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Nico tenía quince años cuando empezó a notar que algo, muy despacio, se había desajustado dentro de él… como si una pieza esencial siguiera en su sitio, pero hubiera dejado de encajar con precisión en el resto del mecanismo. No se trató de una tristeza reconocible ni de una pérdida concreta, sino de una sensación persistente y difícil de nombrar: aquello que antes lo atravesaba con naturalidad ahora parecía rebotar en su interior sin dejar huella, del mismo modo en que el agua resbala sobre un impermeable viejo sin llegar nunca a empaparlo.
 
La música fue lo primero que empezó a cambiar, aunque tardó en comprenderlo. Seguía tocando el trombón en la banda del pueblo, acudía a los ensayos con la regularidad de siempre y cumplía con lo que se esperaba de él, pero cada nota parecía exigirle un esfuerzo distinto, no por dificultad técnica, sino por una resistencia invisible, como si el aire se volviera más denso justo antes de llegar a los pulmones. Tocaba bien, nadie lo discutía, pero el sonido había dejado de devolverle algo reconocible, y esa falta de respuesta lo dejaba con una sensación extraña, como si el instrumento fuera una conversación en la que él hablaba y el mundo contestara con una pared.
En su casa nadie percibió el cambio. Sus padres eran atentos, de los que preguntan y escuchan, pero Nico no ofrecía señales claras de alarma, y los adultos, incluso los bienintencionados, tienden a notar antes lo que estalla que lo que se vacía en silencio. Su hermano pequeño, Iker, aún menos: para él el mundo seguía siendo un lugar flexible y generoso donde cualquier cosa podía convertirse en un juego, y Nico continuaba siendo el hermano mayor que lo levantaba en brazos, que lo hacía reír con sonidos absurdos del trombón y que, al menos en apariencia, seguía siendo exactamente el mismo.
 
Lo que nadie veía era el desgaste lento que llevaba acumulándose desde hacía casi tres años, un acoso sin golpes ni insultos directos, pero sostenido con una precisión casi quirúrgica. Conversaciones que se interrumpían justo al verlo llegar, grupos que se cerraban antes de que pudiera entrar, mensajes que circulaban y que a él no le llegaban nunca o aparecían ya borrados, como si su presencia estuviera siempre fuera de plano. Ninguno de esos gestos era grave por sí solo, pero todos juntos, repetidos durante años, se iban depositando en el pecho con el peso constante de la arena húmeda.
 
Al principio intentó hablarlo, con esa mezcla de duda y vergüenza propia de quien no sabe si lo que vive merece realmente atención. Lo comentó en casa, lo insinuó ante una tutora, dejó caer el tema con el profesor de música, pero como no había pruebas claras ni escenas evidentes, las respuestas fueron las habituales, razonables y dañinas a la vez: que insistiera más, que no se aislara, que no se lo tomara así. Nico comprendió, sin saber explicarlo del todo, que cada vez que verbalizaba lo que le pasaba… el dolor se hacía más sólido… como si al decirlo en voz alta adquiriera una densidad nueva, y un día decidió dejar de contarlo y guardarlo en ese cajón interior donde se esconden las cosas que no parecen tener solución.
 
No lo olvidó. Al contrario, algo se quedó adherido por dentro, un peso constante entre los omóplatos y, sobre todo, un frío persistente en la base del cuello, una sensación que no se iba ni con bufanda y que parecía responder a una lógica propia.
 
Con la llegada del otoño comenzaron las rarezas. Al principio fueron ruidos pequeños, fáciles de atribuir a la casa o al edificio: crujidos, corrientes de aire, leves cambios de presión. Después apareció un zumbido muy tenue, instalado en su oído izquierdo como un insecto atrapado en un recipiente de cristal, constante e indiferente tanto al silencio como al ruido. Más adelante llegaron las sombras, no como apariciones claras, sino como presencias que parecían retirarse justo antes de ser vistas del todo, algo que cruzaba el rabillo del ojo o una silueta demasiado alta que se deshacía al encender la luz.
 
Dormía mal y soñaba siempre lo mismo: un pasillo oscuro, sin ventanas, al fondo del cual aguardaba una figura inmóvil que no avanzaba ni hablaba, como si supiera que no hacía falta. Se despertaba casi siempre poco después de las tres, con el corazón acelerado y la nuca helada, e intentaba convencerse de que todo era ansiedad o cansancio, aunque había días en los que, al volver a casa, veía deslizarse por el pasillo una sombra demasiado grande para pertenecer a nadie.
 
Una noche, después de pasar horas despierto sin hacer nada en concreto, con los apuntes abiertos sobre la mesa y la sensación persistente de que el tiempo se había detenido, Nico se levantó para ir a la cama, más por agotamiento que por sueño. Apagó la luz del escritorio, dejó la habitación en penumbra y, al girarse, distinguió una figura inmóvil en el rincón más alejado, demasiado alta para ser humana, con la cabeza ligeramente ladeada, como si hubiera estado allí esperando desde antes de que él entrara. Encendió la luz de golpe y la figura desapareció, pero el aire quedó frío y cargado, como si la habitación hubiera estado ocupada durante demasiado tiempo por algo que no necesitaba ser visto para estar presente.
A los diecisiete años se marchó del pueblo, y el cambio fue inmediato, aunque no absoluto. Entró en el Conservatorio de Música de Valencia y el simple desplazamiento a una ciudad y nuevas rutinas actuaron como una ventilación largamente esperada: el zumbido se atenuó, el frío retrocedió y las sombras dejaron de aparecer con tanta frecuencia. Vivía con otros estudiantes, hablaba de música todo el día y volvió a sentir, aunque de manera frágil, que el mundo podía ser un lugar habitable.
 
Fue durante un taller optativo de organología avanzada cuando algo se ordenó. El conservatorio acogía aquellos días una demostración itinerante de un instrumento poco común, parte de una gira europea organizada por el entorno de François Baschet, en la que el instrumento se cedía temporalmente a centros especializados. En una sala de conservación climática descansaba una estructura formada por barras de vidrio afinadas, conectadas a varillas y placas metálicas que actuaban como resonadores. El profesor explicó que se trataba de un Cristal Trombón, un membranófono experimental que se tocaba frotando el vidrio con los dedos húmedos, transmitiendo la vibración a la estructura metálica sin intervención electrónica.
Cuando Nico lo probó, la nota no tuvo ataque ni brusquedad, sino que se desplegó como una vibración sostenida y clara que ocupó el aire con una presencia estable. En ese mismo instante sintió una disminución del peso entre los omóplatos y un calor leve allí donde llevaba años sintiendo frío… y automáticamente esbozó una sonrisa. Aquella noche durmió sin sueños por primera vez en mucho tiempo.
 
Mientras el instrumento permaneció cedido al conservatorio, Nico volvió a él siempre que pudo. No interpretaba repertorio; exploraba. Descubrió una secuencia concreta de cinco notas que le producía un alivio inmediato, como si actuara en un nivel más profundo que la simple audición.
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Su trabajo académico derivó hacia la percepción sonora. Empezó a encontrar referencias dispersas que no encajaban en los marcos habituales: notas cautelosas en artículos antiguos, menciones marginales en estudios clínicos, informes descartados por falta de explicación clara. En varios aparecía la expresión Umbra Moeroris, usada como término provisional para describir presencias perceptivas asociadas a estados de pesar prolongado y no expresado. Nico no encontró certezas, pero sí un patrón inquietante que encajaba demasiado bien con su experiencia…
 
Una noche accedió a la cámara anecoica del conservatorio y ejecutó la secuencia de cinco notas en penumbra. Cuando abrió los ojos, distinguió figuras alargadas de sombra adheridas a las paredes y una más grande, con la cabeza ladeada igual que aquella presencia de su adolescencia. Nico siguió tocando y, conforme la vibración se apagaba, las sombras se deshicieron hasta desaparecer. La sala quedó vacía, y él cayó de rodillas, desorientado por la sensación inédita de estar solo dentro de sí mismo.
 
A partir de entonces su trayectoria fue inequívocamente científica. Estudió psicoacústica y percepción, desarrolló modelos y dispositivos capaces de reproducir patrones vibracionales sin intérprete humano, y en 2015 fue fichado por Aura First Innovations para integrarse en su departamento físico de neuroacústica.
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​En 2018, Nico trabajaba en una instalación a las afueras de Zúrich, en un centro de la empresa AEXCorp, filial de Aura First, donde se llevaban a cabo sus pruebas más sensibles en neuroacústica aplicada. El lugar estaba pensado para aislar variables, no para albergar personas: pasillos largos, salas enterradas en hormigón y un silencio funcional que formaba parte del trabajo diario. Su investigación se centraba en cómo la aplicación precisa de sonidos y tonos podía modificar la percepción del cerebro humano, alterando la manera en que el entorno era filtrado, interpretado o directamente ignorado. No buscaban emociones ni respuestas subjetivas, sino patrones estables y reproducibles.
 
Aquella noche, uno de los prototipos entró en un estado no previsto. El sistema, diseñado para generar una cancelación perceptiva progresiva, había alcanzado una estabilidad excesiva: un silencio absoluto, sostenido, sin microvariaciones ni ruido residual. Los monitores seguían mostrando valores dentro de lo aceptable, pero la temperatura empezó a descender de forma lenta y constante, como si el espacio estuviera perdiendo algo más que calor. Nico sintió el frío en la nuca antes de ver nada extraño. En la cámara central, el aire parecía deformarse, adquiriendo una densidad irregular, y de esas deformaciones comenzaron a surgir sombras pequeñas, imprecisas, que no se desplazaban tanto como se acumulaban, desprendiéndose poco a poco de una figura mayor que ocupaba el centro del espacio.
Nico comprendió entonces que no se trataba de una intrusión ni de un fallo externo, sino de una consecuencia directa del diseño. El sistema había reproducido, sin proponérselo, el mismo tipo de quietud perceptiva que acompaña al pesar prolongado cuando se vuelve silencioso y estable. Aquellas presencias no provocaban ese estado, pero lo reconocían y dependían de él. Sin dramatismo, tomó el control manual y desactivó los ajustes automáticos. Recordó el principio aprendido años atrás con el cristal trombón: no era el sonido lo que rompía el fenómeno, sino la variación. Ajustó la modulación para introducir fluctuaciones constantes, pequeñas imperfecciones que impedían que la percepción quedara fijada en un único patrón.
 
El efecto fue gradual pero claro. Las sombras comenzaron a perder cohesión, deshaciéndose como humo al no encontrar un estado estable al que aferrarse, y la figura central terminó fragmentándose hasta desaparecer. La cámara quedó en silencio, pero ya no era un silencio fértil, sino un espacio respirable, técnicamente limpio y, por primera vez en horas, habitable.
 
Meses después, AEXCorp presentó la Mascarilla Aexternum, un dispositivo de cancelación perceptiva diseñado para ofrecer silencio engañando al cerebro. Para la mayoría era una promesa de calma… pero para Nico, era también un recordatorio inquietante de que, cuando el cerebro deja de percibir demasiado bien el mundo, algo más puede empezar a escuchar…
Descubre este curioso membranófono, que existe realmente (pincha en la imagen):
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© 2026 Josep Maria Solé. Todos los derechos reservados.
Disturbing Stories, número 148, "Cristal Trombón".
Registrado en SafeCreative con el ID:
2601264369421
​Fecha de registro: enero 2026
Este relato no puede ser reproducido, distribuido ni modificado sin el permiso expreso del autor.
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A partir de 13 años 
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Published Stories:

080226


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