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El año 2378 quedó inscrito en la historia humana como el instante preciso en que la ambición volvió a imponerse definitivamente al miedo colectivo.
Desde el Nuevo Renacimiento de principios del siglo XXII, la humanidad había avanzado con una determinación casi peligrosa, impulsada por la certeza de que el conocimiento siempre debía empujar los límites de lo posible. Las ciudades ya no eran simples concentraciones urbanas, sino organismos complejos que respiraban tecnología y adaptación constante. Los laboratorios de ingeniería, en particular, habían dejado de ser espacios rígidos para convertirse en entornos dinámicos, capaces de transformarse según las necesidades de quienes trabajaban en su interior.
Las paredes se desplazaban suavemente, los suelos se reconfiguraban bajo los pasos humanos, y la maquinaria respondía a gestos y comandos con una fluidez inquietantemente orgánica. Aquella tecnología no solo había redefinido los métodos de trabajo, sino que había modificado profundamente la manera en que la humanidad concebía la realidad y su propio lugar dentro de ella.
Fue en ese contexto de confianza tecnológica absoluta donde surgió el proyecto más ambicioso jamás concebido por la especie humana: El Gigamotor.
Desde el Nuevo Renacimiento de principios del siglo XXII, la humanidad había avanzado con una determinación casi peligrosa, impulsada por la certeza de que el conocimiento siempre debía empujar los límites de lo posible. Las ciudades ya no eran simples concentraciones urbanas, sino organismos complejos que respiraban tecnología y adaptación constante. Los laboratorios de ingeniería, en particular, habían dejado de ser espacios rígidos para convertirse en entornos dinámicos, capaces de transformarse según las necesidades de quienes trabajaban en su interior.
Las paredes se desplazaban suavemente, los suelos se reconfiguraban bajo los pasos humanos, y la maquinaria respondía a gestos y comandos con una fluidez inquietantemente orgánica. Aquella tecnología no solo había redefinido los métodos de trabajo, sino que había modificado profundamente la manera en que la humanidad concebía la realidad y su propio lugar dentro de ella.
Fue en ese contexto de confianza tecnológica absoluta donde surgió el proyecto más ambicioso jamás concebido por la especie humana: El Gigamotor.
Durante décadas, la idea de un motor capaz de generar una cantidad de energía prácticamente ilimitada había sido descartada como una fantasía peligrosa. Sin embargo, los nuevos avances en ingeniería energética permitieron diseñar un prototipo funcional, al que se le asignó el nombre de ICARUS STRATOS, siguiendo la línea de los motores ICARUS, especializados en hiper-velocidad desde finales del siglo XXI. Su núcleo era capaz de producir una potencia tan descomunal que superaba cualquier necesidad conocida hasta entonces.
De hecho, era una fuente de energía diseñada no para el presente, sino para un futuro que aún no existía.
A partir de ese núcleo nació el concepto de la Gigantic.
Durante los siguientes ocho años, hasta el año 2386, la humanidad volcó recursos, talento y expectativas en la construcción del primer pecio espacial completamente autónomo. No sería simplemente una nave de exploración, sino una estructura autosuficiente, capaz de albergar generaciones enteras, sostener ecosistemas controlados y sobrevivir durante décadas sin contacto directo con la Tierra.
Paralelamente, en uno de los niveles más protegidos de la nave, un reducido grupo de científicos e ingenieros trabajaba en un concepto que desafiaba las leyes conocidas del universo: la multi-locación, la posibilidad de que un objeto existiera simultáneamente en más de un punto del espacio, que había sido durante siglos una especulación teórica sin aplicación práctica. Sin embargo, la humanidad ya había aprendido que lo imposible era, en muchas ocasiones, simplemente lo que aún no se comprendía.
Después de todo, también había parecido imposible un ataque alienígena a escala global, y aquel suceso había marcado el final del siglo XXI con consecuencias irreversibles.
La expansión humana exigía algo más que velocidad y tecnología avanzada. Exigía estructuras capaces de sostener vida, cultura y memoria durante viajes interminables a través del vacío. En aquel momento, la última colonia establecida era Altair (Colonia 24), situada cerca de Veritate, Kang, Canopus y Pollux, y más allá de ese punto el espacio seguía siendo una extensión oscura e indómita.
La Gigantic fue concebida para internarse en esa oscuridad.
Su diseño exterior rendía un homenaje sutil al legendario Titanic, no como presagio de desastre, sino como símbolo de audacia y fe en el progreso. La misión estaba planificada para tener una duración de cien años, contando la ida y el regreso, y muchos consideraron aquella decisión como una locura irresponsable. Sin embargo, los líderes humanos estaban convencidos de que el objetivo justificaba cualquier riesgo asumido.
El 17 de noviembre de 2386, la Gigantic fue finalmente activada al 100%.
Desde el centro de una extensa bahía, escoltado por cuatro grandes naves y múltiples unidades auxiliares, la colosal estructura comenzó su ascenso. Durante minutos interminables, motores y sistemas trabajaron al límite de sus capacidades, hasta que el pecio alcanzó el espacio exterior. Una vez allí, sus propios propulsores tomaron el control absoluto de la nave e iniciaron el viaje.
Doce horas después, la señal de la Gigantic desapareció de los radares humanos, adentrándose oficialmente en el espacio desconocido.
Mientras, en los niveles científicos del pecio, la doctora Astrid Volkov observaba con atención una simple manzana suspendida entre dos plataformas idénticas. La fruta existía en ambos puntos al mismo tiempo, perfectamente sólida, perfectamente real, sin mostrar signos aparentes de inestabilidad. Durante unos breves segundos, el experimento parecía haber alcanzado el éxito definitivo.
Entonces, sin previo aviso, una de las manzanas explotó violentamente. En ocasiones era la copia la que se desintegraba, y en otras ocasiones era el objeto original el que desaparecía, dejando tras de sí fragmentos y frustración. A pesar de aquellos fallos, el proyecto de la multi-locación seguía siendo prioritario para Pacific City, la capital mundial desde el año 2100.
Por ese motivo, la investigación fue integrada plenamente en el programa Gigantic, con la esperanza de que el entorno de exploración ofreciera nuevas variables y oportunidades.
Diez años después, en el año 2396, todo cambió de manera irreversible. Durante una expedición standard de reconocimiento en la región situada entre Pollux y Canopus, la tripulación descubrió en un asteroide un nuevo elemento completamente desconocido. No reaccionaba como ningún material registrado hasta entonces, y su comportamiento energético desafiaba toda lógica conocida. La energía que producía no se disipaba, sino que se reciclaba constantemente, formando un bucle aparentemente infinito.
Los ingenieros decidieron incorporar aquel elemento al sistema de multi-locación, conscientes del riesgo que implicaba alterar un experimento ya inestable, pero tras realizar varias pruebas y estudios muy controlados, confirmaron que podría dar la estabilidad necesaria a su experimento. Así, llevaron a cabo la siguiente prueba con la manzana, y por fin produjo el ansiado resultado: la copia se mantuvo estable, idéntica al original, y sin explosión ni degradación.
Todo marchaba viento en popa en los laboratorios de la Gigantic, y lo siguiente fue realizar las pruebas con pequeños animales, que dieron resultados igual de satisfactorios, confirmando el resultado.
La máquina ya no duplicaba de forma defectuosa, sino que replicaba con absoluta precisión. La energía del elemento desconocido había eliminado el fallo fundamental que había limitado el proyecto durante años. Finalmente, el resultado era lo que años atrás parecía imposible: que un ser vivo existiera a la vez en dos sitios. Era increíble ver su comportamiento, sobretodo en la araña y su copia: el ser original parecía dormirse, y instantes después su copia “despertaba” y empezaba a corretear por su terrario. Era como saltar de un cuerpo a otro, con la seguridad de que, si uno fallecía, se podía despertar en el otro.
Eso era un cambio increíble de paradigma… sin embargo, lo desconocido puede acarrear consecuencias…
Mientras se realizaban nuevas pruebas, la Gigantic se adentró en un campo magnético anómalo, situado cerca de un planetoide con una pequeña luna en órbita. Durante los primeros instantes, los sensores no registraron ninguna alteración significativa, y la tripulación mantuvo la calma.
Entonces, el estruendo comenzó. Truenos imposibles resonaron por toda la estructura del pecio, acompañados de destellos intermitentes que cegaron sistemas y ojos humanos por igual. Durante un largo minuto, la realidad pareció tensarse, como si el universo mismo estuviera sufriendo un glitch.
Lo que nadie podía saber en aquel momento era que el sistema de multi-locación había sido sobrecargado en su alcance, no en su estructura interna. La energía se expandió más allá del laboratorio, al parecer desgarrando el tejido del espacio-tiempo y creando una brecha imposible de detectar desde el interior.
De hecho, era una fuente de energía diseñada no para el presente, sino para un futuro que aún no existía.
A partir de ese núcleo nació el concepto de la Gigantic.
Durante los siguientes ocho años, hasta el año 2386, la humanidad volcó recursos, talento y expectativas en la construcción del primer pecio espacial completamente autónomo. No sería simplemente una nave de exploración, sino una estructura autosuficiente, capaz de albergar generaciones enteras, sostener ecosistemas controlados y sobrevivir durante décadas sin contacto directo con la Tierra.
Paralelamente, en uno de los niveles más protegidos de la nave, un reducido grupo de científicos e ingenieros trabajaba en un concepto que desafiaba las leyes conocidas del universo: la multi-locación, la posibilidad de que un objeto existiera simultáneamente en más de un punto del espacio, que había sido durante siglos una especulación teórica sin aplicación práctica. Sin embargo, la humanidad ya había aprendido que lo imposible era, en muchas ocasiones, simplemente lo que aún no se comprendía.
Después de todo, también había parecido imposible un ataque alienígena a escala global, y aquel suceso había marcado el final del siglo XXI con consecuencias irreversibles.
La expansión humana exigía algo más que velocidad y tecnología avanzada. Exigía estructuras capaces de sostener vida, cultura y memoria durante viajes interminables a través del vacío. En aquel momento, la última colonia establecida era Altair (Colonia 24), situada cerca de Veritate, Kang, Canopus y Pollux, y más allá de ese punto el espacio seguía siendo una extensión oscura e indómita.
La Gigantic fue concebida para internarse en esa oscuridad.
Su diseño exterior rendía un homenaje sutil al legendario Titanic, no como presagio de desastre, sino como símbolo de audacia y fe en el progreso. La misión estaba planificada para tener una duración de cien años, contando la ida y el regreso, y muchos consideraron aquella decisión como una locura irresponsable. Sin embargo, los líderes humanos estaban convencidos de que el objetivo justificaba cualquier riesgo asumido.
El 17 de noviembre de 2386, la Gigantic fue finalmente activada al 100%.
Desde el centro de una extensa bahía, escoltado por cuatro grandes naves y múltiples unidades auxiliares, la colosal estructura comenzó su ascenso. Durante minutos interminables, motores y sistemas trabajaron al límite de sus capacidades, hasta que el pecio alcanzó el espacio exterior. Una vez allí, sus propios propulsores tomaron el control absoluto de la nave e iniciaron el viaje.
Doce horas después, la señal de la Gigantic desapareció de los radares humanos, adentrándose oficialmente en el espacio desconocido.
Mientras, en los niveles científicos del pecio, la doctora Astrid Volkov observaba con atención una simple manzana suspendida entre dos plataformas idénticas. La fruta existía en ambos puntos al mismo tiempo, perfectamente sólida, perfectamente real, sin mostrar signos aparentes de inestabilidad. Durante unos breves segundos, el experimento parecía haber alcanzado el éxito definitivo.
Entonces, sin previo aviso, una de las manzanas explotó violentamente. En ocasiones era la copia la que se desintegraba, y en otras ocasiones era el objeto original el que desaparecía, dejando tras de sí fragmentos y frustración. A pesar de aquellos fallos, el proyecto de la multi-locación seguía siendo prioritario para Pacific City, la capital mundial desde el año 2100.
Por ese motivo, la investigación fue integrada plenamente en el programa Gigantic, con la esperanza de que el entorno de exploración ofreciera nuevas variables y oportunidades.
Diez años después, en el año 2396, todo cambió de manera irreversible. Durante una expedición standard de reconocimiento en la región situada entre Pollux y Canopus, la tripulación descubrió en un asteroide un nuevo elemento completamente desconocido. No reaccionaba como ningún material registrado hasta entonces, y su comportamiento energético desafiaba toda lógica conocida. La energía que producía no se disipaba, sino que se reciclaba constantemente, formando un bucle aparentemente infinito.
Los ingenieros decidieron incorporar aquel elemento al sistema de multi-locación, conscientes del riesgo que implicaba alterar un experimento ya inestable, pero tras realizar varias pruebas y estudios muy controlados, confirmaron que podría dar la estabilidad necesaria a su experimento. Así, llevaron a cabo la siguiente prueba con la manzana, y por fin produjo el ansiado resultado: la copia se mantuvo estable, idéntica al original, y sin explosión ni degradación.
Todo marchaba viento en popa en los laboratorios de la Gigantic, y lo siguiente fue realizar las pruebas con pequeños animales, que dieron resultados igual de satisfactorios, confirmando el resultado.
La máquina ya no duplicaba de forma defectuosa, sino que replicaba con absoluta precisión. La energía del elemento desconocido había eliminado el fallo fundamental que había limitado el proyecto durante años. Finalmente, el resultado era lo que años atrás parecía imposible: que un ser vivo existiera a la vez en dos sitios. Era increíble ver su comportamiento, sobretodo en la araña y su copia: el ser original parecía dormirse, y instantes después su copia “despertaba” y empezaba a corretear por su terrario. Era como saltar de un cuerpo a otro, con la seguridad de que, si uno fallecía, se podía despertar en el otro.
Eso era un cambio increíble de paradigma… sin embargo, lo desconocido puede acarrear consecuencias…
Mientras se realizaban nuevas pruebas, la Gigantic se adentró en un campo magnético anómalo, situado cerca de un planetoide con una pequeña luna en órbita. Durante los primeros instantes, los sensores no registraron ninguna alteración significativa, y la tripulación mantuvo la calma.
Entonces, el estruendo comenzó. Truenos imposibles resonaron por toda la estructura del pecio, acompañados de destellos intermitentes que cegaron sistemas y ojos humanos por igual. Durante un largo minuto, la realidad pareció tensarse, como si el universo mismo estuviera sufriendo un glitch.
Lo que nadie podía saber en aquel momento era que el sistema de multi-locación había sido sobrecargado en su alcance, no en su estructura interna. La energía se expandió más allá del laboratorio, al parecer desgarrando el tejido del espacio-tiempo y creando una brecha imposible de detectar desde el interior.
Cuando el silencio regresó, la Gigantic ya no se encontraba donde debía estar… ni en tiempo ni en lugar… Había ocurrido lo que más tarde sería conocido como la Anomalía.
Sin registros claros de daños internos ni fallos aparentes, el puente de mando tomó una decisión pragmática: los escáneres indicaban la presencia de una luna cercana con agua y condiciones compatibles con la vida humana, y se consideró prioritario obtener información del entorno inmediato.
La misión fue asignada a la fragata comandada por el capitán Medion, un oficial cuya experiencia en exploración profunda era ampliamente reconocida. Su historial lo convertía en la elección más lógica para una tarea cargada de incertidumbre.
El aterrizaje en la superficie de la luna fue limpio y controlado. Medion y su tripulación bajaron y empezaron con la exploración de unos pequeños ríos que había cerca de esa zona, pero apenas habían comenzado cuando esos ríos revelaron su verdadera naturaleza: desde las aguas emergieron organismos líquidos, semejantes a serpientes translúcidas, que se lanzaron sobre la expedición con una velocidad aterradora. En cuestión de segundos, los tripulantes quedaron inmovilizados, atrapados contra el suelo por aquellas formas vivas y flexibles.
Entonces, la tierra tembló. Primero una vez, luego otra, hasta que el temblor se transformó en pasos rítmicos y pesados que resonaban en el aire. Luego, una perturbadora criatura apareció tras una colina cercana, revelando una forma que parecía negar cualquier principio de simetría o coherencia biológica. Su cuerpo masivo se sostenía sobre grandes patas, mientras un abdomen posterior deformado arrastraba su peso. Seis o siete extremidades armadas con garras emergían de su torso, y en el centro se abría una enorme mandíbula rodeada de tentáculos inquietos.
Uno a uno, los miembros de la expedición fueron apresados por ese horror, que los iba engullendo lentamente...
Cuando llegó el turno del capitán Medion, la criatura se detuvo. Lo acercó a sus fauces para olerlo… y descubrió que algo en él resonaba de manera distinta…
La prolongada exposición del capitán a la energía del Gigamotor, a la Anomalía y al elemento desconocido había alterado su estructura atómica de una forma imperceptible para un humano, pero claramente detectable para aquella entidad ancestral. Medion ya no era completamente humano, aunque aún lo ignoraba…
La criatura extrajo un cristal azul de su propio cuerpo, un fragmento que actuaba como vector de transformación, y lo introdujo lentamente en la boca del capitán en un acto de selección consciente. Los gritos de terror del pobre hombre cesaron tras unos segundos, y todo volvió a quedar tranquilo en ese valle lunar.
Sin registros claros de daños internos ni fallos aparentes, el puente de mando tomó una decisión pragmática: los escáneres indicaban la presencia de una luna cercana con agua y condiciones compatibles con la vida humana, y se consideró prioritario obtener información del entorno inmediato.
La misión fue asignada a la fragata comandada por el capitán Medion, un oficial cuya experiencia en exploración profunda era ampliamente reconocida. Su historial lo convertía en la elección más lógica para una tarea cargada de incertidumbre.
El aterrizaje en la superficie de la luna fue limpio y controlado. Medion y su tripulación bajaron y empezaron con la exploración de unos pequeños ríos que había cerca de esa zona, pero apenas habían comenzado cuando esos ríos revelaron su verdadera naturaleza: desde las aguas emergieron organismos líquidos, semejantes a serpientes translúcidas, que se lanzaron sobre la expedición con una velocidad aterradora. En cuestión de segundos, los tripulantes quedaron inmovilizados, atrapados contra el suelo por aquellas formas vivas y flexibles.
Entonces, la tierra tembló. Primero una vez, luego otra, hasta que el temblor se transformó en pasos rítmicos y pesados que resonaban en el aire. Luego, una perturbadora criatura apareció tras una colina cercana, revelando una forma que parecía negar cualquier principio de simetría o coherencia biológica. Su cuerpo masivo se sostenía sobre grandes patas, mientras un abdomen posterior deformado arrastraba su peso. Seis o siete extremidades armadas con garras emergían de su torso, y en el centro se abría una enorme mandíbula rodeada de tentáculos inquietos.
Uno a uno, los miembros de la expedición fueron apresados por ese horror, que los iba engullendo lentamente...
Cuando llegó el turno del capitán Medion, la criatura se detuvo. Lo acercó a sus fauces para olerlo… y descubrió que algo en él resonaba de manera distinta…
La prolongada exposición del capitán a la energía del Gigamotor, a la Anomalía y al elemento desconocido había alterado su estructura atómica de una forma imperceptible para un humano, pero claramente detectable para aquella entidad ancestral. Medion ya no era completamente humano, aunque aún lo ignoraba…
La criatura extrajo un cristal azul de su propio cuerpo, un fragmento que actuaba como vector de transformación, y lo introdujo lentamente en la boca del capitán en un acto de selección consciente. Los gritos de terror del pobre hombre cesaron tras unos segundos, y todo volvió a quedar tranquilo en ese valle lunar.
Medion regresó solo a la fragata. Su silueta apareció andando tranquila hacia la nave cuando fue divisado por la tripulación restante. Los tres bajaron rápidamente a recibirlo porque estaban muy preocupados ya que se habían cortado las comunicaciones minutos antes. Entonces, tan pronto como llegó el capitán, sin mediar palabra ni explicación, sacó su arma y ejecutó a los tres con disparos rápidos y certeros.
Sin abrir la boca, subió por la rampa y se dispuso a sentarse en el asiento del piloto. Minutos después, había despegado rumbo a la Gigantic, dejando esa luna sin ningún superviviente humano…
La mutación comenzó en el mismo instante en que regresó al pecio, sin advertencias previas ni posibilidad alguna de intervención humana. El capitán Medion apenas tuvo tiempo de poner un pie fuera de la fragata cuando su cuerpo empezó a responder a fuerzas que ya no le pertenecían. Sus músculos se tensaron de manera antinatural, los huesos crujieron bajo una presión creciente, y su piel comenzó a deformarse como si intentara adaptarse a una arquitectura distinta de la humana.
Las alarmas de seguridad se activaron de inmediato, y las fuerzas de contención acudieron al hangar con rapidez disciplinada, convencidas de que se enfrentaban a una amenaza convencional. Sin embargo, cuando abrieron fuego, los proyectiles impactaron contra la carne del antiguo capitán sin producir el efecto esperado. Las balas se incrustaban, se deformaban o simplemente caían al suelo, como si aquel cuerpo hubiera dejado de obedecer las leyes físicas habituales.
Mientras avanzaba lentamente, nuevas estructuras emergían de su anatomía cambiante. Extremidades adicionales se formaban a partir de músculos desgarrados, transformándose en zarpas capaces de atravesar metal y hueso con la misma facilidad. Cada movimiento parecía impulsado por una voluntad ajena, aunque algunos vestigios de la conciencia del capitán permanecían atrapados en algún rincón profundo de aquella forma que seguía mutando.
Sin abrir la boca, subió por la rampa y se dispuso a sentarse en el asiento del piloto. Minutos después, había despegado rumbo a la Gigantic, dejando esa luna sin ningún superviviente humano…
La mutación comenzó en el mismo instante en que regresó al pecio, sin advertencias previas ni posibilidad alguna de intervención humana. El capitán Medion apenas tuvo tiempo de poner un pie fuera de la fragata cuando su cuerpo empezó a responder a fuerzas que ya no le pertenecían. Sus músculos se tensaron de manera antinatural, los huesos crujieron bajo una presión creciente, y su piel comenzó a deformarse como si intentara adaptarse a una arquitectura distinta de la humana.
Las alarmas de seguridad se activaron de inmediato, y las fuerzas de contención acudieron al hangar con rapidez disciplinada, convencidas de que se enfrentaban a una amenaza convencional. Sin embargo, cuando abrieron fuego, los proyectiles impactaron contra la carne del antiguo capitán sin producir el efecto esperado. Las balas se incrustaban, se deformaban o simplemente caían al suelo, como si aquel cuerpo hubiera dejado de obedecer las leyes físicas habituales.
Mientras avanzaba lentamente, nuevas estructuras emergían de su anatomía cambiante. Extremidades adicionales se formaban a partir de músculos desgarrados, transformándose en zarpas capaces de atravesar metal y hueso con la misma facilidad. Cada movimiento parecía impulsado por una voluntad ajena, aunque algunos vestigios de la conciencia del capitán permanecían atrapados en algún rincón profundo de aquella forma que seguía mutando.
Las primeras víctimas fueron capturadas con una rapidez brutal. No hubo resistencia organizada ni estrategias defensivas eficaces, porque nadie estaba preparado para comprender lo que estaba ocurriendo realmente. Fue entonces cuando la criatura descubrió algo que ni siquiera ella había anticipado por completo: al matar, no solo destruía cuerpos, sino que liberaba algo más profundo, algo invisible para los sentidos humanos.
Las almas se separaban de los cuerpos como un resplandor azulado, cargado de recuerdos, emociones, vivencias y fragmentos de identidad. No eran simples energías abstractas, sino estructuras complejas, densas, llenas de significado. Al entrar en contacto con aquel resplandor, la criatura sintió una atracción inmediata e irrefrenable, como si reconociera en esas almas una materia esencial para su propia evolución.
Cuando absorbió la primera, algo cambió de forma irreversible. La criatura experimentó una expansión interna, una reorganización de su estructura, como si cada alma aportara información, estabilidad y propósito. No se trataba únicamente de crecimiento físico, sino de una consolidación de su existencia, una sensación de completitud progresiva que nunca antes había conocido. Cada nueva alma absorbida reforzaba esa percepción, convirtiendo el acto de recolectarlas en una necesidad fundamental.
Conforme el número de víctimas aumentaba, el cuerpo de la criatura se volvía más imponente, más resistente y más complejo. Su forma adoptó tonos rojizos, su masa creció de manera desproporcionada, y su presencia se convirtió en una fuerza imposible de detener dentro de la Gigantic. En cuestión de horas, los sistemas de seguridad fueron completamente superados, y la nave quedó a merced de aquella entidad naciente.
El avance de la criatura fue imparable hasta alcanzar el nivel 36, donde se encontraba la Biblioteca.
Al cruzar el umbral de aquella sala, algo se detuvo dentro del monstruo. El espacio estaba en silencio absoluto, protegido de vibraciones, humedad y cambios térmicos, diseñado para conservar libros antiguos durante siglos sin degradación. Miles de volúmenes se alineaban en estanterías perfectamente ordenadas, cada uno conteniendo fragmentos fundamentales de la historia, la ciencia, la filosofía y la imaginación humana.
La criatura recorrió lentamente la Biblioteca, tocando los libros con una curiosidad que no era intelectual, sino instintiva. A través de los recuerdos de las almas ya absorbidas, comprendió el significado profundo de aquel lugar: los humanos habían creado los libros como una forma de resistencia contra la muerte, como recipientes donde almacenar aquello que no querían perder cuando sus cuerpos desaparecieran.
Aquella revelación fue decisiva.
Si los libros existían para preservar conocimiento cuando la vida se extinguía, entonces podían servir para conservar las almas cuando los cuerpos dejaban de existir. No era una deducción racional, sino una imitación primitiva del pensamiento humano, un reflejo distorsionado de su necesidad de memoria y permanencia.
Así comenzó el verdadero proceso de la “colección”. La criatura empezó a separar cuidadosamente las almas de sus víctimas y a depositarlas dentro de los libros. Cada volumen aceptaba una, y solo una, como si la propia materia del libro impusiera ese límite simbólico. No importaba el contenido original del texto, porque el libro ya no era leído, sino utilizado como contenedor, como cápsula de identidad y experiencia.
Las almas se separaban de los cuerpos como un resplandor azulado, cargado de recuerdos, emociones, vivencias y fragmentos de identidad. No eran simples energías abstractas, sino estructuras complejas, densas, llenas de significado. Al entrar en contacto con aquel resplandor, la criatura sintió una atracción inmediata e irrefrenable, como si reconociera en esas almas una materia esencial para su propia evolución.
Cuando absorbió la primera, algo cambió de forma irreversible. La criatura experimentó una expansión interna, una reorganización de su estructura, como si cada alma aportara información, estabilidad y propósito. No se trataba únicamente de crecimiento físico, sino de una consolidación de su existencia, una sensación de completitud progresiva que nunca antes había conocido. Cada nueva alma absorbida reforzaba esa percepción, convirtiendo el acto de recolectarlas en una necesidad fundamental.
Conforme el número de víctimas aumentaba, el cuerpo de la criatura se volvía más imponente, más resistente y más complejo. Su forma adoptó tonos rojizos, su masa creció de manera desproporcionada, y su presencia se convirtió en una fuerza imposible de detener dentro de la Gigantic. En cuestión de horas, los sistemas de seguridad fueron completamente superados, y la nave quedó a merced de aquella entidad naciente.
El avance de la criatura fue imparable hasta alcanzar el nivel 36, donde se encontraba la Biblioteca.
Al cruzar el umbral de aquella sala, algo se detuvo dentro del monstruo. El espacio estaba en silencio absoluto, protegido de vibraciones, humedad y cambios térmicos, diseñado para conservar libros antiguos durante siglos sin degradación. Miles de volúmenes se alineaban en estanterías perfectamente ordenadas, cada uno conteniendo fragmentos fundamentales de la historia, la ciencia, la filosofía y la imaginación humana.
La criatura recorrió lentamente la Biblioteca, tocando los libros con una curiosidad que no era intelectual, sino instintiva. A través de los recuerdos de las almas ya absorbidas, comprendió el significado profundo de aquel lugar: los humanos habían creado los libros como una forma de resistencia contra la muerte, como recipientes donde almacenar aquello que no querían perder cuando sus cuerpos desaparecieran.
Aquella revelación fue decisiva.
Si los libros existían para preservar conocimiento cuando la vida se extinguía, entonces podían servir para conservar las almas cuando los cuerpos dejaban de existir. No era una deducción racional, sino una imitación primitiva del pensamiento humano, un reflejo distorsionado de su necesidad de memoria y permanencia.
Así comenzó el verdadero proceso de la “colección”. La criatura empezó a separar cuidadosamente las almas de sus víctimas y a depositarlas dentro de los libros. Cada volumen aceptaba una, y solo una, como si la propia materia del libro impusiera ese límite simbólico. No importaba el contenido original del texto, porque el libro ya no era leído, sino utilizado como contenedor, como cápsula de identidad y experiencia.
De ese modo nació este peculiar “Coleccionista de Almas” ...
Con el paso de los años, la Gigantic quedó completamente vacía de vida consciente. Los pasillos, antes llenos de actividad humana, se sumieron en un silencio perpetuo, roto únicamente por los movimientos ocasionales de la criatura entre las sombras. La Biblioteca, en cambio, se convirtió en el corazón del pecio, custodiada por el monstruo con una atención casi reverencial, como si aquel archivo representara el propósito final de su existencia… y durante un tiempo imposible de medir con precisión, la criatura pareció inmortal…
Hasta que, en un día indeterminado, una nave de exploración alienígena atracó en una de las plataformas exteriores de la Gigantic. El encuentro fue breve y violento, y el resultado final fue que una de las almas logró escapar de uno de sus libros. Pero, a pesar de ello, la criatura no persiguió la pérdida, sino que la aceptó como un fallo menor dentro de su colección incompleta.
El final comenzó cuando el pecio volvió a atravesar un campo electromagnético de características similares al que había provocado la Anomalía original.
Los sistemas de la Gigantic reaccionaron de manera automática, activando protocolos dormidos durante décadas. La tecnología de multi-locación, aún integrada en la estructura de la nave, respondió a aquella interferencia como si reconociera un patrón familiar. Y sin que la criatura pudiera anticiparlo, el espacio alrededor del pecio se plegó sobre sí mismo.
Cuando la transición terminó, el lugar donde se encontraba no tenía estrellas... y el tiempo ya no tenía alcance allí…
La Gigantic flotaba en una oscuridad absoluta, tan profunda que parecía absorber cualquier intento de observación. No existían referencias espaciales, ni señales de radiación estelar, ni indicios de un entorno reconocible. Durante unos instantes eternos, la nave permaneció inmóvil, suspendida en un vacío que parecía anterior al propio universo.
Entonces, algo la tocó. Una fuerza colosal envolvió el pecio y comenzó a desplazarlo lentamente en dirección vertical, como si una entidad invisible lo estuviera elevando con una delicadeza inquietante. A través de un ojo de buey, la criatura observó cómo una forma borrosa comenzaba a definirse en la negrura circundante.
Lo que emergió superaba cualquier escala comprensible: un ojo gigantesco, de proporciones imposibles, pantagruélicas, ocupaba todo el campo de visión disponible. No tenía párpado ni rasgos reconocibles, y su presencia transmitía una sensación abrumadora de consciencia absoluta. No observaba con curiosidad, sino con la autoridad de quien reconoce algo que le pertenece.
Cuando la Gigantic se detuvo frente al centro de aquella retina colosal, la Biblioteca se iluminó de manera súbita. Un resplandor azul intenso emergió de los libros, proyectándose hacia el exterior del pecio como un faro en la oscuridad. Entonces, una a una, todas las almas comenzaron a liberarse de sus contenedores, elevándose en un cúmulo luminoso sobre la nave.
La criatura rugió, presa de un miedo que jamás había experimentado. Desesperado, intentó recuperar las almas, aferrarse a su colección, pero la fuerza que actuaba sobre ellas era absoluta e incuestionable. El cúmulo de almas se condensó aún más y, finalmente, fue absorbido por la retina de aquel ojo inconmensurable, desapareciendo sin dejar rastro más allá de un tenue halo azul que se esfumó en cuestión de segundos.
Con el paso de los años, la Gigantic quedó completamente vacía de vida consciente. Los pasillos, antes llenos de actividad humana, se sumieron en un silencio perpetuo, roto únicamente por los movimientos ocasionales de la criatura entre las sombras. La Biblioteca, en cambio, se convirtió en el corazón del pecio, custodiada por el monstruo con una atención casi reverencial, como si aquel archivo representara el propósito final de su existencia… y durante un tiempo imposible de medir con precisión, la criatura pareció inmortal…
Hasta que, en un día indeterminado, una nave de exploración alienígena atracó en una de las plataformas exteriores de la Gigantic. El encuentro fue breve y violento, y el resultado final fue que una de las almas logró escapar de uno de sus libros. Pero, a pesar de ello, la criatura no persiguió la pérdida, sino que la aceptó como un fallo menor dentro de su colección incompleta.
El final comenzó cuando el pecio volvió a atravesar un campo electromagnético de características similares al que había provocado la Anomalía original.
Los sistemas de la Gigantic reaccionaron de manera automática, activando protocolos dormidos durante décadas. La tecnología de multi-locación, aún integrada en la estructura de la nave, respondió a aquella interferencia como si reconociera un patrón familiar. Y sin que la criatura pudiera anticiparlo, el espacio alrededor del pecio se plegó sobre sí mismo.
Cuando la transición terminó, el lugar donde se encontraba no tenía estrellas... y el tiempo ya no tenía alcance allí…
La Gigantic flotaba en una oscuridad absoluta, tan profunda que parecía absorber cualquier intento de observación. No existían referencias espaciales, ni señales de radiación estelar, ni indicios de un entorno reconocible. Durante unos instantes eternos, la nave permaneció inmóvil, suspendida en un vacío que parecía anterior al propio universo.
Entonces, algo la tocó. Una fuerza colosal envolvió el pecio y comenzó a desplazarlo lentamente en dirección vertical, como si una entidad invisible lo estuviera elevando con una delicadeza inquietante. A través de un ojo de buey, la criatura observó cómo una forma borrosa comenzaba a definirse en la negrura circundante.
Lo que emergió superaba cualquier escala comprensible: un ojo gigantesco, de proporciones imposibles, pantagruélicas, ocupaba todo el campo de visión disponible. No tenía párpado ni rasgos reconocibles, y su presencia transmitía una sensación abrumadora de consciencia absoluta. No observaba con curiosidad, sino con la autoridad de quien reconoce algo que le pertenece.
Cuando la Gigantic se detuvo frente al centro de aquella retina colosal, la Biblioteca se iluminó de manera súbita. Un resplandor azul intenso emergió de los libros, proyectándose hacia el exterior del pecio como un faro en la oscuridad. Entonces, una a una, todas las almas comenzaron a liberarse de sus contenedores, elevándose en un cúmulo luminoso sobre la nave.
La criatura rugió, presa de un miedo que jamás había experimentado. Desesperado, intentó recuperar las almas, aferrarse a su colección, pero la fuerza que actuaba sobre ellas era absoluta e incuestionable. El cúmulo de almas se condensó aún más y, finalmente, fue absorbido por la retina de aquel ojo inconmensurable, desapareciendo sin dejar rastro más allá de un tenue halo azul que se esfumó en cuestión de segundos.
Lentamente, la Gigantic comenzó a descender de nuevo hacia la oscuridad, mientras empezaba a retorcerse lentamente. Los enormes hierros de las estructuras se partían a medida que la torsión aumentaba, y múltiples escapes y sirenas de emergencia sonaban en esos momentos.
La criatura quedó atrapada en su interior, despojada de sus preciadas almas, que había convertido en su razón y obsesión. No podía comprender qué era aquella entidad inmensa que había reclamado las almas, ni por qué ninguna posesión, por vasta que pareciera, podía permanecer para siempre en manos de quien la tomaba por la fuerza.
Solo entendió una verdad insoportable: todo lo que había acumulado, todo cuanto creyó suyo, le fue arrancado en un instante. Y en esa pérdida absoluta descubrió la lección que ni el monstruo ni los hombres habían querido aceptar jamás: hay poderes que no se dominan, fronteras que no deben cruzarse y ambiciones que terminan devorando a quien las alimenta.
Pero la historia de la Gigantic aún no ha terminado… Queda un capítulo más, y será precisamente la única alma que logró escapar la que tendrá un inesperado papel crucial. Porque a veces no basta con sobrevivir al horror: hay que comprenderlo, nombrarlo y ponerle fin. Solo entonces se comprenderá que no todos los límites deben ser cruzados…
La criatura quedó atrapada en su interior, despojada de sus preciadas almas, que había convertido en su razón y obsesión. No podía comprender qué era aquella entidad inmensa que había reclamado las almas, ni por qué ninguna posesión, por vasta que pareciera, podía permanecer para siempre en manos de quien la tomaba por la fuerza.
Solo entendió una verdad insoportable: todo lo que había acumulado, todo cuanto creyó suyo, le fue arrancado en un instante. Y en esa pérdida absoluta descubrió la lección que ni el monstruo ni los hombres habían querido aceptar jamás: hay poderes que no se dominan, fronteras que no deben cruzarse y ambiciones que terminan devorando a quien las alimenta.
Pero la historia de la Gigantic aún no ha terminado… Queda un capítulo más, y será precisamente la única alma que logró escapar la que tendrá un inesperado papel crucial. Porque a veces no basta con sobrevivir al horror: hay que comprenderlo, nombrarlo y ponerle fin. Solo entonces se comprenderá que no todos los límites deben ser cruzados…
© 2026 Josep Maria Solé. Todos los derechos reservados.
Disturbing Stories, número 136, "Colección".
Registrado en SafeCreative con el ID: 2605095594380.
Fecha de registro: mayo 2026.
Este relato no puede ser reproducido, distribuido ni modificado sin el permiso expreso del autor.
Disturbing Stories, número 136, "Colección".
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