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Muchas veces escondemos algo porque no queremos asumir las consecuencias de nuestros actos.

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Algunas personas lo entierran, otras lo disimulan bajo una rutina que no chirría, y otras aprenden a respirar con el nudo en la garganta como si fuera parte del cuerpo. Hay quienes, incluso, deciden caminar hacia lugares donde el polvo y el silencio puedan cubrir un poco sus huellas… pero el silencio guarda mejor las verdades que las mentiras…
El lugar era una cantina como tantas otras. No tenía nombre pintado en la fachada, o quizá lo tuvo y el sol lo borró con el tiempo. La madera de las paredes estaba hendida por el viento abrasador y la puerta batiente exhalaba un crujido que parecía viejo incluso en el recuerdo. Dentro, el aire era espeso, cargado del aguardiente barato que descansaba en botellas idénticas y de un perfume tenue de aceite rancio, sudor y cuero. Había polvo… mucho polvo… acomodado en los alféizares, en las vigas del techo, quieto y atento, como si escuchara…
 
El calor llegaba desde todas partes, no sólo desde el sol que aplastaba el pueblo, también desde las paredes que guardaban la temperatura como una memoria. Los vasos de vidrio sudaban, los espejos estaban opacos, y la pianola del rincón, callada desde hacía meses, tenía sobre las teclas una capa pálida que nadie se atrevía a soplar. Se oían cuchicheos, algún carraspeo, el roce de una silla, pero por encima un silencio con intención, el de los lugares donde conviene hablar poco para no fabricar problemas.
 
En un rincón, un hombre esperaba. No se escondía, pero había elegido ese ángulo del salón por pura costumbre: pared a la espalda, campo de visión abierto, y mesa contra la sombra para que el brillo de la tarde no le hiciera guiños a sus ojos. El sombrero echado adelante le dibujaba la mirada en media luna, y la bufanda, de lana fina a pesar del calor, le cubría la mitad inferior del rostro con un gesto que parecía más una costumbre que un disimulo. Tenía los movimientos medidos; olía a caballo, y con algo de polvo adherido a la piel. Las manos —libres sobre la mesa— tenían los nudillos marcados y una paciente quietud, la de quien puede moverse rápido, pero elige no hacerlo.
 
No era la primera vez que esperaba en una cantina, ni que el reloj se volvía una piedra pegada al suelo, ni que el sudor le hiciera cosquillas en la nuca sin lograr desconcentrarlo. Había aprendido a dejar que cada minuto hiciera su trabajo.
 
La puerta batió una sola vez y un desconocido entró. Nadie se sorprendió del sombrero ni de la bufanda —eran comunes al polvo y al pudor—, pero un temblor llamó la atención de quien sabe de temblores. No era de miedo, o no solo: era un temblor que nacía de una tensión interior mal disimulada, un desajuste en la respiración que no se decide entre correr o hablar. El desconocido se acercó sin mirar a nadie, con la determinación de quien lleva una frase aprendida y tiene prisa por soltarla para que deje de quemar. Los pasos fueron firmes, pero la suela dejó apenas ruido en el suelo; la tela del abrigo —demasiado limpio para ese paisaje— apenas se rozó al doblar el codo.
 
Frente al hombre del rincón, el desconocido dejó caer, con cuidado deliberado, un maletín. No era voluminoso, pero pesó sobre la madera con un golpe corto, contundente, como si dentro llevara un corazón de plomo. Luego, junto al maletín, depositó un fajo de billetes. No demasiados para despertar sospechas de locura, no tan pocos como para ofender. Billetes viejos, manoseados, pero reales. El desconocido alzó un instante la vista, como para comprobar si la transacción tenía testigos o si el destino les regalaba discreción.
 
  • Al llegar al punto de destino —dijo por fin, con una voz que parecía haber ensayado—, tendrá el resto de lo acordado.
 
La frase quedó flotando un momento en el calor. Nadie, aparte de los dos, pareció escucharla. En la mesa cercana, un parroquiano fingió estudiar una grieta en la madera; otro giró la copa para mirar su reflejo deformado en el vidrio y ver si aún conservaba su cara de siempre.
 
El cazador de recompensas no respondió. Su silencio no fue de arrogancia ni de duda: fue un silencio útil, el que separa el trato de las palabras innecesarias. Asintió una vez con la cabeza, y se levantó sin prisa, calculando la distancia hasta la puerta, aunque ya la supiera de memoria, tanteando el aire como si la cantina hubiese cambiado de sitio mientras esperaba. Tomó el maletín por el asa con una naturalidad que delataba familiaridad con pesos traicioneros, comprobó con el pulgar el cierre, y se marchó.
 
La puerta volvió a batir; el calor de afuera, al recibirlo, pareció una especie de saludo áspero. Afuera, el caballo ya lo esperaba. El animal tenía paciencia en los ojos y polvo en las pestañas. Un alazán curtido, con cascos que sabían la diferencia entre arena blanda y piedra traicionera. El hombre le acarició el cuello con dos dedos —un gesto breve, una ceremonia mínima— y colocó el maletín detrás de la montura, asegurado con una tira de cuero que pasó por hebillas pulidas a fuerza de uso. El sudor del caballo olía limpio. La brida, bien engrasada, brilló un instante. No había nadie más en la calle: solo el silencio grande que dejan los pueblos cuando todo el mundo prefiere mirar por la ventana.
 
La misión había comenzado y galopó sin mirar atrás. La palabra “misión” no hacía ruido en su cabeza; no necesitaba hacerlo. En su bolsillo, tanteó contra el pecho algo desconocido con una superficie lisa y metálica, recordando el peso de ese objeto.
 
El sol quemaba el horizonte… era una línea blanca y vibrante que deformaba la distancia. El camino era recto, de esos que parecen prometer que nada va a ocurrir, y por eso se hacen sospechosos. El polvo se levantaba en volutas regulares, como si obedeciera a un metrónomo oculto. Las sombras de los matorrales se recortaban con una exactitud que no parecía de la naturaleza. Todo correcto… demasiado correcto… El hombre lo notó primero en la nuca, luego en la lengua, al final en el estómago: era como un desajuste… algo no estaba bien…
 
En la distancia… algo se acercaba envuelto en una nube de polvo. El hombre apretó los ojos para leer la lejanía como quien lee un texto con letras gastadas. Descubrió que eran dos jinetes… pero iban demasiado erguidos, con la cabeza fija y los codos quietos. Resultaban bastante… inquietantes….
Se estaban acercando peligrosamente y directo hacia él. ¿Alguien le había traicionado? ¿O eran unos forajidos en busca de presas? Su caballo, dócil, ajustó su respiración al trote contenido. La luz le jugó una mala pasada y, por un segundo, pareció que los cascos de los caballos de sus perseguidores no tocaban el suelo... y por mucho que le costara creerlo, así fue. Esos caballos empezaron a flotar, pero no ganaban altura como las aves, sino que apenas se aligeraban, como si el peso hubiera olvidado cómo ejercer su mandato. Las crines se movían con un retraso irreal, y el polvo que debería haber caído tras cada pisada quedaba suspendido, como pequeñas perlas, que luego se disolvían hacia arriba.
 
Entonces empezó un extraño espectáculo: los jinetes empezaron a cometer movimientos erráticos y sin sentido, extendiendo sus extremidades y girándolas de formas extrañas… que segundos después se empezaron a mover de formas antinaturales… hasta que poco a poco se acercaron ambos entre sí… Los jinetes… ¡habían comenzado a fundirse entre sí! No de golpe, sino por partes, en un macabro, tecnológico y sorprendente proceso. El cuero de las riendas se tensó contra nada. Un relincho quedó a medio nacer y se perdió. Entonces esos extraños equinos también comenzaron a deformarse de formas antinaturales y erráticas… hasta que ambos caballos y ambas monturas formaron una extraña amalgama que quedó envuelta en una densa capa de humo.
 
En ese momento, el jinete fugitivo lo vio…
 
Un cuerpo estaba emergiendo del interior del polvo: mitad metal, mitad carne… pura pesadilla. Ese ser sintético no había detenido su marcha, sino que, al contrario: su velocidad estaba aumentando mientras se desplazaba con un número indeterminado de patas metálicas que le proporcionaban el mejor agarre en ese vasto desierto.
 
Su aspecto amenazante era peor en su mitad superior, ya que era un ingenio tecnológico que estaba equipado con unos peligrosos cañones a cada lado. El fugitivo sintió el impulso natural de rodear, de apartarse; pero lo contuvo. A veces, cuando el mundo se vuelve extraño, la mejor defensa es mirar dos segundos más de lo que apetece. Vio la lengua de polvo que el monstruo succionaba a su paso, cada poderoso paso que daba cada una de las decenas de patas metálicas, la multitud de luces que iluminaban su cuerpo…
 
Jackson espoleó al caballo, dando todo lo que tenía. El animal respondió con una zancada poderosa, como si también hubiera reconocido el zumbido del peligro. La mirada del hombre siguió calculando: distancia, ángulo, viento, margen... No iba a entretener la admiración por lo insólito; no ahora. El monstruo, detrás, seguía trabajando. No corría: se deslizaba como una tarántula de pesadilla. Lo inexorable tiene su propio ritmo horripilante…
 
Pero Jackson no era un simple forajido. Los dedos de su mano derecha encontraron, en el interior del abrigo, una forma que había palpado mil veces con respeto. De su abrigo, sacó una esfera metálica, brillante, de otra época, y letal. La sostuvo un instante sobre la palma abierta, como quien presenta un argumento. La esfera, muda, devolvió un destello breve. 
La activó con un gesto mínimo, acostumbrado, como el de quien desarma un rifle que conoce desde hace años. Un clic que no fue clic, un salto del zumbido hacia otra frecuencia, una vibración que le recorrió la muñeca, el antebrazo, el hombro, y pareció encontrar eco en el pecho. Se giró, sin perder el equilibrio mientras seguía galopando a altísima velocidad, con la mirada clavada en el “pecho” de la criatura… y se la lanzó…
 
La esfera cortó el aire con determinación mientras emitía algunos zumbidos y ruidos tecnológicos. Describió una curva que parecía obedecer a otro mapa de fuerzas, y bajó directa hacia el “pecho” de la bestia. El silencio se tensó un instante, pequeño y elástico, como el borde de un tambor.
 
La explosión fue descomunal. No en ruido —aunque hubo ruido—, sino en efecto: el aire se plegó hacia adentro, el polvo se tragó a sí mismo, el mundo parpadeó. La luz, por un segundo, se negó a recordar de dónde venía, y entonces la criatura se abrió como una flor al revés, con pétalos de metal que se retorcieron para volverse sombra. El zumbido cambió a un gemido y luego a nada. La onda de choque barrió la arena, de varios centenares de metros a su alrededor. El caballo de Jackson, valiente y sensato, clavó los cascos y recuperó la vertical con una sacudida orgullosa mientras seguía su incesante marcha.
 
Jackson soltó una carcajada, pero no de satisfacción, sino un exhalar seco, breve, una risa que parecía más el desahogo de un músculo que una emoción. No miró el enorme cráter que quedó, ni la nube de polvo que caía pesadamente, ni la manera en que el sol parecía más frío por un instante… sólo siguió su camino...
 
Horas después… llegó al punto de encuentro, sin haber tenido ningún otro percance. Redujo el paso del caballo y dejó que el animal respirara sin apuro. El sudor se le pegaba a la camisa con la misma paciencia de siempre; el calor, quizá un poco menos cruel, hacía brillar su piel. Desmontó con cuidado, con esa forma de bajar que indica que uno no confunde prisa con torpeza.
 
En ese momento, una silueta salió a su encuentro. No era alta ni baja; no se dejó leer a simple vista. El sol le dibujó un contorno limpio. Llevaba sombrero, pero no llevaba prisa. Se detuvo a un par de pasos y lo miró como se mira a alguien que se esperaba desde hacía semanas y no logra decidir si es un alivio o un problema.
 
  • Muy buen trabajo, Sr. Jackson… —dijo, y la voz tenía una cadencia peculiar, como si arrastrara el eco de otras voces—. Muy rápido… aunque pensé que nunca íbamos a encontrarle.
 
Jackson no se movió, sino que dejó que la frase se acomodara entre los dos. El caballo sacudió la cabeza, inquieto, mientras una gota de sudor frío se desplazaba por la sien del vaquero tras escuchar la palabra “encontrarle” …
 
Y entonces, el cielo se rompió.
 
No lo hizo con truenos ni con lluvia, sino que se quebró como una porcelana, sin esquirlas que cayeran, con una grieta que no era línea y sin embargo lo era. Un sonido muy grave se desplegó en el aire: una estruendosa vibración que subió desde las plantas de los pies hasta las muelas.
 
En ese instante, su “cliente” lo envolvió con una jaula viviente que proyectaron sus ojos… unos ojos no humanos, que mostraron su verdadera naturaleza… En cuestión de segundos reconfiguró su aspecto para mostrar a su ser auténtico: un androide humanoide con aspecto severo. Esa jaula no tenía barrotes, y sin embargo los tenía: líneas de fuerza que se cruzaban y encerraban sin tocar. Era un abrazo frío, de esos que no dejan marcas en la piel, pero calcan su forma en el ánimo.

El forajido solo recordaría la sensación de que la gravedad había decidido colaborar con otros. Reducido… ya no era el cazador… era la presa. Lo supo porque el cuerpo se lo dijo con esa honestidad brutal con la que los cuerpos informan de malas noticias: un peso en el pecho, un hormigueo en los brazos, las piernas que dejan de ser tan fiables y flaquean...
 
  • John Emmanuel Jackson… —dijo, con letras exactas—. Cinco asesinatos. Robo de tecnología. Fuga intertemporal…
 
Cada acusación quedó en el aire como un clavo que encuentra madera. No hubo énfasis, ni juicio en la entonación. Solo hechos, como piedras puestas una a una delineando un camino.
 
  • Bienvenido de nuevo… —pausa mínima, casi humana— al año 2286.
 
El calor pareció perder un grado… o quizá fue la piel la que decidió no confirmarle al cerebro lo que sentía. Entonces la jaula hizo un gesto —una especie de inclinación—, y ese desierto empezó a quedar bastante por debajo de sus pies mientras flotaba hacia el cielo. Esa rotura temporal se convirtió en la puerta por donde entró la jaula con el prisionero, y también un recordatorio de que hay atajos que nadie pidió y sin embargo existen.
 
Se lo llevaron… y cuando su captor atravesó el portal volando, éste dejó de retorcer la realidad en ese punto para desaparecer con unos cuantos chisporroteos.
 
El caballo relinchó una vez más mientras seguía viendo todo lo que había ocurrido desde la lejanía. El polvo, levantado, buscó a tientas un sitio nuevo y luego, obediente, se volvió a sentar sobre el suelo.
 
El oeste volvió al silencio. Un lejano molino siguió girando con su fe mecánica. Solo quedaban el polvo… y la puesta de sol.
 
Aunque creamos haber escondido bien las cosas, las apariencias engañan. Todos ocultamos algo: lo que hicimos, tomamos o no devolvimos, tras un nombre, un viaje o un oficio. Confiamos en que, si nadie nos alcanza, el peso se haga ligero. Pero el tiempo no olvida: el polvo no cubre, solo señala. Las apariencias engañan, sí, pero también protegen.
 
Al final, todo vuelve; y las cosas que creemos haber escondido… solo cambian de lugar…
8:12
* Este CORTO es una versión resumida de la versión escrita.
Un proyecto de
VIANDA VISUAL

 Edición & Postproducción
Vianda Visual

Shots adicionales
Imagineart
Pexels

Voces
Elevenlabs

Música
SUNO

Idea original
Josep Maria Solé


 
©Todos los derechos reservados.
©Disturbing Stories, Disturbing Tapes.
2026

Escucha la BANDA SONORA ORIGINAL COMPLETA:
© 2026 Josep Maria Solé. Todos los derechos reservados.
Disturbing Stories, número 049, "Far Far West".
Registrado en SafeCreative con el ID: 2601264369322
​Fecha de registro: enero 2026
Este relato no puede ser reproducido, distribuido ni modificado sin el permiso expreso del autor
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A partir de 13 años 
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080226


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