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La señora Nora llevaba treinta y cinco años entrando en aquella aula con las mismas llaves, cuyo metal gastado y redondeado por el uso, a veces le obligaba a girarlas dos veces para que la cerradura cediera. Nunca se había preguntado por qué ocurría eso ni había intentado cambiarlo, porque el gesto formaba parte de una rutina tan antigua como el propio lugar.
 
Era finales de mayo y el aire entraba pesado por las ventanas abiertas, mezclando el zumbido lejano de los insectos con el sonido constante de los bolígrafos deslizándose sobre el papel. Quedaban pocos días para terminar el curso, las notas estaban prácticamente cerradas y la clase se había convertido en una sucesión de repasos tranquilos, ejercicios ya conocidos y despedidas que nadie formulaba en voz alta.
 
El aula era pequeña y familiar hasta el último detalle, con diez pupitres alineados, una mesa para la profesora, una pizarra blanca con una esquina que nunca quedaba del todo limpia y un reloj de plástico que se atrasaba exactamente un minuto cada día. Nora lo adelantaba cada mañana sin falta y jamás intentó arreglarlo, porque con los años había llegado a pensar que aquel defecto era una necesidad de la propia aula.
 
Aquella tarde había diez alumnos sentados en sus pupitres, como casi siempre había ocurrido a lo largo de los años. Algunos eran hijos de antiguos alumnos suyos, como al que le había enseñado a dividir cuando era niño, y ahora observaba con una mezcla de costumbre y extrañeza cómo el hijo copiaba los ejercicios con la misma inclinación torpe de la cabeza de su padre.
 
Antes de empezar la clase, Nora dejó el bolso sobre la mesa y carraspeó con suavidad para llamar la atención.
 
Les explicó que aquel sería su último año dando clase, y añadió que el curso siguiente ya no estaría en el aula, por lo que debían aprovechar bien los últimos días que les quedaban juntos. Los alumnos levantaron la vista con una curiosidad breve y apagada, propia de quien no espera ya grandes novedades a final de curso, y tras un murmullo corto volvieron a sus cuadernos sin hacer preguntas.
Nora escribió en la pizarra y comenzó el repaso de las ecuaciones de primer grado con la misma voz serena de siempre.
 
Apenas habían pasado diez minutos cuando la luz parpadeó de forma casi imperceptible, como un fallo educado que no interrumpía del todo la normalidad. Nadie gritó ni se levantó de su sitio, y Nora siguió escribiendo durante unos segundos más, hasta que una sensación fría le recorrió la nuca y la obligó a volverse.
 
El pupitre de la segunda fila estaba vacío.
Nora pronunció el nombre de Clara de manera automática, convencida de que la alumna se habría levantado sin que ella se diera cuenta, pero se detuvo al comprobar que no había mochila, ni estuche, ni chaqueta en la silla. Volvió a llamarla, esta vez con un tono más firme, y preguntó si había salido un momento.
 
Los alumnos la miraron con desconcierto, y una de las niñas le respondió que no sabían de quién estaba hablando, porque en aquella clase no había ninguna Clara. Nora sonrió con nerviosismo y señaló el pupitre, insistiendo en que la alumna había estado sentada allí hacía apenas un instante.
 
Uno de los niños le explicó entonces que ese sitio llevaba vacío todo el curso, y que ella misma siempre decía que no lo utilizaran. Nora sintió un pinchazo seco en el estómago y abrió la libreta de control con manos cada vez menos seguras, buscando un nombre que estaba convencida de haber escrito muchas veces.
 
No encontró nada. En la lista la fila con su nombre simplemente no existía, ni tampoco en ninguno de sus cuadernos de anotaciones.
 
Convencida de que debía de tratarse de un despiste provocado por el cansancio acumulado de final de curso, o quizás una jugarreta que habían elaborado los alumnos para gastarle una broma. Fuera lo que fuese, murmuró que la alumna habría salido al baño y continuó la clase, aunque ya no pudo dejar de mirar aquel pupitre...
 
Quince minutos después, la luz volvió a fallar, y en esta ocasión el apagón duró lo suficiente como para que la oscuridad resultara total durante varios segundos. Nora pidió a los alumnos que no se movieran, sin saber exactamente por qué había dicho aquello.
 
Cuando la luz regresó, otro pupitre estaba vacío, el del fondo junto a la ventana.
 
Nora dejó caer la tiza y afirmó en voz alta que aquello no podía estar pasando, mientras los alumnos comenzaban a mirarse entre ellos con inquietud. Caminó hasta la puerta y la empujó con fuerza creciente, comprobando que no estaba cerrada con llave, sino que simplemente no se abría, como si siempre hubiera sido así.
 
Con el corazón latiéndole con violencia, regresó al centro del aula y explicó que alguien había estado sentado allí hacía solo unos segundos, aunque uno de los alumnos le respondió que ella siempre decía que ese pupitre tampoco debía usarse. Nora dio un paso atrás, consciente de que jamás había pronunciado esa frase.
 
La tercera desaparición ocurrió poco después, cuando la luz volvió a parpadear con un ritmo que a Nora le recordó a una respiración lenta. Al regresar la claridad, solo quedaban siete alumnos sentados, y esta vez Nora gritó los nombres de los ausentes, exigiendo explicaciones y suplicando que alguien recordara algo que le pudiera confirmar que no estaba perdiendo la razón.
 
Nadie recordó nada.
 
Ella sí recordaba cada rostro, cada voz y cada ejercicio corregido esa misma semana, y comenzó a temblar al darse cuenta de que era la única que conservaba esos recuerdos. Los alumnos la observaban en silencio, sin pánico ni llanto, como si esperaran instrucciones precisas que ella no sabía darles.
 
Fue entonces cuando reparó en una libreta antigua de tapas duras que había aparecido abierta sobre su mesa, una de las muchas que guardaba desde hacía años en el cajón y que no recordaba haber sacado. En la página abierta había una frase escrita a lápiz con una caligrafía infantil que no reconoció: QUÉDATE.
 
Nora cerró la libreta de golpe y negó en voz baja, incapaz de aceptar lo que estaba viendo. Entonces, la luz volvió a apagarse, y cuando regresó solo quedaban seis alumnos en el aula.
 
El orden del lugar se había vuelto casi antinatural, con los pupitres alineados con una precisión excesiva y un aire espeso que parecía desalentar cualquier movimiento. Nora abrió la libreta de nuevo con manos temblorosas y encontró más frases escritas: NOS ENSEÑA… SIEMPRE SEGUIMOS…
 
Nora murmuró que aquello solo era un aula y no una cosa viva, pero la tiza comenzó a rodar lentamente por la mesa hasta detenerse en el borde, como si alguien hubiera querido llamar su atención sin hacer ruido. En ese momento comprendió que esas palabras no se trataban de una amenaza, sino de una explicación torpe y sincera.
 
Las desapariciones continuaron, con apagones cada vez más largos y un silencio cada vez más profundo que se instalaba en el aula tras cada regreso de la luz. Nora habló sola durante esos minutos, suplicando y negociando, recordando que el curso estaba prácticamente terminado y que los alumnos ya habían aprobado… hasta que luego, cuando ya solo quedaban dos alumnos, lo comprendió todo: durante treinta y cinco años el aula había acumulado atención, paciencia y repetición, y que de ese hábito había aprendido a esperar siempre algo más, sin entender nunca la idea de un cierre. No se aferraba a cuerpos ni a recuerdos concretos, sino a la presencia que los había llenado, y carecía de cualquier noción de cómo detenerse.
 
El último apagón llegó sin aviso y, cuando la luz regresó, solo quedaba un niño sentado frente a ella. Nora se arrodilló con cuidado, como si un movimiento brusco pudiera romper lo poco que quedaba, y le sonrió pese al temblor que le apretaba la garganta.
 
—Se ha acabado —susurró—. Has hecho un buen trabajo, ya puedes irte…
 
—¿A casa? —preguntó el niño, tranquilo.
 
—A casa —repitió ella—. Ahora mismo.
 
—¿Y usted?
 
Nora sostuvo la sonrisa un segundo más, como quien coloca bien una última palabra antes de cerrar un cuaderno.
 
—Yo me quedo a recoger.
 
La luz se apagó de nuevo y, cuando volvió, el pupitre estaba vacío.
 
El aula quedó en silencio, y Nora abrió la libreta una última vez para leer de nuevo la palabra “QUÉDATE”.
 
Nora cerró la libreta con cuidado, observó el aula vacía y comprendió por fin que no estaba ante una voluntad cruel, sino ante algo que había aprendido mal.
 
Abrió de nuevo la libreta y la caligrafía infantil escribió de nuevo, despacio: NO QUIERO QUE TERMINE. Durante treinta y cinco años, aquel lugar había escuchado su voz, los nombres, las correcciones, la paciencia repetida tarde tras tarde… Algo allí había despertado con el tiempo y ahora confundía terminar con desaparecer.
 
Pasó la página: LOS GUARDO.
 
Entonces Nora lo comprendió del todo: el aula no había retenido a los alumnos por maldad, sino porque no sabía dejarlos marchar… y tampoco quería perderla a ella…
 
La siguiente frase apareció con mayor lentitud: SI TÚ TE QUEDAS, ELLOS VUELVEN.
 
Nora leyó aquellas palabras sin moverse. Bajo el suelo seguía vibrando aquel zumbido tenue y extraño, profundo, como si procediera de algo enterrado allí desde mucho antes que el edificio.
 
Apoyó una mano sobre la libreta.
 
—Una clase también termina, —murmuró— y dejar ir es una parte importante de enseñar.
 
La página quedó en blanco unos segundos.
 
Luego se escribió: NO SÉ.
 
Nora asintió.
 
—Ya lo aprenderás.
 
Esperó un instante más, y al final apareció una única palabra: SÍ.
 
Entonces dejó la libreta sobre la mesa, caminó hasta el interruptor y recorrió con la mirada el aula entera, aceptando su cometido final.
 
—Devuélvelos a casa.
 
Y apagó la luz.
 
.
.
.
 
Aquella misma tarde, poco después de la hora en que solían terminar las clases, los niños fueron apareciendo en sus casas. Algunos llegaron andando, todavía aturdidos, con la sensación confusa de haber salido antes de lo normal; otros fueron vistos por sus padres en el portal o en la esquina de siempre, como si hubieran regresado solos sin recordar bien el camino, pero todos estaban bien.
Nadie volvió a ver a la señora Nora.
Al día siguiente, el local amaneció cerrado. No abrió esa tarde, ni la siguiente, ni ninguna otra. Al principio, los padres pensaron en una urgencia o en una despedida precipitada; después, simplemente buscaron otro lugar donde llevar a sus hijos el siguiente curso. Nunca supieron qué había sido de la profesora ni por qué aquella pequeña aula de repaso había quedado vacía de un día para otro.
 
Con los años, sin embargo, todos aquellos alumnos conservaron algo en común: la paciencia al repetir, la costumbre de ayudar a quien iba más despacio y la convicción de que entender algo a veces solo exige quedarse un poco más.
 
Quizá, en algún lugar que no se parecía ya del todo a un aula ni del todo a un recuerdo, la señora Nora seguía allí, en ese espacio atemporal y eterno, que sin querer había dotado de vida propia, poniendo orden en el silencio y enseñándole por fin a despedirse a aquello que nunca había sabido terminar…


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© 2026 Josep Maria Solé. Todos los derechos reservados.
Disturbing Stories, número 119, "Aula de Repaso".
Registrado en SafeCreative con el ID:
2605095594434.
​Fecha de registro: mayo 2026.
Este relato no puede ser reproducido, distribuido ni modificado sin el permiso expreso del autor.
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070626


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