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Hasta abril de 1999, Miriam Booker había dedicado su vida a demostrar que el horror, cuando se estudiaba con paciencia, casi siempre terminaba reduciéndose a una combinación de miedo, hambre, superstición y oportunismo. Tenía treinta y un años, trabajaba entre archivos universitarios y bibliotecas eclesiásticas, y se había especializado en pequeñas sectas medievales apenas mencionadas por la historiografía seria.
Le gustaban precisamente por eso: porque en ellas la imaginación popular se mezclaba con la necesidad de imponer orden al caos. Donde otros veían demonios, ella veía símbolos; donde otros veían milagros, ella encontraba liturgias mal copiadas, crónicas exageradas y siglos de malas traducciones.
Su vida era sobria i bastante previsible. Se pasaba días enteros bajo lámparas verdosas, con los dedos manchados por polvo de pergamino y tinta vieja. Desde la muerte de su madre, seis años atrás, había cultivado una especie de disciplina contra todo lo inexplicable. Si el mundo obedecía a causas comprensibles, entonces nada se había perdido del todo... solo faltaban pruebas empíricas…
Le gustaban precisamente por eso: porque en ellas la imaginación popular se mezclaba con la necesidad de imponer orden al caos. Donde otros veían demonios, ella veía símbolos; donde otros veían milagros, ella encontraba liturgias mal copiadas, crónicas exageradas y siglos de malas traducciones.
Su vida era sobria i bastante previsible. Se pasaba días enteros bajo lámparas verdosas, con los dedos manchados por polvo de pergamino y tinta vieja. Desde la muerte de su madre, seis años atrás, había cultivado una especie de disciplina contra todo lo inexplicable. Si el mundo obedecía a causas comprensibles, entonces nada se había perdido del todo... solo faltaban pruebas empíricas…
Encontró la primera mención a los “Acólitos” en una nota al pie de un tratado alemán publicado a principios del siglo XX. La referencia era mínima, casi displicente: una línea en latín con una observación del autor sobre “ciertas logias tardías relacionadas con antiguos asistentes del umbral”. Nada más. Sin contexto, ni fuentes, ni comentario… y fue justo esa reticencia lo que la inquietó…
Durante varios días, la palabra volvió a ella con una insistencia molesta: Acólitos. No era solo curiosidad profesional, había en ese nombre algo que no lograba ubicar, una vibración que le sonaba, como una palabra oída en sueños y olvidada al despertar. Terminó solicitando toda la documentación marginal que la biblioteca pudiera tener relacionada con esa denominación o con rituales de apertura, paso, tránsito, o umbrales…
Dos mañanas después apareció una carpeta sobre su mesa, sin código de archivo visible y sin registro de procedencia. Nadie depositaba materiales así en una colección académica sin dejar rastro, salvo por negligencia o por voluntad deliberada de omitirlo. Entonces, la abrió con una incomodidad palpable.
Dentro había fragmentos medievales deteriorados por la humedad, copias tardías de sermones condenatorios, diagramas trazados con tinta casi negra y varias hojas sueltas de distintos periodos. Los símbolos se repetían con una monotonía obsesiva: círculos divididos, líneas quebradas, un motivo cornudo apenas insinuado en los márgenes… Entonces Miriam empezó a ordenar el material con la atención fría de siempre, agradecida por el alivio de la rutina: dató soportes, comparó grafías, identificó interpolaciones… hasta que empezó a leer…
Uno de los textos describía a los Acólitos como hombres y mujeres encargados de asistir a “los que no tienen permitido cruzar por sí mismos”. Otro, más tardío, hablaba de grupos discretos que conservaban fórmulas de invocación para “aflojar la costura entre el mundo visible y el otro”. No eran textos delirantes, ni sermones oscuros, ni leyendas campesinas, al contrario: el tono era administrativo, casi jurídico, y se hablaba de funciones, de transmisiones, de errores rituales, de sustituciones…
Eso fue lo primero que la descolocó: no parecían relatos de supersticiosos, sino instrucciones. Luego encontró después una frase repetida en dos documentos separados por más de un siglo:
“Los Acólitos serán llamados Apóstoles en la siguiente edad”
Aquello apuntaba a una continuidad organizada, no a una secta perdida, sino a una tradición que había cambiado de nombre para sobrevivir. Miriam tomó notas con letra cada vez más apretada y poco a poco empezó a sentir una leve presión en la nuca, un dolor sordo detrás de los ojos, como si la lectura exigiera de ella un esfuerzo que no era solo intelectual…
Al fondo de la carpeta había un sobre moderno. Lo abrió esperando fotografías o fichas recientes, pero en su lugar encontró tres cartas de tarot, gastadas por el uso: La Torre, El Diablo y El Juicio.
Las dejó sobre la mesa, y se dio cuenta que le incomodaban más que los pergaminos. Aquellos objetos no pertenecían a un archivo muerto, sino que alguien había manipulado esa carpeta en tiempos recientes… alguien la había preparado…
Debajo de las cartas había una hoja mecanografiada:
Abril de 1999.
La Logia volverá a reunirse.
Los Apóstoles abrirán el paso.
La nueva recibida debe estar presente.
En la esquina inferior aparecía uno de los símbolos del manuscrito medieval: el círculo dividido, atravesado por una línea vertical. Al reverso, escrito a mano con tinta negra, solo ponía:
Edificio H — Planta inferior — Día 17
Miriam pasó el resto de la semana intentando convencerse de que se trataba de una derivación contemporánea, un grupo ocultista alimentado por documentos antiguos. Eso, al menos, tenía lógica… pero cuanto más tiraba del hilo, peor encajaban las piezas. Encontró menciones dispersas a reuniones nocturnas en Lyon, Praga, Nápoles, York… y la estructura era siempre la misma: pequeños grupos, círculos numerados, una figura recibida, y la idea persistente de ayudar a abrir algo que no debía abrirse solo…
Empezó entonces a notar pequeños desajustes en sí misma: no eran alucinaciones, eran cosas más nimias y, por eso mismo, más inquietantes… Una tarde copió sin pensar una secuencia de signos y tardó varios segundos en comprender que no reconocía el alfabeto. Otra noche, al repasar una traducción, supo el final de una frase rota antes de desplegar el folio completo. En una hoja del siglo XIV aparecía una palabra incompleta —iudic…— y ella escribió en su cuaderno, sin dudar: iudicium apertum est (El juicio está abierto). Después, se quedó mirando su propia letra con un frío extraño en el estómago, porque se estaba dando cuenta que aquello la estaba cambiando…
Poco después llegó el lluvioso día diecisiete que se mencionaba en el texto. El edificio H había pertenecido décadas atrás a un seminario menor antes de ser absorbido por la universidad y abandonado durante una remodelación nunca terminada. De día ya tenía aspecto de ruina funcional; pero de noche, bajo la lluvia, parecía una estructura a medio hundir en otra época…
Miriam llegó poco antes de medianoche. Durante varios minutos permaneció bajo el alero roto, diciéndose que iba a entrar solo para verificar, solo para confirmar que tras aquella construcción de documentos no había nada más que teatrillo.
El interior olía a yeso mojado, madera hinchada y encierro antiguo. Descendió por una escalera angosta hacia la planta inferior siguiendo un resplandor oscilante. A medida que bajaba, la presión en la nuca regresó, más intensa… no era miedo, todavía no… era una sensación peor: reconocimiento…
Finalmente llegó a una sala iluminada por velas negras colocadas alrededor de un círculo trazado con carbón. El círculo estaba dividido en trece espacios, cada uno marcado con símbolos que ella rápidamente identificó como los Arcanos Mayores que suelen usarse en el tarot. Había doce personas de pie en torno al dibujo: hombres y mujeres de edades distintas, inmóviles, serenos… Ninguno mostró sorpresa al verla…
Durante varios días, la palabra volvió a ella con una insistencia molesta: Acólitos. No era solo curiosidad profesional, había en ese nombre algo que no lograba ubicar, una vibración que le sonaba, como una palabra oída en sueños y olvidada al despertar. Terminó solicitando toda la documentación marginal que la biblioteca pudiera tener relacionada con esa denominación o con rituales de apertura, paso, tránsito, o umbrales…
Dos mañanas después apareció una carpeta sobre su mesa, sin código de archivo visible y sin registro de procedencia. Nadie depositaba materiales así en una colección académica sin dejar rastro, salvo por negligencia o por voluntad deliberada de omitirlo. Entonces, la abrió con una incomodidad palpable.
Dentro había fragmentos medievales deteriorados por la humedad, copias tardías de sermones condenatorios, diagramas trazados con tinta casi negra y varias hojas sueltas de distintos periodos. Los símbolos se repetían con una monotonía obsesiva: círculos divididos, líneas quebradas, un motivo cornudo apenas insinuado en los márgenes… Entonces Miriam empezó a ordenar el material con la atención fría de siempre, agradecida por el alivio de la rutina: dató soportes, comparó grafías, identificó interpolaciones… hasta que empezó a leer…
Uno de los textos describía a los Acólitos como hombres y mujeres encargados de asistir a “los que no tienen permitido cruzar por sí mismos”. Otro, más tardío, hablaba de grupos discretos que conservaban fórmulas de invocación para “aflojar la costura entre el mundo visible y el otro”. No eran textos delirantes, ni sermones oscuros, ni leyendas campesinas, al contrario: el tono era administrativo, casi jurídico, y se hablaba de funciones, de transmisiones, de errores rituales, de sustituciones…
Eso fue lo primero que la descolocó: no parecían relatos de supersticiosos, sino instrucciones. Luego encontró después una frase repetida en dos documentos separados por más de un siglo:
“Los Acólitos serán llamados Apóstoles en la siguiente edad”
Aquello apuntaba a una continuidad organizada, no a una secta perdida, sino a una tradición que había cambiado de nombre para sobrevivir. Miriam tomó notas con letra cada vez más apretada y poco a poco empezó a sentir una leve presión en la nuca, un dolor sordo detrás de los ojos, como si la lectura exigiera de ella un esfuerzo que no era solo intelectual…
Al fondo de la carpeta había un sobre moderno. Lo abrió esperando fotografías o fichas recientes, pero en su lugar encontró tres cartas de tarot, gastadas por el uso: La Torre, El Diablo y El Juicio.
Las dejó sobre la mesa, y se dio cuenta que le incomodaban más que los pergaminos. Aquellos objetos no pertenecían a un archivo muerto, sino que alguien había manipulado esa carpeta en tiempos recientes… alguien la había preparado…
Debajo de las cartas había una hoja mecanografiada:
Abril de 1999.
La Logia volverá a reunirse.
Los Apóstoles abrirán el paso.
La nueva recibida debe estar presente.
En la esquina inferior aparecía uno de los símbolos del manuscrito medieval: el círculo dividido, atravesado por una línea vertical. Al reverso, escrito a mano con tinta negra, solo ponía:
Edificio H — Planta inferior — Día 17
Miriam pasó el resto de la semana intentando convencerse de que se trataba de una derivación contemporánea, un grupo ocultista alimentado por documentos antiguos. Eso, al menos, tenía lógica… pero cuanto más tiraba del hilo, peor encajaban las piezas. Encontró menciones dispersas a reuniones nocturnas en Lyon, Praga, Nápoles, York… y la estructura era siempre la misma: pequeños grupos, círculos numerados, una figura recibida, y la idea persistente de ayudar a abrir algo que no debía abrirse solo…
Empezó entonces a notar pequeños desajustes en sí misma: no eran alucinaciones, eran cosas más nimias y, por eso mismo, más inquietantes… Una tarde copió sin pensar una secuencia de signos y tardó varios segundos en comprender que no reconocía el alfabeto. Otra noche, al repasar una traducción, supo el final de una frase rota antes de desplegar el folio completo. En una hoja del siglo XIV aparecía una palabra incompleta —iudic…— y ella escribió en su cuaderno, sin dudar: iudicium apertum est (El juicio está abierto). Después, se quedó mirando su propia letra con un frío extraño en el estómago, porque se estaba dando cuenta que aquello la estaba cambiando…
Poco después llegó el lluvioso día diecisiete que se mencionaba en el texto. El edificio H había pertenecido décadas atrás a un seminario menor antes de ser absorbido por la universidad y abandonado durante una remodelación nunca terminada. De día ya tenía aspecto de ruina funcional; pero de noche, bajo la lluvia, parecía una estructura a medio hundir en otra época…
Miriam llegó poco antes de medianoche. Durante varios minutos permaneció bajo el alero roto, diciéndose que iba a entrar solo para verificar, solo para confirmar que tras aquella construcción de documentos no había nada más que teatrillo.
El interior olía a yeso mojado, madera hinchada y encierro antiguo. Descendió por una escalera angosta hacia la planta inferior siguiendo un resplandor oscilante. A medida que bajaba, la presión en la nuca regresó, más intensa… no era miedo, todavía no… era una sensación peor: reconocimiento…
Finalmente llegó a una sala iluminada por velas negras colocadas alrededor de un círculo trazado con carbón. El círculo estaba dividido en trece espacios, cada uno marcado con símbolos que ella rápidamente identificó como los Arcanos Mayores que suelen usarse en el tarot. Había doce personas de pie en torno al dibujo: hombres y mujeres de edades distintas, inmóviles, serenos… Ninguno mostró sorpresa al verla…
Una mujer mayor, de rostro estrecho y pelo blanco sujeto atrás, alzó apenas la mano y señaló un espacio vacío frente a Miriam.
—Llegas tarde… —dijo con una voz tranquila, sin reproche.
Aquello la indignó, y esa indignación la sostuvo un instante.
—No sé qué creen que es esto… —empezó—. Si han usado material de archivo para…
La mujer negó suavemente.
—No has venido por lo que creemos nosotros… has venido porque ya habías empezado a recordar…
Miriam sintió un golpe seco en el pecho. Quiso responder, pero en ese momento uno de los presentes dejó una carta sobre su sección del círculo. Luego otro hizo lo mismo, y otro… Uno a uno fueron dejándole esas extrañas naipes con una pequeña gota de sangre encima, que quedaba absorbida con una lentitud repugnante por la misma carta…
Miriam intentó convencerse de que había un truco, una tinta reactiva, una preparación química… pero la sala se había vuelto densa, pesada, como si el aire se estuviera espesando a su alrededor. Entonces, los presentes empezaron a recitar en una lengua baja y antigua. Ella no la conocía, pero extrañamente, la entendía… no palabra por palabra, sino más bien como se entiende una música demasiado oída. La mujer mayor volvió a hablar sin apartar la vista del centro del círculo:
—No eres la misma —dijo—. Nunca lo sois, pero a veces conserváis más de lo debido…
—¿De qué está hablando?
—Del lugar que vuelve a encontrarte…
La única sección vacía era la que quedaba frente a Miriam con la vela negra correspondiente, que seguía apagada. Ella dio un paso atrás, y notó que el pulso le latía en las muñecas, en la garganta, en las sienes…
—¡No!
La respuesta brotó antes de que comprendiera del todo qué estaba negando… pero entonces la carta apareció… Ni cayó, ni la puso nadie, ni emergió de debajo de nada, sino que un instante el suelo estaba limpio, y al siguiente, la carta ya descansaba allí, sobre el carbón ennegrecido…
Representaba una figura erguida, casi humana, con cabeza de carnero y una hoja larga en la mano. No era ninguno de los arcanos que Miriam recordaba. O quizá sí, en una baraja más antigua, en una versión anterior, en algo que no había estudiado pero que una parte de ella reconoció con terror…
Las sombras del círculo ganaron profundidad, y las velas se inclinaron como si un viento circular respirara desde dentro del dibujo. Entonces llegó una voz oscura que sonó dentro de su cabeza:
—El paso volverá a abrirse…
Los presentes inclinaron la cabeza. En ese momento Miriam no pudo mover un músculo, y mediante un flash pudo “ver”:
No era una vida pasada, ni una escena completa… solo fragmentos: Piedra húmeda, dedos cubiertos de tinta, un círculo parecido pero más tosco, una muchacha arrodillada llorando sin ruido, una mano, quizá la suya, trazando una línea final… No eran recuerdos, eran restos adheridos de otras épocas que el tiempo no había conseguido destruir.
—¡La que abrió antes abrirá otra vez! – gritó la voz oscura.
Miriam sintió náuseas, pero entonces comprendió, de un modo sin palabras, que los Apóstoles la estaban esperando porque ella había sido elegida para un cometido.
Pensó en la carpeta sin registro, en las cartas de tarot, en la facilidad con que había entendido frases que no había estudiado, en la obstinación que la había empujado hasta allí… y se dio cuenta de que no había descubierto un secreto, sino que el secreto la había llamado.
La voz habló de nuevo, y esta vez ya no sonó remota.
—Dentro de un año emergerá el verdugo que se alimenta del conflicto y el deseo de poder, debemos estar preparados…
La figura de la carta pareció adelantarse un milímetro, lo suficiente para que Miriam comprendiera que no era una ilustración sino una promesa.
Entonces, las velas se apagaron de golpe y todo quedó inquietantemente en silencio y a oscuras...
Cuando la luz de emergencia del pasillo volvió a encenderse unos segundos después, descubrió que la sala estaba vacía: no había rastro de los presentes; solo el círculo, las cartas y la suya, aún en su lugar. Miriam la recogió con dedos entumecidos y notó que el cartón estaba todavía tibio…
¿Era real lo que acababa de vivir?
Durante los días siguientes volvió a la carpeta. Ya no buscaba pruebas para refutar nada, buscaba instrucciones. Entonces, descubrió unas solapas pegadas en los laterales de esa carpeta. Las despegó con cuidado y encontró unos papeles amarillentos con un registro incompleto fechado en 1284. Era una lista de nombres, oficios y sustituciones, aunque varias entradas estaban borradas por la humedad.
Miriam creyó que encontraría allí su nombre, o una versión antigua suya. Pero no había un nombre, había una función: “La recibida asistirá al siguiente signo.”
Debajo, otra mano había escrito: “No recuerda por sangre. Recuerda por uso.”
Entonces lo entendió: aquellos recuerdos no eran exactamente de una vida anterior. Eran restos de todas las que habían ocupado antes su lugar como elegidas por la Logia: personas usadas para abrir grietas, sostener círculos, pronunciar palabras prohibidas o mantener unido, durante unos segundos, el hilo entre este mundo y el de abajo.
La Logia no conservaba almas, conservaba gestos, herramientas… en definitiva cuerpos capaces de recordar cómo se obedece a la oscuridad…
Entre los documentos encontró una carta extraña que mostraba una figura erguida, casi humana, con cabeza de carnero y una hoja larga en la mano. Debajo había una fecha y una dirección:
“Abril de 2000. La ciudad baja.”
.
.
.
Pasaron los meses y Miriam fingió seguir con su vida, pero cada noche volvía a mirar aquel punto señalado en el plano urbano: una gran ciudad de avenidas, túneles y edificios altos, construida sobre capas de piedra, alcantarillas y estaciones abandonadas. Comprendió entonces que ella, mediante esa sabiduría oscura que la había elegido, tenía el cometido de marcar el lugar donde la criatura se acabaría de manifestar..
La maldición ya la estaba llamando, y el signo cornudo regresaría por su propio camino.
Finalmente, llegó el 19 de abril del año 2000. Bajó del tren en la estación central con una mochila y la carta escondida en un libro.
A medianoche, mientras arriba seguían los coches, las luces y las voces, Miriam descendió por una entrada de servicio hasta una estación cerrada años atrás, donde el aire olía a óxido, humedad y electricidad muerta.
—Llegas tarde… —dijo con una voz tranquila, sin reproche.
Aquello la indignó, y esa indignación la sostuvo un instante.
—No sé qué creen que es esto… —empezó—. Si han usado material de archivo para…
La mujer negó suavemente.
—No has venido por lo que creemos nosotros… has venido porque ya habías empezado a recordar…
Miriam sintió un golpe seco en el pecho. Quiso responder, pero en ese momento uno de los presentes dejó una carta sobre su sección del círculo. Luego otro hizo lo mismo, y otro… Uno a uno fueron dejándole esas extrañas naipes con una pequeña gota de sangre encima, que quedaba absorbida con una lentitud repugnante por la misma carta…
Miriam intentó convencerse de que había un truco, una tinta reactiva, una preparación química… pero la sala se había vuelto densa, pesada, como si el aire se estuviera espesando a su alrededor. Entonces, los presentes empezaron a recitar en una lengua baja y antigua. Ella no la conocía, pero extrañamente, la entendía… no palabra por palabra, sino más bien como se entiende una música demasiado oída. La mujer mayor volvió a hablar sin apartar la vista del centro del círculo:
—No eres la misma —dijo—. Nunca lo sois, pero a veces conserváis más de lo debido…
—¿De qué está hablando?
—Del lugar que vuelve a encontrarte…
La única sección vacía era la que quedaba frente a Miriam con la vela negra correspondiente, que seguía apagada. Ella dio un paso atrás, y notó que el pulso le latía en las muñecas, en la garganta, en las sienes…
—¡No!
La respuesta brotó antes de que comprendiera del todo qué estaba negando… pero entonces la carta apareció… Ni cayó, ni la puso nadie, ni emergió de debajo de nada, sino que un instante el suelo estaba limpio, y al siguiente, la carta ya descansaba allí, sobre el carbón ennegrecido…
Representaba una figura erguida, casi humana, con cabeza de carnero y una hoja larga en la mano. No era ninguno de los arcanos que Miriam recordaba. O quizá sí, en una baraja más antigua, en una versión anterior, en algo que no había estudiado pero que una parte de ella reconoció con terror…
Las sombras del círculo ganaron profundidad, y las velas se inclinaron como si un viento circular respirara desde dentro del dibujo. Entonces llegó una voz oscura que sonó dentro de su cabeza:
—El paso volverá a abrirse…
Los presentes inclinaron la cabeza. En ese momento Miriam no pudo mover un músculo, y mediante un flash pudo “ver”:
No era una vida pasada, ni una escena completa… solo fragmentos: Piedra húmeda, dedos cubiertos de tinta, un círculo parecido pero más tosco, una muchacha arrodillada llorando sin ruido, una mano, quizá la suya, trazando una línea final… No eran recuerdos, eran restos adheridos de otras épocas que el tiempo no había conseguido destruir.
—¡La que abrió antes abrirá otra vez! – gritó la voz oscura.
Miriam sintió náuseas, pero entonces comprendió, de un modo sin palabras, que los Apóstoles la estaban esperando porque ella había sido elegida para un cometido.
Pensó en la carpeta sin registro, en las cartas de tarot, en la facilidad con que había entendido frases que no había estudiado, en la obstinación que la había empujado hasta allí… y se dio cuenta de que no había descubierto un secreto, sino que el secreto la había llamado.
La voz habló de nuevo, y esta vez ya no sonó remota.
—Dentro de un año emergerá el verdugo que se alimenta del conflicto y el deseo de poder, debemos estar preparados…
La figura de la carta pareció adelantarse un milímetro, lo suficiente para que Miriam comprendiera que no era una ilustración sino una promesa.
Entonces, las velas se apagaron de golpe y todo quedó inquietantemente en silencio y a oscuras...
Cuando la luz de emergencia del pasillo volvió a encenderse unos segundos después, descubrió que la sala estaba vacía: no había rastro de los presentes; solo el círculo, las cartas y la suya, aún en su lugar. Miriam la recogió con dedos entumecidos y notó que el cartón estaba todavía tibio…
¿Era real lo que acababa de vivir?
Durante los días siguientes volvió a la carpeta. Ya no buscaba pruebas para refutar nada, buscaba instrucciones. Entonces, descubrió unas solapas pegadas en los laterales de esa carpeta. Las despegó con cuidado y encontró unos papeles amarillentos con un registro incompleto fechado en 1284. Era una lista de nombres, oficios y sustituciones, aunque varias entradas estaban borradas por la humedad.
Miriam creyó que encontraría allí su nombre, o una versión antigua suya. Pero no había un nombre, había una función: “La recibida asistirá al siguiente signo.”
Debajo, otra mano había escrito: “No recuerda por sangre. Recuerda por uso.”
Entonces lo entendió: aquellos recuerdos no eran exactamente de una vida anterior. Eran restos de todas las que habían ocupado antes su lugar como elegidas por la Logia: personas usadas para abrir grietas, sostener círculos, pronunciar palabras prohibidas o mantener unido, durante unos segundos, el hilo entre este mundo y el de abajo.
La Logia no conservaba almas, conservaba gestos, herramientas… en definitiva cuerpos capaces de recordar cómo se obedece a la oscuridad…
Entre los documentos encontró una carta extraña que mostraba una figura erguida, casi humana, con cabeza de carnero y una hoja larga en la mano. Debajo había una fecha y una dirección:
“Abril de 2000. La ciudad baja.”
.
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Pasaron los meses y Miriam fingió seguir con su vida, pero cada noche volvía a mirar aquel punto señalado en el plano urbano: una gran ciudad de avenidas, túneles y edificios altos, construida sobre capas de piedra, alcantarillas y estaciones abandonadas. Comprendió entonces que ella, mediante esa sabiduría oscura que la había elegido, tenía el cometido de marcar el lugar donde la criatura se acabaría de manifestar..
La maldición ya la estaba llamando, y el signo cornudo regresaría por su propio camino.
Finalmente, llegó el 19 de abril del año 2000. Bajó del tren en la estación central con una mochila y la carta escondida en un libro.
A medianoche, mientras arriba seguían los coches, las luces y las voces, Miriam descendió por una entrada de servicio hasta una estación cerrada años atrás, donde el aire olía a óxido, humedad y electricidad muerta.
Cuando llegó al fondo del andén, notó que la carta empezaba a estar tibia. Entonces, no necesitó leer las palabras, porque ya estaban dentro de su cabeza. Había comprendido quién era: Miriam Booker, sí, pero también todas las voces usadas antes que ella… unas voces preparadas durante siglos para servir de puente cuando el submundo roza la superficie y quiere salir...
Pronunció la fórmula sin apenas mover los labios, y algo golpeó desde el otro lado… Luego, mientras una sombra con cuernos envuelta en un denso humo empezaba a recortarse al final del túnel, Miriam entendió la última enseñanza de los Acólitos:
“Hay secretos que no sobreviven porque alguien los recuerde, sino porque siempre encuentran a alguien dispuesto a abrirles la puerta…”
Pronunció la fórmula sin apenas mover los labios, y algo golpeó desde el otro lado… Luego, mientras una sombra con cuernos envuelta en un denso humo empezaba a recortarse al final del túnel, Miriam entendió la última enseñanza de los Acólitos:
“Hay secretos que no sobreviven porque alguien los recuerde, sino porque siempre encuentran a alguien dispuesto a abrirles la puerta…”
© 2026 Josep Maria Solé. Todos los derechos reservados.
Disturbing Stories, número 130, "La Logia".
Registrado en SafeCreative con el ID: 2605095594496.
Fecha de registro: mayo 2026.
Este relato no puede ser reproducido, distribuido ni modificado sin el permiso expreso del autor.
Disturbing Stories, número 130, "La Logia".
Registrado en SafeCreative con el ID: 2605095594496.
Fecha de registro: mayo 2026.
Este relato no puede ser reproducido, distribuido ni modificado sin el permiso expreso del autor.





