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2074 fue el año en que finalmente tuvo lugar la construcción de la primera colonia lunar de la humanidad. La llamaron Astra-1, y desde la distancia parecía una constelación clavada en polvo: módulos blancos, grúas articuladas, túneles presurizados a medio sellar, y un domo transparente todavía sin terminar que reflejaba la luz cruda del Sol como un ojo ciego.
 
El comandante Ward lo veía cada mañana desde el ventanal del módulo de mando, con el café recalentado flotando en una bolsa y el zumbido constante de los recicladores de aire como único sonido “natural”. Ward no era un soñador; era el tipo de persona que contaba tornillos y revisaba juntas. En la Luna, la fantasía era un lujo peligroso, y allí, lo que no funcionaba, podía llegar a tener consecuencias fatídicas.
Los primeros días transcurrieron como una lista interminable de tareas: soldar, imprimir piezas, desplegar paneles, reforzar el anillo exterior… Los colonos-constructores trabajaban con un ritmo obstinado, sabiendo que el tiempo y el presupuesto no perdonaban. Si lograban cerrar el domo y conectar los módulos, Astra-1 dejaría de ser una obra a medias y se convertiría en un hogar. Si no, sería un monumento caro a la arrogancia humana…
 
Fue pocas semanas después cuando sucedió el primer hecho anómalo. Empezó como empiezan las cosas malas: con algo pequeño, casi ridículo. Una de las operarias de mantenimiento, Alina Weiss, regresó de una inspección exterior con la voz temblando por el canal interno.
 
—Comandante, hay… algo bajo el depósito de regolito… —dijo, y al tragar saliva el micrófono captó un clic seco—. Parece una roca, pero se mueve.
 
Ward ordenó que nadie saliera solo. En la Luna, una roca que se mueve puede ser un desprendimiento, un fallo de soporte, una pieza suelta… nunca fue “un animal”. La vida, les habían dicho, era improbable allí, ya que la Luna era vieja, seca y sin aire: un cementerio de piedra...
 
Sin embargo, cuando Ward observó las imágenes de la cámara exterior, notó el detalle imposible: bajo la sombra del depósito, algo del tamaño de un conejo avanzaba con una torpeza inquietante. No caminaba como un ser orgánico, sino como un conjunto de placas minerales articuladas. Tenía patas, muchas patas, demasiado angulosas para ser cómodas, y un cuerpo abultado que parecía tallado en basalto. Su superficie era gris y rugosa, pero por debajo, en las juntas, asomaban destellos de un brillo oscuro, como si ocultara vidrio volcánico en su interior.
 
En ese momento, alguien, intentando aliviar la tensión, lo bautizó por el intercomunicador:
 
—Pues parece una araña, ¿no? Una fea… araña… lunar…
 
Y así se quedaron: “arañas lunares”. El nombre era simple y ridículo, y por eso funcionó. La humanidad siempre ha intentado domesticar el miedo con palabras…
Durante dos días, solo vieron una. Luego aparecieron dos. Después, cuatro… La colonia estaba todavía a medio construir, y esa era la peor parte. No tenían un perímetro definitivo, ni todas las compuertas listas, ni suficientes cámaras externas. Había cables expuestos, módulos sin sellar, secciones presurizadas conectadas con pasillos temporales... demasiados puntos flacos a ojos de Ward…
 
La primera agresión real sucedió durante el anochecer lunar del sexto día, cuando el Sol se hundía detrás del horizonte y el terreno quedaba a oscuras. Un equipo estaba instalando un panel de refuerzo cerca del generador de energía auxiliar, un cilindro robusto que alimentaba los sistemas críticos en caso de fallo. La señal de la cámara se llenó de estática durante unos segundos y, cuando volvió, se vio a tres figuras con trajes presurizados retrocediendo mientras apuntaban con herramientas como si fueran armas.
 
No era una, ni cuatro… ¡eran docenas! Se movían rápido, más rápido de lo que su aspecto mineral sugería, y avanzaban por el polvo con un sonido que no debía existir en el vacío. No era un “rascar” audible, sino una vibración que llegaba a los trajes y se colaba por los huesos, como si el terreno mismo estuviera produciendo un zumbido bajo sus pies.
 
Las arañas lunares se arremolinaron contra el generador auxiliar con una intención evidente. Sus patas golpeaban la carcasa, y las placas de sus cuerpos se abrían como pétalos de piedra, revelando apéndices más finos, casi filamentos, que se pegaban al metal. Ward vio cómo la lectura del generador cayó de golpe.
 
—¡Retírense al corredor! ¡Ahora! —ordenó, con la voz sonando demasiado fuerte en el canal.
 
El equipo corrió, y una de las operarias tropezó con un cable. Una araña se lanzó hacia ella, y Ward, desde dentro, sintió un frío que no tenía nada que ver con la temperatura. La criatura golpeó el visor con el cuerpo y lo agrietó como si fuera cristal barato. La operaria intentó levantarse, y otra araña se aferró a su bota, clavando algo invisible en la suela. El traje marcó pérdida de presión en rojo, y luego hubo un grito ahogado, no por el sonido, sino por la respiración que se descontroló. A continuación, la cámara se llenó de polvo.
 
El equipo logró arrastrarla dentro, sellar la compuerta, y cortar el paso temporal con una barrera de emergencia. Milagrosamente, la operaria sobrevivió, pero su mirada mostraba la de alguien que acababa de ver algo horripilante...
 
Los días siguientes fueron un hostigamiento continuo. Las arañas no atacaban como animales hambrientos, y tampoco buscaban comida ni refugio en el sentido humano. Aparecían donde dolía: en los acoples, en los depósitos de agua, en los cables de comunicación… como si su objetivo fuera desmantelar la colonia pedazo a pedazo, obligarla a sangrar aire, energía y tiempo, hasta que los humanos se rindieran por puro agotamiento.
 
Ward organizó patrullas exteriores con drones y con dos equipos armados con herramientas adaptadas: lanzadores de micro-cargas, chorros de resina sellante, cortadores térmicos... Hicieron lo que pudieron, improvisando en un entorno donde cada error costaba oxígeno.
 
Las arañas, sin embargo, aprendían. Cuando los drones se acercaban, las criaturas se quedaban inmóviles, haciéndose pasar por rocas. Sus cuerpos se confundían con el regolito, y el software de detección no sabía qué señalar. Cuando los humanos salían, las arañas se movían en grupo, rodeando siempre por zonas de sombra, como si supieran que allí eran menos visibles.
 
Días después, en una reunión tensa, con las paredes del módulo de mando vibrando por el paso de los recicladores, alguien pronunció lo que todos pensaban y nadie quería decir:
 
—Tenemos que considerar la evacuación...
 
La palabra quedó flotando como una amenaza. Evacuar significaba abandonar Astra-1, dejarla allí a medio construir, admitir ante la Tierra que la Luna los había escupido. Significaba, sobre todo, que las arañas ganaban…
Ward miró las pantallas con el perímetro incompleto, con las lecturas de presión bajando cada día un poco, con las listas de piezas dañadas acumulándose, y sintió, por primera vez en su carrera, la sospecha de que la disciplina no iba a ser suficiente.
 
La noche siguiente, el ataque fue peor. Las arañas llegaron en oleadas, saliendo de las grietas y de detrás de los módulos. Se abalanzaron contra la sección de impresión 3D, donde fabricaban repuestos, y contra la unidad de filtrado de agua, un sistema delicado que no podían perder. La colonia se llenó de alarmas, y las luces parpadearon. Luego, varias cámaras exteriores se apagaron a la vez, como si algo hubiera cubierto sus lentes con polvo o con sus propios cuerpos.
 
Ward coordinó la defensa desde el interior, enviando drones, cerrando compuertas, aislando módulos… pero, aun así, sintió que todo era insuficiente, como intentar detener una marea con las manos. Si perdían el agua o la impresión, Astra-1 estaría condenada…
 
Entonces ocurrió algo inesperado: en la pantalla térmica, apareció una forma que no correspondía a nada humano ni a ningún dron conocido. Un objeto alargado descendió desde el cielo negro, sin llamarada y sin ruido. No aterrizó; se posó con una precisión inquietante cerca del perímetro incompleto, justo donde las arañas se agrupaban con más densidad.
 
De esa vaina salieron unas figuras. Entonces, rápidamente los técnicos de Ward buscaron la cámara que tenían más cerca y que aun funcionara. Tras conectarla hicieron un zoom hacia esos misteriosos nuevos actores.
 
No caminaban como los humanos con trajes pesados, sino que se movían con una fluidez extraña, como si la gravedad lunar fuera un terreno familiar y no una anomalía. Sus cuerpos eran más delgados, con extremidades largas, y sus cascos no reflejaban la luz de la misma manera. Tenían un acabado mate, oscuro, con líneas finas que parecían grabadas, y en sus manos sostenían dispositivos que no se parecían a herramientas humanas.
 
Al principio, Ward pensó que eran un equipo de rescate enviado desde la Tierra, algún grupo de intervención que no había sido anunciado. Pero no había transmisión, ni protocolos, ni nada… Así que constató, por descarte, que esos cuerpos podrían pertenecer a seres de otro mundo…
En ese momento, las figuras alzaron sus dispositivos, y un pulso invisible recorrió la superficie. Las arañas lunares se detuvieron a la vez, como si alguien hubiera apagado un motor. Varias se estremecieron, y sus patas se clavaron en el polvo. Algunas intentaron moverse, pero era como si sus articulaciones hubieran perdido coherencia. Luego, las figuras avanzaron, y el pulso se repitió, más intenso. Esta vez, ¡las arañas se deshicieron! No explotaron ni ardieron, simplemente se agrietaron, como rocas sometidas a una presión imposible, y sus cuerpos se separaron en fragmentos que flotaron un instante antes de caer. En los huecos donde antes había destellos oscuros en el radar térmico, quedó un polvo brillante que se dispersó como ceniza.
 
Ward sintió un escalofrío que no debería existir en un módulo presurizado y cálido.
 
—¿Quiénes demonios son? —murmuró alguien, y el canal quedó en silencio.
 
Los recién llegados se movieron con rapidez, cubriendo los puntos más comprometidos. Sus pulsos no solo repelían a las arañas; parecían desactivar algo dentro de ellas, como si golpearan una frecuencia exacta. En menos de quince minutos, el asalto se transformó en retirada. Las arañas restantes se dispersaron hacia las sombras, desapareciendo entre rocas como si se tragaran a sí mismas.
 
La colonia, por primera vez en días, respiró… pero el alivio duró poco, porque el miedo cambió de forma. Ahora no solo tenían arañas, sino que también tenían forasteros desconocidos caminando hacia sus compuertas.
 
Ward ordenó el cierre total del perímetro, salvo una esclusa de contacto. A través del cristal reforzado, vio a tres de las figuras acercarse, y una de ellas llevaba en el pecho una marca, una especie de símbolo que no parecía decorativo, sino funcional: como un triángulo o una cicatriz.
 
Cuando abrieron el canal de comunicación, no hubo voz humana. Al principio solo sonó un chirrido, como piedra rozando metal, y luego una secuencia de tonos que no correspondían a ningún idioma terrestre. Durante unos segundos, Ward creyó que sería imposible entenderlos.
 
Entonces, una voz sintética, con acento extraño y pausas demasiado largas, habló en un castellano rígido, aprendido como quien aprende una fórmula matemática.
 
—No atacamos. Venimos a detener a las criaturas. Hemos perdido… tres nuestros.
 
Ward tragó saliva.
 
—Identifíquense —dijo, manteniendo la calma como si fuera un arma más.
 
Hubo una pausa, y la figura inclinó la cabeza, como si eligiera entre opciones.
 
—Nuestro nombre de raza no cabe en su boca. Tampoco en su escritura. Somos los últimos. Nos llaman… de muchas maneras. Pueden llamarnos como prefieran.
 
Ward sintió que la palabra “últimos” pesaba demasiado para ser una simple descripción. Miró a su alrededor: rostros tensos, ojos rojos de insomnio, manos temblando sobre controles… Nadie se atrevía a hablar… Entonces, la voz continuó, y ahora sonaba menos mecánica, como si se ajustara a la respiración humana, aunque no respirara.
 
—Viajamos por siglos. Buscamos lunas con condiciones favorables para nosotros. Detectamos esta luna porque pasábamos cerca. Llegamos… y encontramos a las criaturas. Son antiguas aquí. No son de ustedes. No son de la Tierra.
 
Esa frase cayó como un martillo. “Antiguas aquí.” La idea de que algo había vivido bajo el polvo lunar, esperando, era peor que cualquier invasión desde el espacio.
 
—Vimos su construcción —prosiguió la voz—. Vimos su colonia abierta. Las criaturas reaccionaron. Son… territoriales. Consumen metal. Consumen estructura. Su colonia las atrae. Si no las detienen, volverán. Siempre vuelven.
 
Ward apretó la mandíbula.
 
—¿Qué quieren?
 
La figura dio un paso más cerca del cristal, y el símbolo de su pecho captó una línea de luz.
 
—Asentarnos cerca. Un tiempo. A cambio, les ayudaremos a defenderse y a erradicarlas. Podemos hacerlo. Pero no solos. Somos pocos. Somos… el final.
 
En el módulo de mando, la palabra “asentarse” encendió otra alarma, una que no estaba en ninguna pantalla. Ward escuchó murmullos detrás: “¿Y si son una avanzadilla?”, “¿Y si eso es lo que quieren, quedarse con la colonia?”, “¿Qué hacen aquí realmente?”
 
Ward los entendía. Habían construido Astra-1 para ser el primer paso humano fuera de la Tierra, no para compartirla con desconocidos que hablaban como máquinas y mataban criaturas con pulsos invisibles. Sin embargo, también recordaba el visor agrietado de Alina, el grito sin sonido, la lectura del generador desplomándose… Recordaba que estaban perdiendo…
 
—No confío en ustedes —dijo Ward, y su honestidad sonó más segura que cualquier diplomacia—, pero lo que han hecho… nos ha salvado.
 
La figura no respondió de inmediato. Parecía aceptar la desconfianza como quien acepta la gravedad: de forma inevitable.
 
—No pedimos confianza —dijo al fin—. Pedimos oportunidad. Y un lugar para esperar el fin con dignidad…
 
Las deliberaciones duraron horas, con la Tierra retrasando respuestas por los minutos eternos de transmisión. Hubo discusiones, amenazas veladas, propuestas de encierro, exigencias de pruebas... Ward, mientras, observaba las cámaras exteriores. A lo lejos, en la sombra de un cráter, algo se movía apenas: un bulto de roca con demasiadas patas, como si estuviera escuchando…
 
Al final, la lógica se impuso a la sospecha, no porque la sospecha se fuera, sino porque el miedo a las arañas era más inmediato. Los forasteros habían perdido a tres de los suyos defendiendo la colonia humana, y ese detalle, cruelmente, funcionó como moneda. La muerte compartida es una forma antigua de pacto.
 
Se acordó un tratado provisional: se les permitiría asentarse en una zona cercana a Astra-1, fuera del perímetro principal, en una meseta protegida por rocas. Tendrían acceso limitado a recursos, y a cambio ayudarían a fortificar la colonia y a eliminar la amenaza de las arañas lunares.
 
Cuando Ward informó la decisión, lo hizo con una voz que pretendía ser firme.
 
—Podrán quedarse… pero habrá reglas, y vigilancia.
 
La figura inclinó la cabeza otra vez.
 
—Aceptamos.
 
Hubo una última cuestión, casi banal, que sin embargo definía el futuro: cómo llamarlos. Ward sabía que los humanos necesitan nombres como necesitan mapas. Si algo no tiene nombre, no se puede colocar en la mente.
 
—Díganos cómo quieren que los llamemos. —pidió.
 
La voz tardó un momento en responder, y Ward tuvo la impresión de que, detrás de aquel traductor, había una tristeza antigua, un cansancio de siglos acumulado.
 
—Nosotros vivimos… fuera. Fuera de todo. Fuera de los mundos que ya no existen. Fuera de nuestra historia. Si necesita un nombre simple… llámenos Los Exteriores.
 
El silencio que siguió no fue de alivio, sino de comprensión. Astra-1 acababa de convertirse en un lugar compartido, un rincón del universo donde dos especies, ambas asustadas a su manera, intentaban sobrevivir.

Esa noche, mientras los humanos reforzaban compuertas y los Exteriores instalaban estructuras extrañas que parecían crecer del suelo como huesos negros, Ward volvió a mirar el horizonte lunar. La sombra del cráter seguía allí, inmóvil… pero en su pantalla, por un instante breve, un punto brillante se encendió bajo el polvo, como un ojo abriéndose.
 
Ward pensó en las palabras del extranjero: “si no las detienen, volverán. Siempre vuelven...”, y comprendió que lo que habían ganado no era la paz, sino tiempo… porque en la Luna, bajo la piedra antigua, la amenaza real parece que no había llegado de ningún sitio: siempre había estado allí, aguardando. Y la moraleja era tan simple como terrible: no todo lo que permanece en silencio está deshabitado…
Explora un cuaderno de campo elaborado por el grupo de exploradores:
© 2026 Josep Maria Solé. Todos los derechos reservados.
Disturbing Stories, número 251, "Alien Park".
Registrado en SafeCreative con el ID:
2601264369292.
​Fecha de registro: Enero 2026.
Este relato no puede ser reproducido, distribuido ni modificado sin el permiso expreso del autor.
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