escenas que nadie debería presenciar.
 
No tardó en destacar, y tras un caso particularmente espinoso, ascendió a detective privado. Pero ese éxito fue efímero: dos años después, en el 2000, un antiguo compañero lo traicionó en un caso que casi le cuesta la vida y la cordura. Aquella traición lo dejó marcado.
​
Con el tiempo, se alejó de los casos de campo y aceptó un puesto más discreto: jefe del departamento de documentos de la policía de Londres. Allí encontró cierta paz, aunque no por mucho tiempo.
 
En 2005, otro caso complicado volvió a sacudir su mundo, y fue entonces cuando decidió dejarlo todo atrás. Junto a su reciente esposa, Evelin, se mudó a Boston, buscando un nuevo comienzo.
 
En Boston, Charles se especializó como documentalista, adentrándose aún más en los archivos, los patrones, la reconstrucción de hechos. Donde otros veían polvo y burocracia, él encontraba secretos esperando a ser descubiertos.
 
En 2015, él y Evelin se mudaron a Minneapolis con su hija, Julia, que por aquel entonces tenía diez años. Fue una etapa tranquila, quizás la más estable de su vida… pero la estabilidad nunca fue algo que Charles pudiera retener por mucho tiempo.
 
En 2022, la ciudad fue arrasada por una serie de incidentes tan violentos como inexplicables. Miles de muertos, desapariciones, anomalías biológicas… el caos no duró mucho, pero fue devastador. Charles lo perdió todo… todo, excepto a su hija.
​
Desde entonces, vivió en un estado de insomnio silencioso. No buscaba justicia, ni venganza… solo comprensión... y cada hilo que tiraba en sus investigaciones personales lo llevaba a una misma palabra: Aura.

Aura First Innovations era una de esas mega-corporaciones que parecían estar en todas partes. Tecnología, biotecnología, defensa, inteligencia artificial… Oficialmente no tenían ninguna responsabilidad de los eventos de 2020-22… pero Charles descubrió algo inquietante: tras el desastre, Aura había comenzado a recoger restos, a analizar muestras, a experimentar con lo poco que había quedado de los incidentes...
 
…y entonces encontró algo más. Una alerta de seguridad interna reciente, enviada a un pequeño grupo de agentes corporativos: “Espécimen muy peligroso en libertad. Ejecutar orden de búsqueda y captura: vivo o muerto”. En ella, se hablaba de un ente biológico que se había escapado de unos laboratorios a las afueras de Minneapolis. El lenguaje era técnico, pero el tono era inequívoco: miedo.

McSuzan, gracias a un sistema de hackeo de drones y cámaras forestales, rastreó sus movimientos. Los agentes iban armados, pero estaban nerviosos y bastante asustados… Él los siguió a distancia, hasta una colina desde la que pudo ver una grieta extraña en el terreno. No era una cueva natural, era más bien… como una herida en el suelo...
 
Desde allí presenció el horror.
 
Una criatura… o algo parecido. No tenía forma humana, ni animal… más bien se asemejaba a un cerebro hipertrofiado, de dimensiones grotescas, con tentáculos nerviosos que reptaban por el suelo, como raíces buscando alguna presa. A su alrededor, varios cuerpos humanos se arrastraban torpemente: sus movimientos eran erráticos, casi marionetescos. Charles lo entendió enseguida: estaban controlados por esa cosa.
 
McSuzan apenas podía respirar. Vio cómo los agentes eran atacados por esos otros humanos —poseídos, controlados, y con ojos vacíos. Era imposible distinguir quién estaba vivo o muerto… y entonces, la criatura emergió por completo: una amalgama de tejidos encefálicos vibrando con vida, tentáculos como raíces, y una presencia que parecía observarlo todo sin tener ojos.

​Los agentes no tuvieron oportunidad, y uno a uno fueron cayendo. El monstruo absorbía sus cuerpos sin piedad, arrastrándolos hacia la gruta con sus extremidades húmedas.
 
Charles sabía que no podía hacer mucho, pero sí algo. Por experiencias pasadas, siempre llevaba consigo un pequeño explosivo cuando salía a una misión. Aprovechó un momento en que la criatura se replegó hacia el interior, y descendió con sigilo. Colocó el artefacto en el bolsillo interior de uno de los agentes muertos, lo aseguró, y se retiró rápidamente.
 
Esperó unos minutos mientras respiraba hondo, y cuando la criatura emergió de nuevo, se aferró con sus tentáculos a ese cuerpo para arrastrarlo al interior, y Charles pulsó el detonador.
 
Una explosión violenta sacudió la zona. Trozos de carne cerebral llovieron entre las llamas, y la entrada de la gruta se derrumbó parcialmente. Todo quedó en silencio durante unos segundos.
 
McSuzan descendió, cauteloso. No había señales de vida, ni siquiera de las otras víctimas. El parásito había muerto… o eso parecía…
 
Antes de marcharse, recogió una muestra de tejido del epicentro de la explosión. Un fragmento quemado, pegajoso, con un olor difícil de describir… algo entre carne pútrida y electricidad…
 
Necesitaba saber qué era aquello… y si podía haber más…
 
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Acudió a su viejo amigo Alan, un científico retirado con acceso a un laboratorio privado. Ambos analizaron la muestra durante un par de días.

- No es solo tejido cerebral —dijo Alan una noche, agotado—. Hay algo más… como si hubiese una estructura interna programada.  

- ¿Un patrón?  

- Exacto. Las conexiones sinápticas no parecen naturales, se organizan de forma geométrica, como si esta cosa hubiera aprendido a crecer siguiendo una arquitectura funcional.  

- ¿Qué clase de arquitectura?  

- Algo muy parecido a cómo diseñamos redes neuronales artificiales… pero en este caso biológicas, y también autosuficientes… esta cosa no era una mutación sin control, era un sistema, una red que construía su propio propósito…  

Charles lo miró, en silencio.

- ¿Y el origen?  

- Lo desconozco. No es de ninguna especie conocida… ni animal, ni humana, pero no hay nada externo aquí. No hay componentes sintéticos ni marcas de manipulación directa… solo una aparente evolución forzada.  

Eso era aún más inquietante. Aura no había creado algo, lo había estimulado de alguna manera…
 
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Entre todos los informes que McSuzan encontró en la base de datos, uno destacaba: el de una doctora llamada Samanta Kramer, que lideraba varios proyectos biotecnológicos de Aura. Aunque no se la vinculaba directamente con la criatura, sí aparecía en los registros que mencionaban experimentos cerebrales avanzados realizados entre 2023 y 2024.
 
Kramer se había hecho conocida por presentar públicamente en 2024 el Proyector Cerebral, un dispositivo revolucionario que permitía recuperar pensamientos humanos y reproducirlos en interfaces digitales. Este año 2025, ya se encuentra en uso en universidades, clínicas, laboratorios y, por supuesto, en departamentos policiales.
 
Charles decidió asistir a una conferencia donde Kramer presentaba sus avances. Se coló entre el público, esperó a la ronda final de preguntas, y la abordó haciéndose pasar por periodista:


- ¿Los patrones de interconexión cerebral que usaron en las pruebas… provenían de restos biológicos? —le preguntó, delante de todo el mundo.
 
Kramer lo observó con una sonrisa congelada. Tardó demasiado en responder.

- ¿Quién es usted?  

- Alguien que ha visto lo que se les escapó en Minneapolis.  

El silencio fue breve, pero muy tenso.

- No tengo idea de lo que habla —respondió ella, sin perder la sonrisa, y se alejó entre asistentes y cámaras.  
 
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McSuzan regresó a casa con el eco de aquella mirada grabado en la mente. Su hija, Julia, lo esperaba con un café en la mano. Ella había estado investigando por su cuenta, ya que, con sus estudios universitarios de periodismo, había aprendido a escarbar en archivos ocultos, bases de datos académicos y redes alternativas.

- Papá, esta mujer... está cubierta por todos lados. Políticamente, académicamente, legalmente... no va a hablar. Pero ya hay otros que también sospechan… si reunimos pruebas...  

Charles la miró en silencio. Aún veía a la niña de diez años, pero ahora hablaba con una fuerza nueva. Esa Julia de veinte años quería respuestas también, y tenía el talento para conseguirlas.

- ¿Y qué hacemos si encontramos algo grande?  

- Lo publicamos, y lo mostramos al mundo. Juntos.  

​Charles asintió. Ya no era solo por él… ni siquiera por Evelin. Era por todos los que aún estaban en peligro… había una amenaza encubierta que tenía que ser destapada de alguna manera…
 
Esa tarde, Charles miraba por la ventana de su pequeño despacho improvisado. El caso del parásito cerebral había terminado, al menos por ahora. No había más cuerpos, ni más señales de actividad. Solo una muestra sellada y muchas preguntas sin respuesta. Pero en lo que más pensaba no era en lo que había descubierto, sino en todo lo que aún no sabía…
 
Charles volvió a colocar la placa sobre la mesa. No tenía oficina, ni rótulo, ni clientes, pero tenía un objetivo. Y, por encima de todo, tenía una pista: Aura. Esa corporación inmensa, impenetrable, seguía ahí, moviendo hilos. Lo que había pasado en aquella gruta no era más que una grieta en su fachada.
 
Ahora sabía dónde mirar.
 
Y volvería a ser detective, como en los viejos tiempos…
El personaje de Charles McSuzan apareció por primera vez en una novela corta que el autor estuvo escribiendo a lo largo de 1999 para presentarlo al concurso literario de Sant Jordi 2000 del instituto donde estudiaba. Ese personaje dio pie a una trilogía de novelas cortas. En un futuro contenido extra se ahondará en la figura de este peculiar detective con tintes de ciencia ficción...
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Si quieres averiguar de donde sale el monstruo, puedes LEER y ESCUCHAR la Story #006 - Neuromadness
© 2025 Josep Maria Solé. Todos los derechos reservados.
Disturbing Stories, número 160, "Brainstorming - un caso de Charles McSuzan".
Registrado en SafeCreative con el ID:
2509163090869
​Fecha de registro: septiembre 2025.
Este relato no puede ser reproducido, distribuido ni modificado sin el permiso expreso del autor.
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A partir de 13 años 
FAQ

Published Stories:

091225


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