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TEASER
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El Peugeot eléctrico se detuvo frente a un cartel desvencijado por la lluvia, justo cuando la tormenta pareció cerrarse sobre la carretera como una cortina negra.
“MOTEL LOCKWOOD – Desde 2031”
El neón parpadeaba sobre una fachada de madera oscura, hinchada por la humedad, y el edificio no daba la impresión de estar abandonado, sino de llevar demasiado tiempo esperando a que alguien cometiera el error de entrar.
Pierre apagó el motor con un suspiro exagerado.
—Otra noche más en el paraíso…
Marta prefirió no contestar aquella vez. Llevaba dos horas guardando silencio, cansada de la misma discusión, del mismo perdón mal encajado y de aquella nueva oportunidad que ya empezaba a parecer una condena.
—Será solo una noche, te lo prometo —añadió él, señalando el motel con una sonrisa que pretendía ser encantadora.
Corrieron bajo la lluvia hasta la recepción. Dentro olía a madera mojada, barniz viejo y algo más difícil de nombrar: una mezcla de sótano cerrado y tierra recién removida. Detrás del mostrador, un hombre calvo, con gafas opacas y rostro inexpresivo, que escribía en una libreta de tapas negras.
—Necesitamos una habitación para pasar la noche —dijo Pierre.
El recepcionista no levantó la vista.
“MOTEL LOCKWOOD – Desde 2031”
El neón parpadeaba sobre una fachada de madera oscura, hinchada por la humedad, y el edificio no daba la impresión de estar abandonado, sino de llevar demasiado tiempo esperando a que alguien cometiera el error de entrar.
Pierre apagó el motor con un suspiro exagerado.
—Otra noche más en el paraíso…
Marta prefirió no contestar aquella vez. Llevaba dos horas guardando silencio, cansada de la misma discusión, del mismo perdón mal encajado y de aquella nueva oportunidad que ya empezaba a parecer una condena.
—Será solo una noche, te lo prometo —añadió él, señalando el motel con una sonrisa que pretendía ser encantadora.
Corrieron bajo la lluvia hasta la recepción. Dentro olía a madera mojada, barniz viejo y algo más difícil de nombrar: una mezcla de sótano cerrado y tierra recién removida. Detrás del mostrador, un hombre calvo, con gafas opacas y rostro inexpresivo, que escribía en una libreta de tapas negras.
—Necesitamos una habitación para pasar la noche —dijo Pierre.
El recepcionista no levantó la vista.
—Necesito documento y pago por adelantado.
Pierre dejó escapar una estúpida risa seca, pero pagó. El hombre copió sus datos con una lentitud casi ceremonial, y después dejó una llave física sobre el mostrador.
—La habitación cuatro está arriba, pasillo izquierdo.
Subieron por unas escaleras que crujían bajo sus pies con un quejido extraño. La habitación era estrecha, con flores desteñidas en las paredes, una cama demasiado grande y una televisión en la pared. Pierre dejó la maleta junto a la puerta y miró alrededor con una fingida resignación.
—Podría ser peor, pero servirá.
Marta observó el baño del fondo, cuya puerta de madera estaba ligeramente abombada por la humedad.
—Este sitio no me gusta nada, Pierre.
Él ya tenía el móvil en la mano.
—Cinco minutos y vuelvo contigo, palabra. Han sido demasiadas horas en la carretera, cariño, disculpa.
Y se encerró en el baño antes de que ella pudiera responder.
Abajo, la puerta principal volvió a abrirse y dejó entrar otra ráfaga de lluvia. Un hombre trajeado apareció tambaleándose, con el aliento cargado de whisky y la voz pastosa. Exigió una habitación, protestó por el precio y golpeó el mostrador cuando el recepcionista repitió la misma exigencia de documento y prepago.
La casualidad quiso que, unos minutos después, dos policías entraran para refugiarse de la tormenta. Al ver la escena, intentaron contener al borracho con una calma rutinaria, pero él empujó a uno de ellos y convirtió el incidente en una escena. Hubo un forcejeo breve, un destello azul de táser, y el cuerpo del hombre cayó sobre el parqué con un golpe seco.
Entonces el suelo respiró. Inexplicablemente, las tablas se curvaron bajo los agentes, se separaron unas de otras y se alzaron como raíces endurecidas. La mujer gritó al sentir cómo la madera le envolvía los tobillos, mientras su compañero intentaba sacar el arma sin conseguir levantar el brazo. El parqué los elevó apenas unos centímetros, los hizo golpear con una fuerza brutal y después abrió una grieta oscura en el suelo.
El borracho, horrorizado, quiso arrastrarse hacia la salida, pero el recepcionista levantó la cabeza y descubrió que detrás de las gafas opacas, sus ojos eran completamente blancos.
La madera se cerró alrededor del hombre con una paciencia carnívora: primero las piernas, luego el pecho, después la garganta… Sus uñas arañaron el suelo hasta que terminó sucumbiendo. En menos de un minuto toda esa amalgama de raíces de madera volvió a su sitio, y la recepción volvió a quedar limpia, quieta, y obediente.
El recepcionista pasó una página de su libreta y siguió escribiendo tranquilamente.
Arriba, Pierre no había oído nada. Sentado en el baño, sonreía ante la pantalla del móvil mientras redactaba un mensaje que no debía enviar a una de sus “musas”. Buscaba la frase exacta, una mezcla de ingenio y deseo barato que le permitiera sentirse todavía brillante.
Entonces, la pared crujió a sus espaldas. Cuando levantó la vista, las tablas del baño se estaban combando hacia dentro. Al principio creyó que era un efecto de la humedad, pero luego vio cómo la madera se separaba de la pared y avanzaba hacia él con una intención clara.
—¡Marta, deberías venir a ver esto!
De repente, la puerta del baño se cerró de golpe. En ese momento, Pierre se puso de pie, torpe y asustado, descubriendo que la madera ya le había atrapado un brazo. Otra tabla le rodeó el cuello, una tercera se hundió bajo sus costillas y el grito que salió de su boca perdió enseguida toda forma humana.
Marta corrió hacia el baño y golpeó la puerta con los puños. Al otro lado oyó jadeos, golpes contra la pared y unos horribles crujidos húmedos. Después, la puerta se abrió sola con un inquietante chirrido…
El baño estaba vacío: no había sangre, ni cuerpo, ni teléfono. Solo quedaba aquel olor a madera mojada, aunque ahora más denso, como si la habitación acabara de alimentarse…
Marta retrocedió hasta chocar con la cama. Entonces, el suelo se abrió alrededor de sus tobillos antes de que pudiera gritar. Las tablas la derribaron y se enroscaron en sus piernas, tirando de ella hacia abajo con una fuerza lenta pero segura. Parecía que todo ya era inevitable...
Entonces, en la planta baja, la puerta principal se abrió sin que nadie la empujara, y todo el motel se detuvo.
No fue exactamente silencio, sino una obediencia absoluta. La madera que sujetaba a Marta dejó de apretar, y el edificio entero quedó suspendido, como si una autoridad más antigua hubiera cruzado el umbral. Ella tiró de una pierna, después de la otra, y consiguió liberarse con los tobillos llenos de astillas.
Debió correr hacia la salida, pero una voz grave subió desde recepción.
—Razel, sal de esa forma miserable.
Marta bajó media escalera, escondida entre las sombras del pasillo, y observó en silencio.
El recepcionista estaba de pie detrás del mostrador. Frente a él había una figura alta, cubierta por una capa oscura que goteaba lluvia sobre el suelo. La capucha ocultaba casi todo su rostro, salvo la piel azulada que brillaba bajo el neón enfermo… En ese momento, el recepcionista sonrió.
—Kronas, no esperaba tu visita esta noche.
Un remolino de partículas oscuras emergió del suelo y giró a su alrededor. Cuando se disipó, el hombre calvo había desaparecido y en su lugar había un joven de belleza rígida, ojos brillantes y sonrisa inhumana. Kronas pasó los dedos por el mostrador, y la madera se estremeció bajo su mano como si le hiciera una reverencia.
—He venido para ver cómo marcha todo.
—Estamos cerca de las mil almas ... Jasper lo confirmó hace poco.
—Entonces el legado empieza a tener raíces.
Razel apoyó una mano sobre la libreta.
—No finjas sorpresa, porque me creaste para esto.
—No, joven Razel, te creé para cumplir una promesa.
Razel bajó la mirada, y por primera vez su voz perdió parte de aquella seguridad monstruosa.
—Azel… mi padre…
El nombre pareció recorrer las paredes mientras el motel crujía despacio, no con hambre, sino con memoria.
—Tu padre salvó a los nuestros y desapareció por ello, —dijo Kronas— y tú has logrado convertir este lugar en su recuerdo.
—El mundo sabrá lo que hizo... – dijo Razel orgulloso.
—Cada alma que entra aquí y no sale mantiene vivo su recuerdo. — Kronas observó a su creación durante unos segundos. — Y su legado perdurará mientras exista memoria.
Razel cerró los ojos, como si aquella frase fuera un alimento distinto al de las víctimas.
—¿Crees que estaría orgulloso de mí?
Kronas le tocó el rostro de una forma casi paternal.
—Tu padre estaría orgulloso de ti.
Marta se quedó inmóvil en la escalera, sin atreverse siquiera a respirar. Ninguno de los dos miró hacia ella: Kronas no la nombró, Razel no la buscó y el motel continuó paralizado bajo aquella presencia azulada que lo mantenía sometido.
Cuando ambos desaparecieron por una puerta lateral que Marta no recordaba haber visto antes, la recepción quedó vacía durante unos segundos preciosos. Luego, decidió bajar tambaleándose.
La libreta seguía abierta sobre el mostrador, y en la última línea completa aparecía el nombre de Pierre Vidal. Debajo, el suyo había quedado escrito solo a medias: “Marta Ro—“
No esperó a que la madera despertara de nuevo y la atrapara, sino que cruzó la recepción, abrió la puerta y salió a la tormenta sin mirar atrás, corriendo lo más veloz que su cuerpo le permitió.
No fue exactamente silencio, sino una obediencia absoluta. La madera que sujetaba a Marta dejó de apretar, y el edificio entero quedó suspendido, como si una autoridad más antigua hubiera cruzado el umbral. Ella tiró de una pierna, después de la otra, y consiguió liberarse con los tobillos llenos de astillas.
Debió correr hacia la salida, pero una voz grave subió desde recepción.
—Razel, sal de esa forma miserable.
Marta bajó media escalera, escondida entre las sombras del pasillo, y observó en silencio.
El recepcionista estaba de pie detrás del mostrador. Frente a él había una figura alta, cubierta por una capa oscura que goteaba lluvia sobre el suelo. La capucha ocultaba casi todo su rostro, salvo la piel azulada que brillaba bajo el neón enfermo… En ese momento, el recepcionista sonrió.
—Kronas, no esperaba tu visita esta noche.
Un remolino de partículas oscuras emergió del suelo y giró a su alrededor. Cuando se disipó, el hombre calvo había desaparecido y en su lugar había un joven de belleza rígida, ojos brillantes y sonrisa inhumana. Kronas pasó los dedos por el mostrador, y la madera se estremeció bajo su mano como si le hiciera una reverencia.
—He venido para ver cómo marcha todo.
—Estamos cerca de las mil almas ... Jasper lo confirmó hace poco.
—Entonces el legado empieza a tener raíces.
Razel apoyó una mano sobre la libreta.
—No finjas sorpresa, porque me creaste para esto.
—No, joven Razel, te creé para cumplir una promesa.
Razel bajó la mirada, y por primera vez su voz perdió parte de aquella seguridad monstruosa.
—Azel… mi padre…
El nombre pareció recorrer las paredes mientras el motel crujía despacio, no con hambre, sino con memoria.
—Tu padre salvó a los nuestros y desapareció por ello, —dijo Kronas— y tú has logrado convertir este lugar en su recuerdo.
—El mundo sabrá lo que hizo... – dijo Razel orgulloso.
—Cada alma que entra aquí y no sale mantiene vivo su recuerdo. — Kronas observó a su creación durante unos segundos. — Y su legado perdurará mientras exista memoria.
Razel cerró los ojos, como si aquella frase fuera un alimento distinto al de las víctimas.
—¿Crees que estaría orgulloso de mí?
Kronas le tocó el rostro de una forma casi paternal.
—Tu padre estaría orgulloso de ti.
Marta se quedó inmóvil en la escalera, sin atreverse siquiera a respirar. Ninguno de los dos miró hacia ella: Kronas no la nombró, Razel no la buscó y el motel continuó paralizado bajo aquella presencia azulada que lo mantenía sometido.
Cuando ambos desaparecieron por una puerta lateral que Marta no recordaba haber visto antes, la recepción quedó vacía durante unos segundos preciosos. Luego, decidió bajar tambaleándose.
La libreta seguía abierta sobre el mostrador, y en la última línea completa aparecía el nombre de Pierre Vidal. Debajo, el suyo había quedado escrito solo a medias: “Marta Ro—“
No esperó a que la madera despertara de nuevo y la atrapara, sino que cruzó la recepción, abrió la puerta y salió a la tormenta sin mirar atrás, corriendo lo más veloz que su cuerpo le permitió.
Nadie creyó del todo su historia, pero el nombre de Lockwood empezó a circular en susurros. Se habló de un motel que respiraba, de un inquietante recepcionista, y de un poderoso ser de piel azul.
Por encima de todos aquellos rumores, un nombre antiguo siguió viviendo en cada huésped que jamás volvió a salir. Ese nombre era el de Azel, y así, durante cincuenta y un años más, la promesa quedó cumplida, hasta que finalmente llegó el fatídico año 2099…
Ese año, cuando el mundo aprendió a temer horrores a escala planetaria, el destino del Motel Lockwood quedó sellado. Sus luces se apagaron, sus paredes dejaron de respirar y su hambre encontró algo más grande que ella.
Razel había cumplido su cometido, Kronas honrado su promesa y Azel había perdurado en el recuerdo hasta el final.
Pero ni los monstruos, ni sus casas, ni ciertos linajes malditos resisten para siempre… porque toda sombra que aprende a devorar acaba siendo devorada tarde o temprano…
Por encima de todos aquellos rumores, un nombre antiguo siguió viviendo en cada huésped que jamás volvió a salir. Ese nombre era el de Azel, y así, durante cincuenta y un años más, la promesa quedó cumplida, hasta que finalmente llegó el fatídico año 2099…
Ese año, cuando el mundo aprendió a temer horrores a escala planetaria, el destino del Motel Lockwood quedó sellado. Sus luces se apagaron, sus paredes dejaron de respirar y su hambre encontró algo más grande que ella.
Razel había cumplido su cometido, Kronas honrado su promesa y Azel había perdurado en el recuerdo hasta el final.
Pero ni los monstruos, ni sus casas, ni ciertos linajes malditos resisten para siempre… porque toda sombra que aprende a devorar acaba siendo devorada tarde o temprano…
© 2026 Josep Maria Solé. Todos los derechos reservados.
Disturbing Stories, número 105, "Motel Lockwood".
Registrado en SafeCreative con el ID: 2605095594441.
Fecha de registro: mayo 2026.
Este relato no puede ser reproducido, distribuido ni modificado sin el permiso expreso del autor.
Disturbing Stories, número 105, "Motel Lockwood".
Registrado en SafeCreative con el ID: 2605095594441.
Fecha de registro: mayo 2026.
Este relato no puede ser reproducido, distribuido ni modificado sin el permiso expreso del autor.





