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Distorsion: Vendetta está dividida en 5 capítulos:
Cuando la agente Elena Montalbán volvió en sí, lo primero que sintió fue un dolor sordo detrás de los ojos, como si le hubieran metido una vibración metálica dentro del cráneo. Tenía las muñecas inmovilizadas a los brazos de una silla, y los tobillos también estaban sujetos con correas demasiado firmes como para perder tiempo probando fuerza bruta. La estancia era pequeña, de paredes desnudas, con una única bombilla colgando del techo y una mesa metálica frente a ella. Al otro lado de la mesa estaba sentado un hombre con traje oscuro, impecable, con las manos cruzadas y una serenidad desagradable en la mirada.
Elena tragó saliva, obligándose a sostenerle la mirada.
- Ya se ha despertado, agente Montalbán. Me alegra comprobar que el traslado no le causó daños permanentes.
Elena tragó saliva, obligándose a sostenerle la mirada.
- ¿Quién demonios es usted, y qué quiere de mí?
El hombre esbozó una leve sonrisa, aunque no había ni rastro de humor en ella.
- Lo que quiero saber, en realidad, es por qué ciertas personas sienten la necesidad de meter la nariz donde nadie las ha invitado. Usted estuvo en Ravenfield, usted vio lo que no debía ver, y ahora necesito saber cuánto entiende realmente de todo ello.
Elena sintió un escalofrío, aunque procuró no mostrar miedo.
- Soy policía, y seguía una investigación que me llevó hasta aquella aldea.
- Eso ya lo supuse yo solo - respondió él con una calma afilada -. La pregunta interesante es otra. ¿Qué investigaba exactamente?
Elena vaciló un instante, pero comprendió que ya no estaba en posición de ocultar demasiado.
- Estaba investigando la posible creación de un virus con capacidad de expandirse a gran escala, y cuyo propósito final parecía estar relacionado con desestabilizar o eliminar a la población más vulnerable.
Por primera vez, el semblante del hombre se tensó de una manera casi imperceptible.
- Eso no lo deduce cualquiera. Dígame quién le ha estado hablando.
Elena no respondió enseguida. Durante un segundo, la bombilla pareció zumbar con más fuerza, y ese sonido la arrastró al recuerdo de una tarde de lluvia en su despacho, varias semanas antes.
Aquel día estaba revisando informes dispersos, muertes sin patrón oficial, nombres repetidos en empresas pantalla, compras de material biotecnológico y desapariciones aparentemente inconexas. Llamaron a la puerta, y un joven de unos veintitantos años, moreno, con la mirada cansada y una tensión constante en los hombros, entró sin perder tiempo en cortesías.
- Buenos días, agente. He venido porque creo que puedo ayudarla con la investigación que está llevando a cabo.
Elena alzó la vista con cautela.
- No recuerdo haber pedido ayuda externa a nadie.
- No me la pidió - dijo el muchacho mientras tomaba asiento -, pero lleva semanas girando alrededor de un asunto relacionado con un virus, con laboratorios no oficiales y con una organización que no aparece en ningún registro serio. No va a llegar muy lejos sin alguien que conozca el interior…
Elena se inclinó levemente hacia delante.
- ¿Y se supone que debo creerle sin más?
- No, pero debería escucharme. Después ya decidirá qué hacer.
Aquel joven se presentó solo con el nombre de Eagle, y durante más de una hora fue tendiendo sobre la mesa un mapa de secretos que coincidía, de manera inquietante, con las piezas inconexas que ella había reunido. Le habló del Grupo Pegasus, una organización intermediaria especializada en conectar grandes intereses con trabajos sucios que nadie quería firmar; le habló del peligroso virus Distorsion, de los doctores Desmond Phelps y Walter Lirdnam, de los experimentos fallidos, de Aura First Innovations y del hecho casi irónico de que varios miembros de Pegasus usaran motes tomados de antiguos nombres en clave presidenciales estadounidenses. Cuanto más hablaba, más comprendía Elena que aquello no era una cadena de crímenes aislados, sino una arquitectura entera construida para ocultar una operación de dimensiones mucho mayores.
- Si le cuento esto, es porque ya no creo en ellos - dijo Eagle al final, con una sombra de asco en la voz -. Hay cosas que uno acepta sin pensar demasiado cuando entra en ciertas organizaciones, pero llega un momento en el que entiende que algunas decisiones ya no tienen marcha atrás…
El recuerdo se quebró de golpe cuando el hombre de traje dio un pequeño golpe con los dedos sobre la mesa.
- Vuelva conmigo, Elena. ¿Aquel muchacho la ayudó o no?
Ella levantó la cabeza lentamente.
- No sé de quién me está hablando.
El hombre se puso en pie con una paciencia inquietante y rodeó la mesa despacio hasta quedar muy cerca de su rostro.
- Elena, no me haga perder la educación que todavía me queda. La gente que me engaña suele arrepentirse durante muy poco tiempo…
Antes de que ella respondiera, la puerta metálica se abrió y dos hombres entraron empujando una camilla. Encima, atado de pies y manos, con la ropa hecha jirones y el rostro consumido por el agotamiento, iba Walter Lirdnam. Aun así, sus ojos seguían ardiendo con una mezcla de soberbia herida y puro terror.
- ¡No tenéis derecho a hacerme esto! ¡Yo cumplí con mi parte, malditos animales!
El hombre de traje, que no era otro que Deacon, el líder del grupo Pegasus, se giró con una frialdad absoluta.
- No, Walter, ya no hay excusa que sirva. Hace años me entregaste un virus defectuoso que casi hizo desaparecer nuestra organización. Luego, Aura te fichó para que acabaras el estropicio que empezasteis con Phelps, y ahora tenemos un encargo de altas instancias por el que debemos callarte…
Walter intentó incorporarse en la camilla, aunque apenas tenía fuerzas.
- ¿Por qué habéis convertido una aldea entera en un experimento? Allí había gente inocente, Deacon. ¡Gente que no tenía culpa de nada!
Deacon inclinó apenas la cabeza.
- Qué curioso escuchar esa palabra saliendo precisamente de tu boca… “Inocente” dice el que ha demostrado no tener escrúpulos… Dime, Walter, ¿quién es más monstruo: el que crea el virus o el que lo usa?
Walter no encontró respuesta, y el silencio le cayó encima como una losa.
Elena, incapaz de contenerse, alzó la voz desde la silla.
- ¿Tendrían la amabilidad de explicarme de una vez qué demonios está pasando aquí?
Deacon la miró durante unos segundos, totalmente quieto.
- No, agente. Y no haga exigencias que no está en posición de formular...
Hizo un gesto mínimo con la cabeza, y dos hombres se acercaron a Elena para desatar la silla del suelo y arrastrarla fuera de la habitación. Mientras la sacaban por la puerta, ella alcanzó a ver a Deacon aproximándose a Walter con una expresión casi administrativa, como si todo aquello no fuera un ajuste de cuentas, sino el cierre rutinario de un expediente muy antiguo.
La puerta se cerró, y Elena comprendió que la investigación había terminado de la peor manera posible: había alcanzado el corazón mismo de la historia.
A muchos kilómetros de allí, en un laboratorio escondido bajo una nave industrial sin rótulos, el doctor Emett Sagan se movía de un lado a otro como si el suelo quemara. Tenía el cabello revuelto, unas gafas demasiado grandes para su cara y esa energía desbordada de los hombres que llevaban demasiadas horas pensando deprisa. Sobre la mesa central hervían compuestos de colores pálidos, monitores con fórmulas abiertas y una hilera de jeringas colocadas con una precisión casi maniática.
- No, no, no, así no, demonios, así no - murmuró mientras corregía una secuencia en la pantalla táctil -. Si bloqueas el catalizador sin amortiguar la respuesta sináptica, no curas nada, solo cambias una locura por otra todavía más sofisticada...
Su asistente, un muchacho silencioso de bata gris, le tendió un vial recién extraído de la centrifugadora. Emett lo sostuvo a contraluz y sonrió con un orgullo casi infantil.
- Ahora sí. Tercera variante estabilizada del antídoto para Distorsion 4.5. No es hermosa en el sentido clásico, pero hay criaturas mucho peores sueltas por el mundo…
Horas después, Deacon recibió el vial en una sala de observación donde el aire olía a desinfectante y metal. Walter Lirdnam permanecía inmovilizado en una camilla reclinable, y su estado era lamentable: las venas se le marcaban bajo la piel como raíces oscuras, sus ojos opacos no enfocaban nada y sus manos temblaban con un ritmo involuntario, como si algo dentro todavía intentara descomponerlo por partes.
A pocos metros de él estaba Uriel Grade, impecable como siempre, observándolo todo con el porte distante de quien se considera muy por encima de las consecuencias. Entonces Deacon levantó la jeringa con el líquido transparente y habló con tono clínico.
- Procedemos a administrar la tercera versión del antídoto contra el virus Distorsion 4.5. El sujeto estuvo expuesto durante el operativo de Ravenfield y presenta deterioro avanzado, ceguera funcional y clara invasión neurovascular.
La aguja penetró en el brazo de Walter, y durante los primeros segundos no ocurrió nada visible. Después, muy despacio, el entramado oscuro de sus venas empezó a retroceder como una tinta que se reabsorbe. La respiración se le regularizó, los temblores fueron cediendo y sus pupilas, antes veladas, recuperaron poco a poco el enfoque. Walter parpadeó varias veces, miró a su alrededor y comprendió con un horror casi reverencial lo que acababa de pasar.
- Dios mío... lo habéis conseguido... ¡habéis encontrado la cura definitiva!
Uriel Grade dio un paso al frente.
- No confunda una herramienta funcional con una bendición moral, doctor. Nunca hablamos de lo mismo…
Walter intentó incorporarse, todavía aturdido.
- ¿Sabéis lo que significa esto? Si habéis estabilizado el antídoto, también podéis estabilizar la expansión del virus, reducir sus efectos letales... ¡Podríais detenerlo todo ahora mismo, antes de que sea demasiado tarde!
Uriel lo observó como se mira a alguien que aún no ha entendido el tablero.
Walter abrió la boca para responder, pero no llegó a hacerlo. Uno de los hombres de Uriel avanzó desde un lateral, y lo calló para siempre de una manera tan limpia y rápida que ni siquiera hubo tiempo para dramatismo. Un segundo después, el cuerpo de Walter Lirdnam dejó de moverse, con la mirada fija en un punto que ya no pertenecía a aquella sala. Tras tantos años de culpa, miedo y supervivencia, su historia había terminado con la misma frialdad con la que había empezado la de tantos otros…
Deacon apartó la vista un momento, aunque no dijo nada, mientras Uriel siguió hablando con esa voz serena que volvía más desagradables todas sus ideas.
Deacon guardó silencio, y Uriel continuó.
En ese momento, en uno de los niveles inferiores, en una celda estrecha iluminada por una rendija alta, Elena seguía retenida allí cuando oyó un leve chasquido en la cerradura. La puerta se abrió apenas lo suficiente para que una sombra entrara y la cerrara de nuevo tras de sí. Cuando se acercó a la luz, reconoció a Eagle.
Elena lo observó con una mezcla de alivio y desconfianza.
Eagle sonrió con cansancio.
Le soltó las ataduras y le hizo un gesto para que lo siguiera. Avanzaron por un pasillo de servicio, descendieron una escalera y ya estaban cerca de una salida lateral cuando una figura armada apareció al fondo. Eagle se interpuso instintivamente entre Elena y el tirador.
Los disparos llegaron secos y encadenados. Elena se llevó las manos a la boca, convencida de que acababa de ver al joven morir allí mismo, pero lo imposible sucedió ante sus ojos: los impactos atravesaron la ropa y abrieron agujeros oscuros en su torso, aunque casi de inmediato la carne empezó a cerrarse, recomponiéndose a una velocidad antinatural.
- Justamente porque ya podemos controlar ambas cosas, ha llegado el momento de terminar el trabajo…
Walter abrió la boca para responder, pero no llegó a hacerlo. Uno de los hombres de Uriel avanzó desde un lateral, y lo calló para siempre de una manera tan limpia y rápida que ni siquiera hubo tiempo para dramatismo. Un segundo después, el cuerpo de Walter Lirdnam dejó de moverse, con la mirada fija en un punto que ya no pertenecía a aquella sala. Tras tantos años de culpa, miedo y supervivencia, su historia había terminado con la misma frialdad con la que había empezado la de tantos otros…
Deacon apartó la vista un momento, aunque no dijo nada, mientras Uriel siguió hablando con esa voz serena que volvía más desagradables todas sus ideas.
- Lo que viene ahora no se parecerá a los ensayos, ni a los operativos locales, ni a las pruebas de campo. Durante décadas hemos estudiado la vulnerabilidad social, la respuesta del miedo, la dependencia sanitaria y la elasticidad política de las masas. Distorsion no es un capricho, ni una simple arma, ni una extravagancia científica… es el instrumento definitivo para quebrar el viejo equilibrio del mundo…
Deacon guardó silencio, y Uriel continuó.
- Las clases medias y bajas llevan demasiado tiempo sosteniendo un sistema que ya no tiene futuro: consumen, protestan, colapsan infraestructuras y generan una ilusión de estabilidad que impide cualquier rediseño profundo. El virus hará el trabajo desagradable, y la vacuna quedará reservada para quienes deban seguir construyendo lo que venga después…
En ese momento, en uno de los niveles inferiores, en una celda estrecha iluminada por una rendija alta, Elena seguía retenida allí cuando oyó un leve chasquido en la cerradura. La puerta se abrió apenas lo suficiente para que una sombra entrara y la cerrara de nuevo tras de sí. Cuando se acercó a la luz, reconoció a Eagle.
- ¡Tú!... pensé que te habrían encontrado ya.
- Me están buscando por todas partes - respondió él en voz baja -, por eso no puedo quedarme mucho tiempo. He venido porque, si no sales ahora, ya no saldrás nunca.
Elena lo observó con una mezcla de alivio y desconfianza.
- ¿Por qué arriesgarte tanto por mí?
Eagle sonrió con cansancio.
- Porque traicionarlos fue lo único decente que he hecho desde que entré allí. Hasta entonces solo era un chico dispuesto a aceptar cualquier regla, siempre que me prometieran un sitio dentro. Recuerdo perfectamente el día en que Providence me dio aquella pastilla y me dijo que, una vez la tomara, ya no habría vuelta atrás. Tenía razón, aunque no por el motivo que ella creía…
Le soltó las ataduras y le hizo un gesto para que lo siguiera. Avanzaron por un pasillo de servicio, descendieron una escalera y ya estaban cerca de una salida lateral cuando una figura armada apareció al fondo. Eagle se interpuso instintivamente entre Elena y el tirador.
Los disparos llegaron secos y encadenados. Elena se llevó las manos a la boca, convencida de que acababa de ver al joven morir allí mismo, pero lo imposible sucedió ante sus ojos: los impactos atravesaron la ropa y abrieron agujeros oscuros en su torso, aunque casi de inmediato la carne empezó a cerrarse, recomponiéndose a una velocidad antinatural.
Eagle se volvió hacia ella, pálido, pero todavía en pie, mientras uno de los agujeros de su frente seguía cerrándose.
Ella obedeció, impulsada por el puro instinto de supervivencia. Minutos después alcanzó el exterior y desapareció entre la oscuridad y la lluvia, sin saber si Eagle seguía vivo o si acababa de dejar atrás al único aliado real que había tenido.
De vuelta al centro operativo, un agente se aproximó a Deacon y le susurró algo al oído. Por primera vez en muchas horas, una sombra de satisfacción cruzó el rostro del intermediario.
Uriel lo miró con interés.
Deacon asintió lentamente.
Uriel entrelazó las manos a la espalda y sonrió con una serenidad terrible.
Deacon sostuvo su mirada durante un instante.
Uriel respondió sin cambiar el tono:
- Corre, Elena. ¡Corre ahora y no mires atrás!
Ella obedeció, impulsada por el puro instinto de supervivencia. Minutos después alcanzó el exterior y desapareció entre la oscuridad y la lluvia, sin saber si Eagle seguía vivo o si acababa de dejar atrás al único aliado real que había tenido.
De vuelta al centro operativo, un agente se aproximó a Deacon y le susurró algo al oído. Por primera vez en muchas horas, una sombra de satisfacción cruzó el rostro del intermediario.
- Ya lo tenemos - dijo en voz baja.
Uriel lo miró con interés.
- ¿A Eagle?
Deacon asintió lentamente.
- Sabía que mantener viva a la policía terminaría dando sus frutos.
Uriel entrelazó las manos a la espalda y sonrió con una serenidad terrible.
- Excelente. Entonces ya no queda nada importante que impida avanzar. Hemos conseguido la versión final del virus y también su vacuna. Ha llegado el momento de pasar a la cuarta etapa.
Deacon sostuvo su mirada durante un instante.
- ¿Y cuál es exactamente esa cuarta etapa, señor Grade?
Uriel respondió sin cambiar el tono:
- La pandemia…
La sala del consejo de Aura First Innovations se encontraba en lo más profundo del complejo central, protegida por niveles de seguridad que no figuraban en ningún plano oficial. Era un espacio circular, sobrio y elegante, con una gran mesa oscura en el centro y una pared de cristal inteligente que mostraba mapas, cifras, flujos sanitarios y simulaciones poblacionales en tiempo real. Allí se reunieron, aquella misma semana, los hombres y mujeres que llevaban décadas decidiendo el rumbo de Aura como si dirigieran un continente invisible.
Uriel Grade ocupó su asiento con naturalidad mientras a su derecha se encontraba Johan Nigrenn, más joven, más seco, con esa dureza de los ambiciosos que aún sienten que deben demostrar que merecen su lugar. El resto de oligarcas permanecía en silencio expectante cuando Uriel activó la proyección central.
Aparecieron sobre la mesa curvas de mortalidad, colapso institucional, previsiones de disturbios, necesidades logísticas y porcentajes de vacunación reservada.
Un anciano de gesto pétreo lo interrumpió.
Uriel no mostró molestia alguna.
Johan Nigrenn apoyó los dedos sobre la mesa.
Uriel Grade ocupó su asiento con naturalidad mientras a su derecha se encontraba Johan Nigrenn, más joven, más seco, con esa dureza de los ambiciosos que aún sienten que deben demostrar que merecen su lugar. El resto de oligarcas permanecía en silencio expectante cuando Uriel activó la proyección central.
Aparecieron sobre la mesa curvas de mortalidad, colapso institucional, previsiones de disturbios, necesidades logísticas y porcentajes de vacunación reservada.
- Señores, hemos llegado al umbral que durante años solo existió como hipótesis estratégica - empezó diciendo -. Distorsion y su antídoto están ya plenamente operativos. Lo que comenzó como un encargo experimental ha madurado hasta convertirse en la herramienta más eficaz para rediseñar el equilibrio social del planeta.
Un anciano de gesto pétreo lo interrumpió.
- Quiero que conste de manera inequívoca en acta interna cuál es el objetivo real de esta fase.
Uriel no mostró molestia alguna.
- El objetivo real es sustituir un modelo global agotado por otro gobernable. Los estados ya no administran nada de verdad, las democracias solo retrasan decisiones inevitables, y la masa social improductiva consume recursos con una inercia insostenible. Distorsion provocará quiebras mentales, caos sanitario, descomposición administrativa y miedo colectivo. En ese vacío, nuestras redes farmacéuticas, tecnológicas y logísticas ofrecerán continuidad. El viejo mundo colapsará, y el nuevo dependerá de nosotros desde su primer día.
Johan Nigrenn apoyó los dedos sobre la mesa.
- La vacuna garantizará la continuidad de cuadros directivos, técnicos, mandos intermedios seleccionados y entornos de inversión protegida. El resto del tejido humano será tratado como variable asumible.
Hubo un silencio breve, denso, casi reverencial. Entonces el doctor Emett Sagan, invitado a la reunión por petición expresa de Uriel, aclaró la garganta con un gesto nervioso.
- Hay algo más que deberían valorar antes de reducir el proyecto únicamente a una operación de control demográfico y político…
Varias miradas se volvieron hacia él con evidente desagrado. Emett, aun así, prosiguió.
- En las últimas versiones, el virus no solo fragmenta la mente. Hay patrones que sugieren una reorganización profunda de la actividad cerebral. En ciertos sujetos, antes del colapso completo, se activa una sincronización inusual, como si Distorsion estuviera empujando al cerebro hacia una arquitectura distinta. Todavía no hablo de resultados estables, pero sí de una puerta abierta.
Uriel entrecerró levemente los ojos.
- Continúe, doctor.
- Si se refina la línea adecuada, podríamos estar ante un acceso rudimentario a nuevas formas de conciencia, memoria expandida, percepción simultánea o incluso fenómenos de interacción neuronal que hasta ahora pertenecían al terreno de la especulación.
Johan lo miró con visible desaprobación.
- Lo que usted describe no es una oportunidad, sino una desviación peligrosa. Hemos dedicado demasiados años a reparar chapuzas, fallos y residuos humanos como para seguir improvisando utopías biológicas.
Emett respiró hondo antes de responder.
- No hablo de utopías… Hablo de que quizá el virus, además de ser destructivo, haya rozado accidentalmente un umbral evolutivo real. Si eso es cierto, tal vez sacrificarlo todo ahora mismo sea científicamente miope.
Uriel permaneció pensativo unos segundos, y fue evidente que aquella posibilidad lo tentaba.
- Una humanidad rediseñada desde la mente sería una conquista más profunda que cualquier pandemia...
Johan giró el rostro hacia él.
- Y también sería la forma más rápida de perder el control del proyecto. Nosotros no estamos aquí para liberar potenciales desconocidos en las masas, sino para asegurar que el mundo posterior siga teniendo dueños claros. No es lo mismo gobernar una población debilitada que arriesgarse a crear excepciones imposibles de contener.
Los demás miembros de la cúpula fueron inclinándose, casi todos, hacia la dureza de Johan. La lógica del consejo era despiadada, pero no improvisada: primero debían ejecutar el plan, luego limpiar a todos los implicados, y solo entonces estudiarían si quedaba algo aprovechable entre las ruinas.
Finalmente, Johan habló con la firmeza de quien ya estaba decidiendo por todos.
- Activamos la pandemia y eliminamos cada cabo suelto relacionado con Distorsion. Pegasus, laboratorios intermedios, científicos recuperables, testigos, almacenamientos antiguos y cualquier resto de la línea Phelps-Landen. Después, y solo después, valoraremos las aplicaciones residuales que pueda tener la investigación.
Uriel lo observó un instante más y terminó asintiendo.
- Muy bien, entonces que conste así: empieza la fase de erradicación.
En la pared, los mapas siguieron latiendo con puntos rojos cada vez más numerosos, como si el mundo ya hubiera empezado a enfermar antes incluso de saberlo…
La orden salió del complejo central de Aura con una precisión quirúrgica, y durante las siguientes cuarenta y ocho horas el mundo empezó a llenarse de incidentes que, vistos por separado, parecían casualidades trágicas: un incendio destruyó lo que quedaba de uno de los antiguos laboratorios vinculados a Desmond Phelps, una explosión nocturna redujo a escombros una nave abandonada donde Michael Landen había guardado material de trabajo de los años más duros… En las noticias, todo apareció disfrazado de sabotajes, atentados aislados o accidentes industriales imposibles de verificar.
El doctor Emett Sagan no llegó a ver el tercer día de la operación. Su vehículo apareció estampado contra la mediana de una autopista elevada, tras un inusual accidente. El informe policial habló de fatiga al volante, pero nadie mencionó el coche sin matrícula que lo estuvo hostigando durante veinte kilómetros antes del impacto…
El propio Grupo Pegasus, que durante años había servido de bisagra entre encargos sucios y clientes intocables, descubrió demasiado tarde que también ellos habían sido degradados a la categoría de residuo. En un aparcamiento subterráneo, Lancer y Rawhide cayeron en una emboscada organizada por equipos que conocían todos sus protocolos. Providence logró responder durante unos segundos, pero comprendió casi de inmediato que no se trataba de una traición individual, sino de una limpieza completa. Deacon, desde otro punto de la ciudad, recibió la noticia fragmentada por radio y entendió por fin que Aura había decidido cerrar el círculo sin dejar intermediarios vivos…
El doctor Emett Sagan no llegó a ver el tercer día de la operación. Su vehículo apareció estampado contra la mediana de una autopista elevada, tras un inusual accidente. El informe policial habló de fatiga al volante, pero nadie mencionó el coche sin matrícula que lo estuvo hostigando durante veinte kilómetros antes del impacto…
El propio Grupo Pegasus, que durante años había servido de bisagra entre encargos sucios y clientes intocables, descubrió demasiado tarde que también ellos habían sido degradados a la categoría de residuo. En un aparcamiento subterráneo, Lancer y Rawhide cayeron en una emboscada organizada por equipos que conocían todos sus protocolos. Providence logró responder durante unos segundos, pero comprendió casi de inmediato que no se trataba de una traición individual, sino de una limpieza completa. Deacon, desde otro punto de la ciudad, recibió la noticia fragmentada por radio y entendió por fin que Aura había decidido cerrar el círculo sin dejar intermediarios vivos…
Mientras tanto, la policía Elena Montalbán avanzaba por carreteras secundarias, estaciones vacías y moteles de paso, cambiando de rumbo cada pocas horas. Había conseguido escapar, pero la sensación de libertad era falsa. Cada vez que encendía una pantalla aparecían noticias confusas sobre brotes de violencia, colapsos mentales, disturbios, hospitales saturados y fallos extraños en sistemas de transporte. Todavía nadie pronunciaba el nombre del virus, y precisamente por eso Elena tuvo la certeza de que la operación ya estaba en marcha. No era un problema sanitario que se estuviera descontrolando, era una maniobra diseñada para parecer un descontrol.
Intentó acudir a contactos policiales, a viejos compañeros, incluso a una periodista de confianza, pero en cada paso percibía la misma pared invisible con informes desaparecidos, llamadas cortadas, superiores que evitaban respuestas claras y la sensación insoportable de que Aura llevaba demasiado tiempo incrustada en todas partes. No quedaba institución limpia a la que acudir…
En una gasolinera de carretera, mientras bebía café frío junto al coche, comprendió la magnitud real de su soledad: Walter estaba muerto, Eagle había sido capturado, Pegasus estaba siendo barrido, y los restos del pasado estaban desapareciendo bajo fuego y hormigón. Solo quedaban ella y un nombre que había escuchado demasiadas veces en boca ajena, como si toda la historia hubiera estado empujando en esa dirección desde el principio: Owen Phelps…
A varios centenares de kilómetros, en otro punto del tablero, Deacon caminaba por un corredor industrial vacío con una herida leve en el costado y el rostro endurecido por una derrota que nunca pensó vivir. Durante años había creído que su valor dentro de la cadena residía en la eficacia, en la discreción y en la capacidad de cerrar asuntos incómodos sin dejar manchas visibles. Ahora descubría la verdad que siempre había intuido y nunca había querido formular: para Aura, él no era un operador imprescindible, sino una herramienta reemplazable, como todos…
Intentó acudir a contactos policiales, a viejos compañeros, incluso a una periodista de confianza, pero en cada paso percibía la misma pared invisible con informes desaparecidos, llamadas cortadas, superiores que evitaban respuestas claras y la sensación insoportable de que Aura llevaba demasiado tiempo incrustada en todas partes. No quedaba institución limpia a la que acudir…
En una gasolinera de carretera, mientras bebía café frío junto al coche, comprendió la magnitud real de su soledad: Walter estaba muerto, Eagle había sido capturado, Pegasus estaba siendo barrido, y los restos del pasado estaban desapareciendo bajo fuego y hormigón. Solo quedaban ella y un nombre que había escuchado demasiadas veces en boca ajena, como si toda la historia hubiera estado empujando en esa dirección desde el principio: Owen Phelps…
A varios centenares de kilómetros, en otro punto del tablero, Deacon caminaba por un corredor industrial vacío con una herida leve en el costado y el rostro endurecido por una derrota que nunca pensó vivir. Durante años había creído que su valor dentro de la cadena residía en la eficacia, en la discreción y en la capacidad de cerrar asuntos incómodos sin dejar manchas visibles. Ahora descubría la verdad que siempre había intuido y nunca había querido formular: para Aura, él no era un operador imprescindible, sino una herramienta reemplazable, como todos…
Se detuvo ante una cristalera ennegrecida y observó su reflejo con amargura.
No tuvo mucho tiempo para procesarlo porque el sistema ya estaba corriendo, la pandemia había sido activada de manera selectiva y la siguiente orden, que llegó apenas unos minutos después, era tan clara como terrible: localizar y eliminar a Michael Landen y a Owen Phelps.
Con eso, la fase de erradicación entró en su tramo final. Todo lo que una vez había empezado como una tragedia doméstica en la vida de Desmond Phelps estaba a punto de cerrarse en el último lugar donde aún quedaba una posibilidad de respuesta…
- Así que al final todos éramos provisionales… - murmuró para sí.
No tuvo mucho tiempo para procesarlo porque el sistema ya estaba corriendo, la pandemia había sido activada de manera selectiva y la siguiente orden, que llegó apenas unos minutos después, era tan clara como terrible: localizar y eliminar a Michael Landen y a Owen Phelps.
Con eso, la fase de erradicación entró en su tramo final. Todo lo que una vez había empezado como una tragedia doméstica en la vida de Desmond Phelps estaba a punto de cerrarse en el último lugar donde aún quedaba una posibilidad de respuesta…
La casa en las afueras de Nantes estaba sumida en esa calma frágil que solo tienen los lugares donde alguien ha luchado mucho por construir una vida sencilla. Michael Landen estaba en el salón revisando unas notas antiguas, y Owen, ya con veinticuatro años, cerraba una conversación con Recuerdo en el desván cuando oyó el primer crujido extraño en la planta baja. No fue un ruido especialmente fuerte, pero sí uno de esos sonidos que alteran el aire de inmediato, como si la casa hubiera notado antes que ellos la llegada de algo hostil.
Michael levantó la cabeza al mismo tiempo que Owen bajaba las escaleras.
No hubo tiempo para más. La puerta principal cedió con violencia, y casi en el mismo instante entraron varios hombres armados con una decisión mecánica, sin órdenes verbales ni advertencias, porque las instrucciones que llevaban eran demasiado simples para necesitar explicación: disparar, confirmar y desaparecer.
Owen se lanzó al suelo por puro reflejo, mientras el salón estallaba en madera rota, cristal y yeso pulverizado. Desde el otro lado del sofá vio el cuerpo de Michael sacudirse hacia atrás por los impactos en el pecho y caer de espaldas con una lentitud imposible, como si ese segundo se hubiera estirado solo para que el horror quedara grabado para siempre.
El grito le salió desde un lugar más hondo que la garganta. Se arrastró hasta él mientras el tiroteo, de pronto, cesaba. No porque los asaltantes hubieran decidido detenerse, sino porque algo en el aire acababa de cambiar.
- ¿Has oído eso?
No hubo tiempo para más. La puerta principal cedió con violencia, y casi en el mismo instante entraron varios hombres armados con una decisión mecánica, sin órdenes verbales ni advertencias, porque las instrucciones que llevaban eran demasiado simples para necesitar explicación: disparar, confirmar y desaparecer.
Owen se lanzó al suelo por puro reflejo, mientras el salón estallaba en madera rota, cristal y yeso pulverizado. Desde el otro lado del sofá vio el cuerpo de Michael sacudirse hacia atrás por los impactos en el pecho y caer de espaldas con una lentitud imposible, como si ese segundo se hubiera estirado solo para que el horror quedara grabado para siempre.
- ¡Micky!
El grito le salió desde un lugar más hondo que la garganta. Se arrastró hasta él mientras el tiroteo, de pronto, cesaba. No porque los asaltantes hubieran decidido detenerse, sino porque algo en el aire acababa de cambiar.
Michael respiraba con enorme dificultad, pero todavía seguía consciente. Owen le sostuvo la cabeza con las manos temblando, incapaz de aceptar lo que estaba viendo.
Una presión insoportable empezó a crecer dentro del cráneo de Owen, subiéndole por la nuca y desbordándole los ojos con un resplandor pálido y terrible. Sentía la rabia, el miedo y el dolor latiendo a la vez, pero también algo más, algo que no se parecía a ninguna emoción humana conocida. Cuando cerró los ojos y lanzó un aullido que parecía venir de un sitio ajeno al mundo, la habitación entera se estremeció.
Entonces llegó el silencio.
Owen abrió los ojos y vio lo imposible: los hombres armados estaban suspendidos en el aire, inmóviles, como si el tiempo los hubiera atrapado dentro de una fotografía rota. Las armas flotaban junto a sus manos, incapaces de avanzar un milímetro más. La luz que salía de los ojos del joven iluminaba el salón devastado con un resplandor inquietante.
Michael lo observó con una mezcla de dolor y asombro.
El muchacho volvió junto a él, respirando con dificultad.
Michael hizo un esfuerzo tremendo para sonreírle.
Owen estaba temblando por completo.
Las lágrimas le nublaban la vista a Owen.
Michael lo miró con una ternura agotada.
Y entonces se apagó.
En ese instante algo se quebró en el interior de Owen con tanta violencia que por un instante creyó que también él iba a desaparecer. Lentamente se puso en pie y giró la cabeza hacia uno de los atacantes, que seguía inmóvil y aterrorizado en el aire. Caminó hasta él con una serenidad peor que cualquier grito y el ceño totalmente fruncido.
- ¡No, no, no, aguanta, por favor, aguanta conmigo!
Una presión insoportable empezó a crecer dentro del cráneo de Owen, subiéndole por la nuca y desbordándole los ojos con un resplandor pálido y terrible. Sentía la rabia, el miedo y el dolor latiendo a la vez, pero también algo más, algo que no se parecía a ninguna emoción humana conocida. Cuando cerró los ojos y lanzó un aullido que parecía venir de un sitio ajeno al mundo, la habitación entera se estremeció.
Entonces llegó el silencio.
Owen abrió los ojos y vio lo imposible: los hombres armados estaban suspendidos en el aire, inmóviles, como si el tiempo los hubiera atrapado dentro de una fotografía rota. Las armas flotaban junto a sus manos, incapaces de avanzar un milímetro más. La luz que salía de los ojos del joven iluminaba el salón devastado con un resplandor inquietante.
Michael lo observó con una mezcla de dolor y asombro.
- Owen... mírame... escucha mi voz…
El muchacho volvió junto a él, respirando con dificultad.
- ¿Qué me está pasando, Micky? ¿Qué demonios es esto? ¿Voy a morir yo también?
Michael hizo un esfuerzo tremendo para sonreírle.
- No, muchacho... no vas a morir ahora. Creo que el virus que llevaste dentro tantos años... y todo lo que tu padre y yo hicimos para salvarte... ha dejado en tu cerebro una imprevista mutación. Lo que acabo de ver... es telepatía, control del entorno, una apertura de la mente más allá de lo normal…
Owen estaba temblando por completo.
- No lo entiendo…
- No necesitas entenderlo hoy... solo recordar quién eres. Recuerda lo que hemos hablado todos estos años… recuerda a tu padre… y recuerda que el poder sin conciencia... termina pudriendo todo lo que toca…
Las lágrimas le nublaban la vista a Owen.
- No me dejes solo, por favor. – sollozando.
Michael lo miró con una ternura agotada.
- Nunca estarás solo del todo... porque las dos personas que más te hemos querido en este mundo, siempre estaremos dentro de ti…
Y entonces se apagó.
En ese instante algo se quebró en el interior de Owen con tanta violencia que por un instante creyó que también él iba a desaparecer. Lentamente se puso en pie y giró la cabeza hacia uno de los atacantes, que seguía inmóvil y aterrorizado en el aire. Caminó hasta él con una serenidad peor que cualquier grito y el ceño totalmente fruncido.
El hombre no pudo resistirse cuando Owen apoyó la mano sobre su frente. Durante unos segundos, el joven vio desfilar por su mente pasillos subterráneos, protocolos de seguridad, nombres, órdenes de ejecución, el rostro de Deacon, el de Uriel Grade, el de Johan Nigrenn y la ubicación del corazón operativo de Aura. Cuando apartó la mano, ya tenía lo que buscaba.
Entonces, con un movimiento casi imperceptible de los dedos, todos los asaltantes se deshicieron en una lluvia de partículas luminosas que desaparecieron sin ruido.
Después, Owen enterró a Michael junto al límite del bosque, en un rincón donde crecían las mismas flores silvestres que él solía señalar durante los paseos. Permaneció de pie ante la tumba improvisada durante varios minutos, sin llorar ya, porque había entrado en una región del dolor donde las lágrimas se quedan pequeñas.
Cuando se elevó del suelo, lo hizo despacio, como si el aire hubiera dejado de ser una barrera. Después aceleró hacia el cielo oscuro en dirección al complejo central de Aura.
- Ahora vas a decirme todo lo que necesito saber.
El hombre no pudo resistirse cuando Owen apoyó la mano sobre su frente. Durante unos segundos, el joven vio desfilar por su mente pasillos subterráneos, protocolos de seguridad, nombres, órdenes de ejecución, el rostro de Deacon, el de Uriel Grade, el de Johan Nigrenn y la ubicación del corazón operativo de Aura. Cuando apartó la mano, ya tenía lo que buscaba.
Entonces, con un movimiento casi imperceptible de los dedos, todos los asaltantes se deshicieron en una lluvia de partículas luminosas que desaparecieron sin ruido.
Después, Owen enterró a Michael junto al límite del bosque, en un rincón donde crecían las mismas flores silvestres que él solía señalar durante los paseos. Permaneció de pie ante la tumba improvisada durante varios minutos, sin llorar ya, porque había entrado en una región del dolor donde las lágrimas se quedan pequeñas.
Cuando se elevó del suelo, lo hizo despacio, como si el aire hubiera dejado de ser una barrera. Después aceleró hacia el cielo oscuro en dirección al complejo central de Aura.
Nadie en la sala de control esperaba ver abrirse las compuertas internas sin autorización manual. Los operadores apenas tuvieron tiempo de volverse cuando Owen apareció flotando entre humo, metal deformado y una claridad blanca que le salía de los ojos y de la boca como si la mente se le hubiera convertido en una herida luminosa. A su paso, las personas iban cayendo al suelo una tras otra, privadas de conciencia por una fuerza invisible e insoportable.
Uriel Grade y Johan Nigrenn retrocedieron hasta quedar arrinconados contra una pared de cristal inteligente que ya empezaba a resquebrajarse.
Owen se detuvo frente a ellos.
Uriel lo miró con una mezcla de horror y revelación.
El joven asintió lentamente.
Uriel alzó una mano, intentando recuperar algo de autoridad.
La mirada de Owen se llenó de desprecio.
Uriel Grade y Johan Nigrenn retrocedieron hasta quedar arrinconados contra una pared de cristal inteligente que ya empezaba a resquebrajarse.
- ¿Qué eres tú? - consiguió preguntar Johan, con la voz rota por el miedo -. ¡¿Cómo has llegado hasta aquí?!
Owen se detuvo frente a ellos.
- Soy vuestro final. Matasteis a mi padre hace muchos años, y hoy habéis matado al hombre que me enseñó a seguir siendo humano…
Uriel lo miró con una mezcla de horror y revelación.
- ¡Owen Phelps!
El joven asintió lentamente.
- He leído la mente de casi todos los que he encontrado hasta llegar aquí. Sé lo que habéis hecho, sé lo que queríais hacer y sé la clase de mundo que estabais preparando para los demás…
Uriel alzó una mano, intentando recuperar algo de autoridad.
- ¡Escúchame! Todavía podemos hablar. Todavía podríamos llegar a un acuerdo razonable. Lo que eres quizá sea la prueba de que todo esto no era únicamente destrucción.
La mirada de Owen se llenó de desprecio.
- ¡Ese es vuestro problema! – espetó rabioso - Siempre creéis que todo puede convertirse en negociación mientras os quede aire en los pulmones.
La luz aumentó hasta llenar la sala entera. En el mismo instante, los sistemas extremos de defensa del complejo detectaron el activo biológico fuera de control y activaron el protocolo cero. A lo largo de todos los niveles subterráneos, una cadena de detonaciones se había instalado para arrasar muestras, servidores, pruebas, laboratorios y presencia orgánica sin margen de rescate.
Uriel comprendió demasiado tarde que ni siquiera Aura iba a sobrevivir intacta a su propio error…
El grito final de Owen atravesó la estructura como una onda imposible. Las paredes estallaron, los paneles se fundieron y la gran sede subterránea fue engullida por una explosión abrasiva que, vista desde el exterior, levantó una columna de luz comparable a una pequeña detonación nuclear en mitad del desierto.
Horas después, el informe automatizado registró lo ocurrido con su lenguaje helado de siempre:
“Activo peligroso fuera de control amenazando sede central de Aura First Innovations. Activado protocolo cero. Destrucción total abrasiva del complejo realizada a las 14:33. Número de restos biológicos vivos presentes: 0%.”
Pero el informe estaba equivocado, porque, aunque el corazón de Aura First Innovations quedó destruido y varios de sus principales oligarcas desaparecieron para siempre, la historia no terminó allí. Las estructuras empresariales que habían alimentado a la corporación siguieron existiendo durante un tiempo, debilitadas, fracturadas y en guerra interna por repartirse lo que quedaba. La caída del núcleo de oligarcas fue un golpe mortal para aquella primera etapa del conglomerado, y el nombre de Aura dejó de pronunciarse con la misma seguridad de antes.
En cuanto a Owen Phelps, su irrupción no pudo ser borrada del todo, por mucho que se intentara manipular la versión oficial. Algunos hablaron de un profeta, otros de un monstruo, y otros de la primera manifestación visible de algo nuevo en la historia humana. Durante los meses siguientes empezaron a documentarse casos aislados de personas con episodios de percepción anómala, intuiciones imposibles, influencias mentales menores y fenómenos telepáticos todavía débiles, como si aquella puerta abierta por Distorsion ya no pudiera cerrarse del todo.
Así fue como el año 2030 quedó marcado por dos hechos inseparables: la caída del corazón de Aura First Innovations (que acabó desapareciendo meses después), y la aparición real y pública de la primera generación de humanos telépatas.
Y aunque el doctor Desmond Phelps nunca habría imaginado el alcance final de aquella cadena de errores, culpas, pérdidas y experimentos, una última verdad quedó grabada sobre todas las demás: el virus que nació para romper la mente humana terminó revelando que dentro de ella todavía quedaban ilusionantes territorios desconocidos…
Uriel comprendió demasiado tarde que ni siquiera Aura iba a sobrevivir intacta a su propio error…
El grito final de Owen atravesó la estructura como una onda imposible. Las paredes estallaron, los paneles se fundieron y la gran sede subterránea fue engullida por una explosión abrasiva que, vista desde el exterior, levantó una columna de luz comparable a una pequeña detonación nuclear en mitad del desierto.
Horas después, el informe automatizado registró lo ocurrido con su lenguaje helado de siempre:
“Activo peligroso fuera de control amenazando sede central de Aura First Innovations. Activado protocolo cero. Destrucción total abrasiva del complejo realizada a las 14:33. Número de restos biológicos vivos presentes: 0%.”
Pero el informe estaba equivocado, porque, aunque el corazón de Aura First Innovations quedó destruido y varios de sus principales oligarcas desaparecieron para siempre, la historia no terminó allí. Las estructuras empresariales que habían alimentado a la corporación siguieron existiendo durante un tiempo, debilitadas, fracturadas y en guerra interna por repartirse lo que quedaba. La caída del núcleo de oligarcas fue un golpe mortal para aquella primera etapa del conglomerado, y el nombre de Aura dejó de pronunciarse con la misma seguridad de antes.
En cuanto a Owen Phelps, su irrupción no pudo ser borrada del todo, por mucho que se intentara manipular la versión oficial. Algunos hablaron de un profeta, otros de un monstruo, y otros de la primera manifestación visible de algo nuevo en la historia humana. Durante los meses siguientes empezaron a documentarse casos aislados de personas con episodios de percepción anómala, intuiciones imposibles, influencias mentales menores y fenómenos telepáticos todavía débiles, como si aquella puerta abierta por Distorsion ya no pudiera cerrarse del todo.
Así fue como el año 2030 quedó marcado por dos hechos inseparables: la caída del corazón de Aura First Innovations (que acabó desapareciendo meses después), y la aparición real y pública de la primera generación de humanos telépatas.
Y aunque el doctor Desmond Phelps nunca habría imaginado el alcance final de aquella cadena de errores, culpas, pérdidas y experimentos, una última verdad quedó grabada sobre todas las demás: el virus que nació para romper la mente humana terminó revelando que dentro de ella todavía quedaban ilusionantes territorios desconocidos…
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Termina Distorsion, un proyecto que ha costado 16 años poder cerrarlo de manera correcta.
Inicialmente, era una webserie que no pudo continuar tras el volumen 4 debido a la crisis económica de la época, pero su historia se siguió trabajando hasta que Distorsion encontró un nuevo hogar dentro de DISTURBING STORIES, convirtiéndose en una de sus sagas. Debido al formato, hay algunos detalles de la historia en los que no se ha profundizado, pero dispones de una solución interactiva. Distorsion: CODA es el epílogo (exclusivo del BOOK#5) donde encontrarás todas las respuestas que necesites. Revisa expedientes, reproduce cintas VHS, escudriña pendrives USB... en definitiva, termina tu propio puzzle de la historia completa de Distorsion. |
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© 2026 Josep Maria Solé. Todos los derechos reservados.
Disturbing Stories, número 026, "Distorsion: Vendetta".
Registrado en SafeCreative con el ID: 2605095594540
Fecha de registro: mayo 2026.
Este relato no puede ser reproducido, distribuido ni modificado sin el permiso expreso del autor.
Disturbing Stories, número 026, "Distorsion: Vendetta".
Registrado en SafeCreative con el ID: 2605095594540
Fecha de registro: mayo 2026.
Este relato no puede ser reproducido, distribuido ni modificado sin el permiso expreso del autor.































